Carta de denuncia de la «Semana de Templos» a la archidiócesis de Panamá

Carta de denuncia de la «Semana de Templos» a la archidiócesis de Panamá

La siguiente carta, fechada el 18 de agosto de 2025 y dirigida a la Arquidiócesis de Panamá, denuncia la convocatoria de la “Semana de Templos abiertos” (12–15 de agosto).

Desde Infovaticana denunciamos la convocatoria que promovía abiertamente el obispo José Domingo Ulloa junto a los líderes de otros credos que se sumaron a esta celebración sincrética, ahora, firmantes laicos panameños, apelan a la Sagrada Escritura y al Magisterio para advertir sobre el indiferentismo religioso, expresar el escándalo causado entre los fieles y solicitar una reparación pública, pidiendo que se restituya el primado de la catequesis y la fidelidad a la tradición.

Dejamos a continuación el texto íntegro con la carta de denuncia: 

Arquidiócesis Metropolitana de la Ciudad de Panamá

Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta

E. S. D.

Estimada Arquidiócesis Metropolitana de la Ciudad de Panamá,

Para la ciudad de Panamá, la fecha del 15 de agosto de cada año es una ocasión de júbilo y gozo para todos los que habitamos en la misma, por ser la fecha de su fundación bajo la más noble advocación de Nuestra Señora de la Asunción. La semana en anticipación a una fiesta tan solemne, a la cual se le ha dado una distinción aún más especial por ser la patrona de la ciudad, debe ser un tiempo de profunda catequesis y énfasis exclusivo en el significado espiritual de dicho misterio para la mayor educación de la feligresía que espera con ánimo poder celebrar la solemnidad.

El año pasado se manifestó una sustitución amarga en la fiesta de Nuestra Señora de la Asunción con una llamada “Tarde de Templos abiertos”; tuvimos la esperanza de que la carta presentada ante Su Excelencia llegaría a ejecutar lo solicitado por este pequeño grupo de fieles que actúa en interés de la claridad doctrinal, pero vemos que no fue escuchada.

Este año la situación se ha agravado sustancialmente en comparación con lo sucedido el año pasado, ya que se convocó a una “Semana de Templos abiertos” del 12 al 15 de agosto para poder ir a conocer diferentes creencias, participar en momentos de oración de estas, entre otras actividades estipuladas en un cronograma claramente con un enfoque religioso. Nos vemos en la necesidad de salir nuevamente en defensa de lo que enseña la Santa Madre Iglesia sobre esta materia con la motivación especial de darle su justo lugar a Nuestra Santa Madre del Cielo, quien debería ser la protagonista de toda la fiesta que gira alrededor de la fundación de nuestra ciudad.

No es la primera vez que la feligresía que busca realizar el fin de la Iglesia Católica, que consiste en la salvación de las almas, se ve ante un evento convocado y auspiciado por la jerarquía eclesial que fustiga y neutraliza este esfuerzo fundamental del Cuerpo Místico de Cristo. Nuestro agudo agobio e indignación no nacen ni tienen razón de ser sino por amor a la Madre de Dios, quien es nuestra medianera y abogada ante el Trono del Altísimo. Ella es quien principalmente busca que todos lleguen al conocimiento de la verdad, la cual libera y hace que el hombre llegue a su fin último: conocer y amar plenamente a Dios.

Desde el Antiguo Testamento vemos que Dios expone directamente su enseñanza sobre la prohibición de semejantes eventos que no van conformes a la verdad inmutable. Mencionando un par de ejemplos, se pueden destacar las citas bíblicas de Éxodo 20, 3-5, Deuteronomio 12, 30-31, 1 Corintios 10, 20-21 y 2 Corintios 6, 14-15. Estas nos enseñan de manera irrefutable que no tenemos nada que ver con creencias que no son propias de la Revelación divina ni conformes a lo que ha sido profesado fielmente por más de dos mil años de la boca de la Santa Iglesia Católica.

En el Nuevo Testamento podemos escuchar las dulces palabras de Nuestro Señor Jesucristo determinando: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por Mi.” Y en base a esta afirmación infalible es que la Iglesia se goza de proclamar el dogma de fe Extra Ecclesiam Nulla Salus (Fuera de la Iglesia no hay salvación) el cual estamos obligados a creer por ser verdad esencial de nuestra religión.

