La discusión sobre la legalización del suicidio asistido y la eutanasia recorre diversas naciones, pero no todas las iglesias locales responden del mismo modo. En Italia, se abre paso una estrategia de “mal menor” que busca una ley restrictiva; en Uruguay, el episcopado reafirma un no frontal, poniendo el acento en cuidados paliativos y dignidad humana. Esta diferencia revela dos visiones pastorales y políticas distintas sobre cómo enfrentar la cultura de la muerte.
Y es que introducir una ley “menos mala” no neutraliza el mal; lo normaliza. Cuando el Estado regula la muerte, la convierte en opción socialmente legítima, y los más frágiles acaban sintiendo la presión de “no ser una carga”.
Italia: la CEI y la PAV entre la mediación política y la doctrina moral
Según La Brújula Cotidiana, la Conferencia Episcopal Italiana (CEI) y responsables de la Pontificia Academia para la Vida (PAV) han avalado la tramitación de un proyecto gubernamental que restringe el acceso al suicidio asistido —edad adulta, vínculo a cuidados paliativos, evaluación nacional y coste asumido por el solicitante—, apelando al n.º 73 de Evangelium vitae como argumento de contención de daños. La propuesta busca “adelantarse” a otra más amplia promovida por la izquierda. Frente a ello, asociaciones provida y obispos como el cardenal Camillo Ruini advierten que es preferible ninguna ley a una mala ley.
El recurso a Evangelium vitae resulta discutible, pues el texto de san Juan Pablo II se refería a la posibilidad de enmendar leyes injustas ya vigentes, no a inaugurar una primera ley “menos mala” que en la práctica legitime la eutanasia. La experiencia italiana con la Ley 40/2004 demuestra que las restricciones terminan cayendo con el tiempo: la pendiente resbaladiza no es una hipótesis, sino un patrón histórico.
Uruguay: un “no” claro a la eutanasia y un sí rotundo a la dignidad
En abril de 2025, los obispos de Uruguay publicaron una declaración rechazando el proyecto de eutanasia y llamando a defender la vida en todas sus etapas como aporte explícito al debate público, hecho que reiteraron este lunes tras la aprobación de la ley «muerte digna» en la Cámara de Diputados uruguaya.
La Conferencia Episcopal del Uruguay insiste en que la respuesta humana y cristiana al sufrimiento pasa por acompañamiento, cuidados paliativos y solidaridad, no por eliminar al paciente. En la misma línea, subrayaron la necesidad de legislar a la luz de la dignidad de la vida humana, destacando que la compasión auténtica no consiste en acelerar la muerte, sino en aliviar el sufrimiento sin abandonar a quien sufre.
A diferencia del tono negociador de Italia, el documento uruguayo demuestra que claridad doctrinal y caridad pastoral no se excluyen. Reconocer el dolor de los enfermos no implica aceptar la eutanasia como “misericordia”, sino reforzar la atención médica, espiritual y familiar que haga sentir a cada persona valiosa hasta el final.
Dos estrategias, dos impactos culturales
Mientras que en Italia se considera que una ley restrictiva puede ser un dique de contención frente a propuestas más permisivas, en realidad transmite el mensaje de que la eutanasia es negociable. Con el tiempo, las excepciones se convierten en regla y los tribunales acaban desmontando los candados. En Uruguay, por el contrario, la negativa explícita eleva el listón moral y centra la discusión en los cuidados paliativos integrales, evitando que la muerte se convierta en prestación jurídica. Así, legislar la muerte erosiona la confianza médico-paciente y la solidaridad intergeneracional, mientras que lo verdaderamente humano es cuidar, acompañar y no abandonar.
¿Qué está en juego para la Iglesia?
La comparación deja una conclusión clara: las conferencias episcopales moldean el clima moral cuando hablan con nitidez. En Italia, la búsqueda de compromisos corre el riesgo de diluir la enseñanza en clave de gestión política; en Uruguay, la firmeza episcopal muestra que la defensa de la vida puede ser propositiva y persuasiva en la plaza pública. La Iglesia no está llamada a ser gestora de daños, sino testigo de la verdad sobre el hombre. Allí donde la ley abre la puerta a matar, su misión no es elegir la bisagra, sino cerrar la puerta.
