Hoy se cumplen cien días desde que Robert Prevost salió a la logia de San Pedro del Vaticano a saludar al pueblo. Como en cualquier institución, este periodo inicial funciona como un termómetro para tomar la medida de un nuevo líder. En el caso del papado, no por las grandes reformas —que raramente llegan tan pronto—, sino por los gestos, las palabras y los primeros movimientos en el tablero. El inicio de León XIV no ha sido la excepción. Sus decisiones litúrgicas, los pocos nombramientos realizados, su manera de comunicarse y hasta los lugares que ha elegido habitar ofrecen ya un retrato inicial de su estilo: un pontificado que, por ahora, se mueve entre el regreso a ciertos signos tradicionales y una prudente administración de los cambios.
1. Símbolos externos: un retorno a la tradición con matices de sencillez
Tras el papado de Francisco y sus gestos austero-populistas (“se acabó el carnaval”), León XIV ha recuperado emblemas de la liturgia y del ceremonial papal. Ha vuelto a usar la muceta y la estola —símbolos que su predecesor redujo o evitó—, marcando un retorno a la solemnidad ritual sin excesos llamativos.
También ha optado por residir en los espacios tradicionalmente destinados al Papa: el Palacio Apostólico y los apartamentos pontificios. Una decisión lógica desde el punto de vista práctico, pero que corrige la escenografía rupturista de su predecesor, que dio gran relevancia a rechazar estas estancias históricas. La recuperación de Castel Gandolfo entronca con la costumbre de sus antecesores, que entendían el valor simbólico del descanso estival y el impulso económico y social que la presencia papal aporta a la zona.
2. Nombramientos: claroscuros en el mapa episcopal
En el delicado tablero de los nombramientos, los primeros cien días han dibujado un panorama mixto. No ha habido ceses en los dicasterios ni cambios en sus prefectos: las sillas de la Curia permanecen intactas. Los movimientos se han limitado a “segundos espadas” bajo el paraguas de sus superiores, con nombramientos que no permiten aún grandes conclusiones.
En el plano episcopal, varias designaciones han generado preocupación entre los sectores más fieles a la tradición. En Australia, Shane Anthony Mackinlay, nuevo arzobispo de Brisbane, se distinguió en el Sínodo por su defensa del acceso de las mujeres a las órdenes sagradas. En Suiza, Beat Grögli ha asumido la sede de St. Gallen —bastión simbólico de corrientes progresistas—, y ha llegado a declarar que “el sacerdocio femenino llegará”, además de pedir una revisión de la moral sexual, el matrimonio y la anticoncepción. En Argentina, el nombramiento de Raúl Martín como arzobispo de Paraná refuerza la línea del episcopado más afín al pontificado de Francisco, marcado por una fuerte hostilidad hacia las corrientes tradicionales.
Frente a estas designaciones, también se han producido nombramientos que invitan al optimismo. En Estados Unidos, Thomas J. Hennen, nuevo obispo de Baker, ha celebrado durante años la misa tradicional y combina este apego litúrgico con una pastoral hacia las personas homosexuales plenamente fiel a la enseñanza moral de la Iglesia. En Noruega, Fredrik Hansen ha sido promovido a obispo de Oslo, con una reputación intachable y sólida formación teológica. Y en Polonia, todo apunta a que Slawomir Oder será el próximo arzobispo de Cracovia, con un perfil claramente fiel a la doctrina y cercano a la tradición litúrgica.
En suma, no hay todavía una línea doctrinal definida: León XIV alterna perfiles de signo opuesto, quizá como estrategia de equilibrio, quizá como tanteo inicial. Un compás de espera que deja espacio tanto para la expectativa como para la cautela.
3. Teología
Las homilías de León XIV se han caracterizado por un marcado tono cristocéntrico, un acento mariano constante y una especial reverencia por la presencia real del Santísimo, visible en celebraciones como el Corpus Christi o el Jubileo de los Jóvenes, donde se mostró profundamente conmovido ante Jesús sacramentado.
En una de sus homilías, pronunció unas palabras que muchos interpretaron como una corrección sutil a Amoris laetitia y una reafirmación de la doctrina tradicional sobre el matrimonio:
“El matrimonio no es un ideal, sino el canon del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel, fecundo”.
Con esta frase, el Pontífice reorientó el enfoque del magisterio anterior, que —según la exhortación de Francisco— describía el matrimonio como una aspiración válida aunque no siempre alcanzada en plenitud. León XIV, en cambio, lo define como un modelo absoluto e irrenunciable, en sintonía con Humanae vitae, reclamando una visión más firme del amor conyugal.
4. Liturgia
En lo litúrgico, León XIV celebra habitualmente en italiano, empleando el rito penitencial completo —“Yo confieso” seguido del “Kyrie”— y el Credo niceno-constantinopolitano. Si bien al inicio de su pontificado usó con frecuencia el Canon Romano tradicional, su presencia ha ido disminuyendo, incluso en solemnidades como San Pedro y San Pablo o la Asunción, donde ha sido reemplazado por plegarias eucarísticas modernas.
Un gesto simbólico fue la misa votiva por la creación celebrada en los jardines de Castel Gandolfo, un proyecto iniciado en el pontificado anterior y que el Papa ha respaldado con su presencia. Este tipo de celebraciones muestra que no se opone frontalmente al “ecologismo eclesial”, aunque difícilmente volverán las imágenes más controvertidas de la etapa anterior, como la veneración a la Pachamama.
5. Relación con los medios: prudencia y distanciamiento elocuente
En su trato con la prensa, León XIV ha mantenido una distancia calculada. Su única declaración directa a un medio fue un breve y espontáneo saludo a la cadena pública italiana RAI, en el que habló de “paz” y “cuidado del planeta”, sin entrar en cuestiones de fondo.
No ha concedido entrevistas ni artículos, y sus palabras fuera de las audiencias públicas han sido mínimas. Esta reserva parece deliberada: una estrategia de prudencia y mesura que evita el protagonismo mediático y limita la exposición pública a lo esencial.
En estos primeros cien días, León XIV ha seguido dos líneas claras: recuperar la simbología litúrgica y ceremonial con sencillez, y mantener una transición serena en nombramientos y comunicación. Su estilo recuerda al lenguaje papal clásico, sin estridencias, y por ahora ofrece más indicios que certezas. La etapa que se abre a partir de ahora definirá si estos gestos iniciales cristalizan en una línea coherente o en un equilibrio inestable entre corrientes.