Al unísono con las Sagradas Escrituras, el Magisterio Papal ha sido fiel difusor de esta doctrina necesaria para salvarse. Esto se encuentra estipulado en diversos documentos que reiteran de forma constante la prohibición de asistir, participar o tener interacción donde el perverso error del indiferentismo religioso se pueda propagar. Haciendo una mención de los documentos pontificios de mayor relevancia donde exponen la enseñanza sobre el tema, podemos señalar Ubi Primum de Papa León XII, Mirari Vos de Papa Gregorio XVI, Qui Pluribus, Quanto Conficiamur Moerore, y el Syllabus de Errores, estas escritas por Beato Papa Pío IX. Otras piezas magníficas de docencia en las primicias de nuestra fe provienen de los documentos Libertas Praestantissimum por Papa León XIII, y Mortalium Animos de Papa Pío XI. Este último documento mencionado del Magisterio del Romano Pontífice es tajante en condenar cualquier iniciativa que lleve al pernicioso error del indiferentismo religioso, el cual deja vacía la necesidad de convertirse, nulifica el valor de la Revelación divina en conjunto de toda la obra efectuada por Nuestro Señor Jesucristo por medio de su Santa Iglesia.

Hay otras fuentes del Depósito de la Fe que confiesan esta materia, como son el Catecismo del Concilio de Trento en su sección del Credo, Capítulo 9, como también el Concilio Vaticano I en su Constitución Dei Filius.

Al resonar en el párrafo previo la doctrina perpetua de la Santa Madre Iglesia, queremos subrayar que estas verdades de fe son perennes, lo cual significa que no se pueden ocultar, intercambiar o sustituir por novedades provenientes del espíritu de la época o una supuesta innovación del pensamiento humano. Lo que ha sido creído por la Iglesia por un tiempo prolongado, a su vez transmitido fielmente a través de los siglos, ninguna autoridad en la tierra tiene el poder de desvincular a la feligresía de la obligación de creer en un punto vital para nuestra fe. Ha ido creciendo como un árbol, tanto en vigor como en profundidad, esta verdad de fe -en palabras de San Vicente de Lerins- en el mismo sentido y en la misma sentencia, para que los fieles sepan que no hay forma de pasar por alto o hacer caso omiso a una verdad rudimentaria del perfil de un Católico. Para citar al Concilio Vaticano I, este expone la inmutabilidad de la doctrina -en general- de una forma excelente en la Constitución Dogmática Pastor Aeternus que reza así: “Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.”. Justo por este motivo es por el cual lo que hemos recibido de los siglos anteriores se confirma como parte de nuestra fe y no puede ser sustituido; en vista de esto, tenemos que ser coherentes con los preceptos que conforman el compendio de verdades necesarias para la salvación en vez de convocar actos totalmente abominables donde se hace lo condenado por la Iglesia.

La Iglesia Católica fue edificada por Cristo Jesús para ser su única institución de carácter divino aquí en la tierra. Esta clase de eventos pone todo lo que Nuestro Señor generosamente nos dejó en el plano de ser algo opcional, meramente cultural, inclusive de estar al nivel de cualquier otra creencia que puede contradecir radicalmente el contenido del Evangelio. Aunado al daño inmensurable creado por el evento en discusión, hay que agregar el grave escándalo a la fe que provoca en las almas piadosas. El escándalo sucede cuando una acción, dicho u omisión da cabida a que otros cometan pecados (CF. Catecismo Mayor de Papa San Pío X, nn. 416-418). Este tipo de eventos es fácil ocasión para que una persona pueda cometer la terrible desgracia de alejarse de la Iglesia por adoptar otras ideas. Por más que aleguen que es un evento de tinte cultural, con una vista breve del itinerario previsto se puede uno percatar de actividades que son íntimamente parte del actuar religioso de cada creencia; el participar en estas prácticas es lo que fomenta el indiferentismo religioso tan condenado, como ha sido demostrado, por todo el Depósito de la Fe.

