Por Anthony Esolen
Un hombre con la cara más bobalicona imaginable, siempre dispuesto a soltar una amplia sonrisa y una carcajada tonta, conversa con Joe el Barman sobre el único día que fue a la escuela. Su nombre es Crazy Guggenheim.
“La maestra me pregunta: ¿Quién escribió la Constitución? Yo le dije: ¡yo no lo hice! Así que me manda directo a casa, y me dice: te quedas allí hasta que traigas a tu padre. Mi padre, Joe, me defendió. Le dice a la maestra: ¿por qué mandó a mi hijo a casa? Ella responde: le pregunté quién escribió la Constitución, y él dijo que no lo hizo. Y mi padre dice: si mi hijo dice que no lo hizo, entonces no lo hizo.”
Unos minutos después, Crazy cuenta que cuando era niño tuvo que mantener a su familia numerosa: “¡Éramos doce, Joe, seis varones y cinco chicas!” –primero enfrentándose a un campeón polaco que le sacaba 30 kilos de ventaja– “me destrozó”, dice Crazy– y luego cantando.
“Puedo cantar lo que sea, Joe”, asegura. Joe pone los ojos en blanco, incrédulo. Nosotros tampoco lo creemos. Entonces Joe le pide a “Mr. Dennehy”, el personaje invisible al que se dirige mirando al público, que ponga el número tres en la rocola.
La orquesta del programa comienza entonces la canción romántica Because of You. Y Frank Fontaine, “Crazy”, canta la primera estrofa con una voz de barítono poderosa y bellísima, apenas con un leve toque cómico de su personaje. Joe –Jackie Gleason como el hombre serio– mira al público con asombro y aprecio.
Sin sarcasmo, sin groserías, sin política: solo alegría pura.
¿Y por qué escribo esto para católicos romanos?
Porque eso eran tanto Frank Fontaine como Jackie Gleason. Frank era un católico devoto, con una fe firme en la Iglesia, su esposa y sus once hijos. Jackie era un mal católico, con un matrimonio fracasado y mirada infiel. “Jackie no lo practica”, dijo Jack Haley, el Hombre de Hojalata en El Mago de Oz y católico devoto, “pero lo cree”.
Ambos, Fontaine y Gleason, eran incansables en obras de caridad, y en el caso de Fontaine era aún más impresionante, ya que acomodó su carrera para poder pasar la mayor parte del tiempo con su familia, sin los medios económicos que Jackie tenía.
Frank Fontaine se casó con su novia del instituto, Alma, en 1937, cuando ella tenía 17 años y él estaba a dos días de cumplir los suyos, y no, no fue un matrimonio forzado. Su primer hijo nació en 1939. Fontaine dejó la escuela y empezó a trabajar en clubes del área de Boston. Había desarrollado la voz y el personaje de Crazy Guggenheim cuando tenía apenas ocho años, para hacer reír a sus amigos en lugar de pelearse.
Tras Pearl Harbor, sirvió tres años en el ejército. Aun así, él y Alma tuvieron once hijos, nueve varones y dos mujeres. Uno de ellos aparece al final del sketch que describí antes, después de que Joe le dice a Crazy que lo traiga. El público estalla en carcajadas antes de ver nada. Es un niño que se parece a su padre y que imita la manera de su padre como “Crazy”, básicamente haciendo de su propio padre.
Fontaine murió de un masivo infarto en 1978, a los 58 años, en Spokane, Washington, mientras actuaba en un espectáculo benéfico. Gleason, siempre de salud frágil, con sobrepeso y entregado al alcohol y al tabaco, murió en 1987 a los 71 años. Su funeral se celebró en Miami, en la catedral.
El buen humor requiere relajación. No se puede disfrutar con gente a la defensiva, siempre buscando ofenderse, cultivando la susceptibilidad y pecando contra la caridad. La alegría toma el buen humor y lo hace correr, o danzar.
No se puede ser alegre si uno está obsesionado con la apariencia ante los demás. Tampoco se puede ser alegre –esto es más difícil de explicar– si no se tiene inocencia de corazón; si uno ha desterrado, atrofiado o corrompido al niño que lleva dentro.
Los niños adoraban a Crazy Guggenheim; yo mismo lo hacía de pequeño. Y es que apelaba directamente a ellos, igual que el entrañable Red Skelton, otro payaso que no podía evitar reírse de sus propios chistes. Uno podía imaginarse a cualquiera de los dos como fontanero o estibador, pero nunca como político. “Que Dios los bendiga”, decía Red al despedirse en cada uno de sus programas. Los amargados no hacen eso.
Jesús dice que si no nos hacemos como niños, no entraremos en el Reino de los Cielos. Si uno quiere ir al lugar “super-serio” de la ideología devoradora, la ambición, la ingratitud y la avaricia, un sitio donde las almas se burlan y desprecian, donde la gente reniega de sus antepasados, el camino ya está trazado: en la escuela, en la universidad, en muchos trabajos y en Internet.
Ancho y fácil es el camino que lleva a la perdición. Y ese lugar, además, es estéril, sin niños.
No conozco hoy cómicos que apelen a los niños. Ya no está Shari Lewis con su marioneta Lambchop, ni la troupe italiana que animaba al ratoncito Topo Gigio para sus conversaciones con “Eddie” en The Ed Sullivan Show. Los niños también se conmueven con la solemnidad y el esplendor, que a veces es alegría en uniforme, y con lo solemne que en su forma más bendita también es como alegría, invitándonos a olvidarnos de nosotros mismos y perdernos en la contemplación de lo que está más allá. El hombre medieval entendía esa conexión, a veces solemne, a veces festiva. ¿Lo entendemos nosotros?
Sobre el autor:
Anthony Esolen es conferencista, traductor y escritor. Entre sus libros se cuentan Out of the Ashes: Rebuilding American Culture, Nostalgia: Going Home in a Homeless World y, más recientemente, The Hundredfold: Songs for the Lord. Es profesor distinguido en Thales College. Visita su nuevo sitio web: Word and Song.