Piedad no es languidez
El cristiano está llamado a la piedad, sí, pero nunca a la blandura. La virtud cristiana no es debilidad, sino fortaleza. Los santos no eran de voz apagada ni gesto blando, sino varones recios capaces de plantarse ante reyes y tiranos. ¿Quién puede imaginar a san Pablo balbuceando con tono lánguido? ¿O a san Atanasio susurrando con voz de terciopelo? La fe se predica con mansedumbre, pero también con virilidad. Confundir lo uno con lo otro es la gran caricatura de nuestro tiempo.
Una Iglesia feminizada… por varones blandos
El progresismo clerical nos ha vendido que lo femenino es “el futuro de la Iglesia”. Y paradójicamente, son los varones los que han renunciado a su propia virilidad para impostar una caricatura dulzona que ni atrae ni convence. Pastores que parecen siempre a punto de pedir disculpas por existir, incapaces de transmitir la fuerza del Evangelio.
Lo curioso es que no hablamos de ternura evangélica, sino de blandiblús clerical: palabras que parecen algodón de azúcar, pero que en realidad esconden una rigidez ideológica implacable. Es la paradoja del burócrata eclesial: débil en el tono, inflexible en la agenda.
La necesidad de virilidad en el púlpito
La Iglesia necesita pastores varoniles, que hablen con voz clara y con fuerza, que transmitan fe y seguridad, que sepan ser padres espirituales y no funcionarios asustados. La blandura puede ser el tono preferido de los medios progresistas, pero nunca ha sido el lenguaje del Evangelio. Cristo no habló con voz flácida, sino con autoridad. Y ese eco es el que debe resonar hoy en los púlpitos, no el susurro del funcionario clerical.