Otro funesto efecto que causa en la feligresía es la confusión y desorientación diabólica del concepto mismo que tenemos de Dios. Enreda aún más a una feligresía resecada por años de los más medulares conocimientos de su fe, que no sabe a qué Dios adoramos, cuál es su naturaleza, lo ordenado por Él en la forma de cómo amarle, entre todas las otras pautas predicadas por el Altísimo. Hace parecer que Dios en realidad no se reveló infaliblemente, de una forma puntual, y que su Hijo Unigénito no constituye el camino para la vida eterna; a esta clase de confusiones con olor de azufre es en la que la feligresía actualmente se ve inmersa por una cantidad notable de años, sin obtener los auxilios necesarios de la jerarquía eclesiástica en reafirmar la doctrina cristiana perenne.

Como laicos provenientes de diferentes sectores de la población panameña, actuando a título personal, nos avergüenza sobremanera tener que ver el colapso doctrinal propiciado por los mismos que tienen el ministerio de enseñanza dentro de la Iglesia. Los ejemplos de la vida de los santos muestran todo lo opuesto al actuar doloso evidenciado en años recientes en múltiples ocasiones notorias. No vemos a San Francisco de Asís, San Francisco Solano, Santo Domingo de Guzmán, San Pedro Canisio, Santa Brígida de Irlanda, Santa Clotilde o una Santa Clara de Asís cometer actos remotamente cercanos a los acontecidos la semana pasada en esta tierra istmeña. Todos estos santos -entre un sinfín de otros más- dieron el ejemplo, incluso la vida, por proclamar el Evangelio sin ceder la verdad en ningún punto, con celo apostólico inquebrantable y con incomparable esplendor de virtudes adornando su obra. Le pedimos con clamor de hijos fervorosos de la fe Católica que se hagan eco del testimonio de la sangre derramada por los santos en fiel profesión de esta santa fe, en vez de someterse y venderse plenamente a las agendas del mundo revolucionario que ha hecho la afrenta directa a la causa de Dios.

En suma, lo que solicitamos por amor a Dios, Trino y uno, es retornar al rumbo de la sana doctrina que fomenta el amor a Nuestro Creador para poderlo conocer, amar y servir fielmente sin confusión, titubeos o respetos humanos. Es justo la Santísima Virgen María quien es nuestra mediadora para alcanzar este fin elevadísimo de entrega a Dios. Ella fue premiada por la Santísima Trinidad de ser llevada en cuerpo y alma directamente al cielo para gozar de la bienaventuranza eterna junto a su Hijo Santísimo. No nos cansaremos de evocar la grandeza de esta ilustre dama del cielo para darla a conocer al mundo entero porque merece tener un singular honor. Guardamos la esperanza de que tengan la valentía de enmendar la dirección tomada, de la cual debemos advertir que ese trayecto provoca la ira de Dios de diferentes formas con consecuencias trágicas.

La Santísima Virgen María no admite ni sigue los objetivos ecuménicos plasmados por décadas por la Conferencia Episcopal; Ella jamás dará cabida a que la Iglesia fundada por su Hijo se vea puesta al arbitrio de ideas contradictorias a la verdad revelada. Por decirlo abiertamente, en María Santísima nunca encontrarán una aliada a cualquier plan ecuménico, sincrético, panteísta, novedoso o antagónico al Evangelio. El ejemplo de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, que se tomó la tarea de evangelizar personalmente a los indígenas de México, es prueba amplia y suficiente del trabajo incansable de la Madre de Dios por convertir a todos hacia la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Un acto de reparación pública fue lo que solicitamos el año pasado; ahora lo volvemos a pedir respetuosamente. Rezamos para que María Santísima, Reina de la Asunción, toque el corazón de toda la Conferencia Episcopal, en especial del Arzobispo de Panamá, para que vuelvan a profesar la tradición incorrupta dejada a su cuidado y menester.

(Fundamento en derecho: Canon 212§3: Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas.)

 

Atentamente,

Yousef Altaji Narbón,  Azzael Sanjur, Luis Varela, José Céspedes, Enrique Morgan, Rafael Pinillo

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