La hermandad indiscutible de la fe
La primera cuestión que debe quedar clara es que los españoles y los hispanoamericanos son hermanos. Lo son porque comparten una raíz histórica, pero sobre todo porque comparten la fe católica. El Magisterio de la Iglesia recuerda que en Cristo no hay judío ni griego, esclavo ni libre: todos somos uno (Gal 3,28). La empresa de la evangelización en América dio a luz una civilización católica que nos une en lo más profundo. Universidades, catedrales, costumbres, leyes, pero sobre todo la fe y la lengua son testigos de una fraternidad que no es una opinión, sino un hecho. Negar esta hermandad, como hacen los racistas de nuevo cuño, es negar la obra de la Providencia y la enseñanza de la Iglesia.
Doscientos años de independencia y realidades propias
Ahora bien, esta hermandad no significa identidad total. Hispanoamérica lleva más de dos siglos de independencia, y en ese tiempo han aparecido dinámicas sociales y culturales propias. Hay riesgos concretos que debemos identificar sin miedo: la expansión de las pandillas y la violencia juvenil, el clasismo enquistado en ciertas élites, e incluso expresiones religiosas de sectas luteranas alejadas del catolicismo auténtico. Reconocer estas diferencias no es negar la hermandad: es ejercer la virtud de la prudencia. La caridad cristiana no consiste en cerrar los ojos al mal, sino en reconocerlo para poder sanarlo.
El límite razonable de la acogida
La segunda cuestión es de orden práctico: ¿puede España recibir a todos los que deseen venir de Hispanoamérica? La respuesta es evidente: no. Las ciudades, los recursos y la economía española no pueden absorber un flujo ilimitado de migrantes. Pretender lo contrario es desconocer la realidad y, a la larga, crear sufrimiento tanto para los locales como para los propios inmigrantes. Además, hoy no existe una unión administrativa con los estados hispanoamericanos: España no recibe sus recursos naturales, ni su peso geopolítico, ni su producción económica, aunque sí acoge gran parte de su emigración. Mientras tanto, sus gobiernos se benefician de las divisas que los emigrantes envían desde aquí. Este desequilibrio debe hacernos pensar en la necesidad de una política migratoria sensata y proporcionada.
Caridad y prudencia: una enseñanza católica
El Magisterio de la Iglesia es claro: el extranjero debe ser acogido y respetado, pero siempre en armonía con el bien común de la comunidad que lo recibe. El Magisterio de la Iglesia reconoce los derechos de los migrantes, pero también afirma el derecho de cada nación a regular los flujos migratorios según sus posibilidades reales. En otras palabras, la caridad no es ingenuidad: es amor acompañado de justicia. Abrir las puertas sin límites no es más cristiano que cerrarlas con hostilidad. Lo verdaderamente cristiano es mantener la hospitalidad, sí, pero con orden, prudencia y responsabilidad hacia el bien común, incluso aunque estemos hablando de nuestros hermanos hispanos.
Separar planos para no caer en el absurdo
De ahí que sea fundamental no mezclar lo que son planos distintos. Cultural y espiritualmente, Hispanoamérica y España son una misma familia. Jurídica y políticamente, en cambio, son realidades soberanas e independientes desde hace más de doscientos años. Olvidar esto lleva a caer en extremos absurdos: el racismo que niega la hermandad o el utopismo que niega la necesidad de fronteras. La verdad está en reconocer ambas dimensiones: somos hermanos, pero no podemos ignorar los límites de la realidad.
Una Hispanidad con horizonte católico
El gran reto de nuestro tiempo es si lograremos dar a la Hispanidad un horizonte común más allá de la nostalgia, un proyecto compartido de cooperación y destino. Mientras tanto, lo esencial es mantener unidos los dos principios que nos da la fe católica: la caridad hacia el hermano y la prudencia en el gobierno. Porque no se trata de elegir entre hermandad o fronteras, sino de comprender que ambas cosas, unidas, son la expresión más auténtica de nuestra tradición cristiana.
