Responder a la pregunta correcta

Responder a la pregunta correcta
The Wayfarer (pedlar) on the Straight Path by Hieronymus Bosch, c. 1516 [Prado, Madrid]. This is the front of the Haywain Triptych with the side panels closed.

Por el P. Paul D. Scalia

¿Está nuestro Señor evitando la pregunta? A primera vista, así lo parece. El hombre en el Evangelio de hoy (Lucas 13,22-30) formula una pregunta sencilla, de sí o no: “¿Serán pocos los que se salven?” Jesús no responde, no dice sí ni no. Quizá para desilusión del hombre, no da estadísticas sobre la población del Cielo en comparación con la del Infierno. En su lugar, da una seria advertencia y cuenta una parábola inquietante.

Tal vez nuestro Señor se está ateniendo a la regla de hierro de las relaciones públicas: no responder a la pregunta que se hace, sino a la que debería haberse hecho. En lugar de dar una respuesta directa a la inquietud del interlocutor, responde a lo que debería haberle preocupado a él –y a nosotros–: la complacencia.

Porque parece haber cierta suficiencia en el hombre que pregunta. Está bastante seguro de su propia salvación, aunque curioso respecto a la de los demás. En lugar de preguntar por los otros, debería haber preguntado por sí mismo: ¿Qué debo hacer para salvarme? Y es a esa pregunta no formulada a la que responde nuestro Señor: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

El griego aquí para “esforzaos” significa literalmente “agonizar” o “luchar con agonía”. El punto es que el Cielo no se alcanza fácilmente. La gracia de Dios no da fruto en nuestra vida si no luchamos –con agonía– para cooperar con ella. No podemos sentarnos, relajarnos, no hacer nada… y luego esperar entrar en el Cielo. No se puede subir cuesta arriba dejándose llevar.

Así, nuestro Señor cuenta una parábola sobre quienes no se esfuerzan. Son aquellos que lo conocen sólo de pasada y se conforman con ese conocimiento insuficiente. Cuando Él regrese, dirán: “Comimos y bebimos contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas.” Como si la mera cercanía a Él bastara para la salvación. Como si simplemente estar cerca de Él, en las multitudes que lo seguían, fuese suficiente. Él estaba en su compañía, pero ellos nunca se tomaron el tiempo de conocerlo directa y personalmente.

Ni tampoco se esforzaron en ser conocidos por Él. De hecho, las duras palabras de condena de la parábola se centran justamente en eso: “No sé de dónde sois. Apartaos de mí, todos los que obráis el mal.” O, más tajantemente aún, en otra ocasión: “Nunca os conocí.” (Mateo 7,23). Al parecer, permitirnos ser conocidos por Él es tan importante como conocerlo a Él. Y esto no debería sorprendernos, porque en una relación son necesarias tanto el conocer como el ser conocidos. El corazón humano desea ambas cosas.

Es interesante notar cómo San Pablo asocia la salvación con conocer a Dios y ser conocido por Él. En realidad, ambas cosas están entrelazadas: “Si uno ama a Dios, ése es conocido por Él.” (1 Corintios 8,3). El Apóstol mira hacia el cielo, donde “conoceré plenamente, como soy plenamente conocido.” (1 Corintios 13,12). Y recuerda a los Gálatas cómo antes estaban en tinieblas. Pero ahora es distinto: “ahora que habéis llegado a conocer a Dios” –y luego se corrige– “o, más bien, a ser conocidos por Dios.” (Gálatas 4,9).

Es significativo que esta advertencia y esta parábola no se dirigen a quienes no siguen a Cristo, sino a quienes sí lo hacen: gente como nosotros, que lo seguimos… pero quizá no tan íntimamente como deberíamos. Se dirigen a nosotros, que podemos saber cosas de Cristo porque fuimos educados así, porque vamos a Misa, rezamos y cumplimos lo que se nos pide… pero que no lo conocemos realmente. Al final, no es el conocimiento sobre Cristo lo que salva, sino conocer a Cristo mismo –y ser conocidos por Él. Conformarse con algo menos es peligroso.

Todo esto puede verse como la diferencia entre un personaje y una persona. Un personaje –alguien con notoriedad y fama– permanece apartado de nosotros. Sabemos cosas sobre él, tal vez muchas. Incluso puede inspirarnos. Puede que incluso moldeemos nuestra vida según su ejemplo. Pero no tenemos una relación con un personaje. Permanece como figura histórica o cultural. Podemos colocarlo en un estante, donde lo admiramos desde lejos y sin temor a que irrumpa en nuestra vida.

Una persona, en cambio, es más que reputación y renombre. Puede ser conocida de modo directo e íntimo. Vive, respira y busca una relación. No se queda fija en un estante o en un pedestal. Entra en nuestra vida, pidiendo conocernos y ser conocido.

En resumen, un personaje es seguro, una persona es peligrosa. Y esto toca el porqué debemos esforzarnos y agonizar para entrar por la puerta estrecha. Conocer y ser conocidos es algo difícil e incluso atemorizante. Requiere una honestidad brutal con el Señor y, por tanto, el enfrentamiento con nuestros propios pecados, vicios y heridas: toda la fealdad que Él ha venido a sanar.

Del mismo modo, exige una completa disposición a escuchar de Él no sólo las palabras suaves de misericordia, sino también las severas, que pueden ser igualmente misericordiosas.

Es una lucha constante en la vida de fe: evitar que la rutina se convierta en rutina vacía, que la fidelidad se transforme en complacencia. Requiere un esfuerzo constante, un nuevo compromiso cada mañana, un examen de conciencia cada noche. No hay atajos para esto. Sólo está el esfuerzo constante, la lucha y la agonía de responder a la Persona de Cristo.

Sobre el autor

El P. Paul Scalia es sacerdote de la diócesis de Arlington (Virginia), donde sirve como vicario episcopal para el clero y párroco de Saint James en Falls Church. Es autor de That Nothing May Be Lost: Reflections on Catholic Doctrine and Devotion y editor de Sermons in Times of Crisis: Twelve Homilies to Stir Your Soul.

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