Por: Fr. Paul D. Scalia
«Señor, enséñanos a orar». Esta súplica de los discípulos surge de sus circunstancias inmediatas. Acababan de ver al propio Cristo orar. Y sabían que Juan el Bautista había enseñado a sus discípulos a orar. Es razonable, pues, que pidan lo mismo a nuestro Señor.
Señor, enséñanos a orar. Esta súplica surge, más profundamente, del corazón humano. Es una petición que todo discípulo debe dirigir al Señor. Hemos sido creados para la oración, para esa conversación íntima con Dios, para caminar con Él en la brisa del día. Pero no sabemos orar como conviene. Necesitamos instrucción.
Y debido a que nuestra naturaleza herida se descarría, necesitamos ser corregidos también. Hasta que no reconozcamos la inutilidad de nuestra propia oración, no empezaremos realmente a orar. Implícito en la súplica de los discípulos está que hay una manera correcta de orar –y por tanto también una manera incorrecta–. De hecho, la historia humana está llena de formas equivocadas de oración y culto: algunas ridículas, otras peligrosas, todas indignas de Dios y del hombre. Jesús ha venido a darnos el camino de la oración.
Así, Jesús nos da la primera y última palabra de la oración: Padre. «Cuando oréis, decid: Padre». La contundencia del relato de Lucas nos sacude para darnos cuenta de la realidad de Aquel a quien oramos. Él es eternamente Padre y nos ha introducido en su Hijo. Nuestra filiación divina es el corazón de toda oración.
La oración es, ante todo, la ascensión de nuestro corazón y mente hacia el Padre. Eso es fundamental para toda oración. «Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción, por el que clamamos: “Abba, Padre”» (Romanos 8,15).
San Josemaría Escrivá experimentó este don de la oración cuando, viajando en un tranvía en Madrid, de repente sintió claridad sobre su filiación: «Había aprendido a llamar a Dios Padre, como en el Padrenuestro, desde niño. Pero sentir, ver, admirarse de ese deseo de Dios de que seamos sus hijos… eso fue en la calle y en un tranvía. Durante una hora o una hora y media, no lo sé, tenía que gritar ¡Abba, Pater!».
Abba. Padre. Si no hacemos más que repetir esa palabra con fe y amor, ya habremos orado bien.
Pero vamos más allá. El simple reconocimiento de Dios como Padre establece el orden correcto de las cosas. Proporciona el contexto en el que se hace toda otra oración. Nuestra oración asciende al Padre para que su gracia también descienda a nosotros. El verbo «orar» significa realmente pedir. De hecho, la mayoría pensamos en la oración sólo como petición. A nuestro Padre no le molestan nuestras peticiones. Así que el resto de la enseñanza de nuestro Señor aborda la confianza que debemos tener al pedir, una confianza que sólo proviene de conocer a Dios como Padre.
Jesús nos presenta una parábola extraña (típica del Evangelio de Lucas) sobre un amigo no muy bueno cuya «generosidad» se gana por insistencia. El punto es que Dios es mejor que ese amigo. Si un mal amigo puede ser ganado por la perseverancia, ¡cuánto más tu Padre amoroso con sólo pedirle!
La instrucción concluye con una afirmación sorprendente pero lógica: «Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más dará el Padre del cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (cf. Lc 11,13). Sorprende porque, bueno, nos llama malos. No se equivoca, pero quizá podría haber sido más amable. En cualquier caso, la frase nos recuerda la distancia entre nuestra bondad y la del Padre. No debemos pensar que Él es bueno con nosotros como lo somos con los demás, ni como ese amigo de la parábola. Su bondad supera infinitamente la nuestra. No debemos estimar la bondad del Padre según nuestra pobre imagen de ella. Como dijo Tertuliano: Nemo tam pater quam Pater – «nadie es tan padre como el Padre» (véase Catecismo 239).
El final sorprende también porque nuestro Señor introduce el don del Espíritu al final de la instrucción. Como si ese don fuera de lo que estaba hablando todo el tiempo. Como si el don del Espíritu fuera lo que pedimos, buscamos y llamamos sin cesar. Y de hecho lo es, lo sepamos o no.
Y quizá por eso no oramos tan a menudo ni tan insistentemente como deberíamos. Porque percibimos que el Padre tiene más en mente que darnos simplemente lo que pedimos. Nos permite necesitar para que nos acerquemos a Él en nuestra nada y así Él pueda empezar la obra de su gracia en nosotros.
La oración de petición debe contener la disposición a ser transformados, a recibir el Espíritu de filiación, el Espíritu que sopla donde quiere, el Espíritu que nos llevará a lugares donde aún no queremos ir. La oración no es acudir a una máquina expendedora divina y solicitar lo que queremos. Es entrar en relación y conversación con el Padre que sabe lo que necesitamos más de lo que podamos imaginar.
Acerca del autor
El P. Paul D. Scalia es sacerdote de la diócesis de Arlington (VA), donde sirve como vicario episcopal para el clero y párroco de Saint James en Falls Church. Es autor de That Nothing May Be Lost: Reflections on Catholic Doctrine and Devotion y editor de Sermons in Times of Crisis: Twelve Homilies to Stir Your Soul.