El Juicio de Dios no es un arma sectaria

El Juicio de Dios no es un arma sectaria

 

Llevo colaborando un tiempo con Infovaticana, después de haberlo hecho anteriormente en otros medios católicos, y en este recorrido he podido observar una tendencia que me llama especialmente la atención. Se trata de una práctica que afecta a todos, pero que con más frecuencia se da en el progresismo eclesial y en ese clericalismo altanero que tanto daño ha hecho a la Iglesia: la costumbre de emplazar al juicio de Dios a quienes nos atrevemos a corregir, cuestionar o denunciar errores, abusos y heterodoxias.

Cuando señalamos una negligencia pastoral, una predicación confusa o una conducta indigna, puede que nos acusen de exagerados, de duros, de poco caritativos o incluso de difundir “fakes”. Y bien, esa crítica es asumible: como en política Pedro Sánchez responde tachando de fake news todo lo que le incomoda, cada uno es libre de desacreditar lo que decimos y el lector, al final, juzgará. Pero una cosa es eso, y otra muy distinta es la barbaridad de responder a la corrección con el comodín de lo eterno, apelando al juicio final como si ellos ya supieran de antemano que nuestra condenación está asegurada por el simple hecho de haberles señalado.

Aquí no hablamos de una defensa dialéctica, sino de una suplantación espiritual gravísima. Nadie puede colocarse en el lugar de Cristo Juez. Sin embargo, algunos lo hacen sin pestañear: recurren al “el Señor te juzgará” como si pudieran anticipar la sentencia divina, y lo que es peor, con un gozo morboso en imaginar la supuesta condenación de quienes hemos tenido la osadía de criticar su modo de proceder. Hay sacerdotes que llegan a pedir al Señor ver nuestro juicio final, como si esperaran disfrutar con ello, como si en su interior se alimentaran de un espectáculo demoníaco en el que gritarán con desprecio: “¡Te lo dije, estabas condenado por criticar a los obispos!”.

Esa actitud es profundamente demoniaca porque se recrea en la perdición ajena. No es celo apostólico, no es amor a la verdad, es soberbia pura que convierte el tribunal de Dios en un arma sectaria y convierte al hermano en un enemigo cuya condena se desea. Quien fantasea con esa escena ha perdido por completo el espíritu de Cristo. El cristiano nunca desea la condena de nadie. Señalar errores, herejías, abusos o pecados gravísimos —desde un obispo que predica doctrinas contrarias al Magisterio hasta un sacerdote que consume pornografía infantil— no equivale a condenar. Nuestra crítica es material, objetiva, humana. Admitimos que los corazones pueden estar confundidos, condicionados o incluso abiertos a la conversión. Precisamente porque amamos la salvación de las almas, señalamos el mal con claridad.

La corrección fraterna es una obra de misericordia. El silencio cómplice, en cambio, es un pecado que también será juzgado. Por eso corregimos, no por odio ni resentimiento, sino por amor a la verdad y con la esperanza de que el que yerra rectifique. Y rezamos de corazón para que nadie se condene, ni siquiera los obispos herejes ni los sacerdotes más indignos.

En cambio, usar el juicio final como escudo de la propia soberbia, como amenaza contra los fieles y como espectáculo en el que se espera ver la ruina del prójimo, es una burrada espiritual y una de las formas más peligrosas de egolatría clerical. No es una respuesta piadosa, es un abuso que tiene un tinte inequívocamente demoníaco. El cristiano auténtico no se recrea en la condena, no grita “¡condenado!”. El cristiano auténtico se arrodilla y suplica: “Señor, sálvanos a todos”.

Miguel Escrivá

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