La verdad de la fe frente a las falsas promesas del mundo
Es una pena que tantas personas con inclinaciones homosexuales sean privadas de la doctrina católica, pues se les niega así la medicina del alma que Cristo quiso dar a todos. El mundo moderno ofrece muchas promesas de liberación, de construcción de identidades alternativas, de redefiniciones de la familia o del cuerpo. Sin embargo, la mayoría de esas promesas son espejismos: caminos de autopercepción que no cambian la realidad y que conducen muchas veces a la tristeza y al vacío.
Frente a esas mentiras, la fe católica ofrece verdades profundas, sólidas y luminosas. Dios no engaña, no juega con nosotros: nos da un camino exigente, pero cierto y fecundo.
El cuerpo: don y templo
Tu cuerpo es perfecto en un sentido profundo: es el templo del Espíritu, obra del Creador que te ha hecho a su imagen y semejanza. No has nacido en un cuerpo equivocado. No necesitas mutilarte ni transicionar para encontrar tu lugar. Al contrario, el verdadero camino de aceptación es reconocer que Dios no se equivoca y que en lo que parece limitación hay un misterio de amor.
Cuando el mundo invita a modificar caprichosamente lo que somos, la Iglesia recuerda que el cuerpo no es un simple material maleable, sino parte esencial de nuestra identidad y camino de salvación.
La familia: institución inscrita en la creación
La familia no es una construcción cultural mutable, ni una invención humana que pueda redefinirse a gusto de nadie. Está inscrita en la creación misma: un hombre y una mujer unidos en apertura a la vida. Esa es la semilla de toda familia y el fundamento de la sociedad.
Esto no significa que los homosexuales queden fuera de la familia. Como hijos, hermanos, tíos, todos tenemos un lugar insustituible en esa institución sagrada. Cada vida tiene un papel único en la red de relaciones que la familia sostiene. Destruirla siguiendo ideologías que la vacían de su raíz solo deja confusión y desprotección.
La castidad: una llamada universal
La llamada a la castidad no es un castigo reservado a unos pocos, sino una vocación universal. Cada cristiano está llamado a ordenar su sexualidad al amor verdadero y a la apertura a la vida.
Sí, es exigente: vincula la sexualidad a la procreación y al don sincero de uno mismo. Pero lejos de ser represiva, la castidad es profundamente liberadora. Nos enseña a gobernar los impulsos y a vivir el amor sin reducirlo al deseo.
Lo que de verdad esclaviza es la espiral de una sexualidad desvinculada de la vida y del compromiso: una dinámica que promete placer y termina dejando vacío. La castidad, en cambio, abre a la libertad y a la alegría duradera.
El verdadero camino de felicidad
Es triste que se caricaturice la doctrina católica como enemiga de la libertad, cuando en realidad propone un camino de plenitud. Como todo lo grande en la vida, es exigente, pero no imposible. La vida misma, con sus pruebas y dolores, suele ser mucho más dura que los sacrificios que exige la castidad.
Nadie queda excluido de la gracia de Dios. Nadie es demasiado débil para ser amado por Él. Todos, absolutamente todos, estamos llamados a la santidad y a la felicidad en Cristo. Las asociaciones y medios que, apoyándose en un supuesto catolicismo, ocultan este mensaje, os están privando de un camino de verdad y de esperanza, y sustituyéndolo por un espejismo que conduce a la confusión y al vacío.
