«Queridos jóvenes, nuestra esperanza es Jesús»

«Queridos jóvenes, nuestra esperanza es Jesús»

 

León XIV preside la Misa del Jubileo de los Jóvenes en Tor Vergata

Este domingo 3 de agosto de 2025, XVIII del Tiempo Ordinario, el Papa León XIV ha presidido la Santa Misa en el área romana de Tor Vergata con ocasión del Jubileo de los Jóvenes. Ante miles de peregrinos llegados de todo el mundo, el Santo Padre ha animado a los presentes a redescubrir el encuentro con Cristo como respuesta al deseo profundo de verdad, plenitud y sentido que habita en todo corazón humano.

Durante la homilía, León XIV ha evocado el episodio evangélico de los discípulos de Emaús y ha insistido en la necesidad de no conformarse con sucedáneos ni resignarse a la mediocridad, sino abrirse al don transformador de Dios. Citando a san Agustín, san Juan Pablo II y el Papa Francisco, el Pontífice ha exhortado a los jóvenes a cultivar la amistad con Cristo por medio de los sacramentos, la oración y la caridad, y a aspirar sin miedo a la santidad. También ha recordado los ejemplos de Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis, próximos a ser canonizados.

Ofrecemos a continuación el texto íntegro de la homilía pronunciada por el Papa León XIV:


Homilía del Papa León XIV

Queridos jóvenes:

Después de la Vigilia vivida juntos anoche, nos encontramos hoy para celebrar la Eucaristía, Sacramento del don total de Sí que el Señor ha hecho por nosotros. Podemos imaginar que recorremos, en esta experiencia, el camino hecho la tarde de Pascua por los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35): al principio se alejaban de Jerusalén atemorizados y decepcionados; se iban convencidos de que, después de la muerte de Jesús, ya no había nada que esperar, nada en lo que confiar. Y sin embargo, se encontraron precisamente con Él, lo acogieron como compañero de viaje, lo escucharon mientras les explicaba las Escrituras, y finalmente lo reconocieron al partir el pan. Entonces se les abrieron los ojos y el anuncio gozoso de la Pascua halló lugar en su corazón.

La liturgia de hoy no nos habla directamente de ese episodio, pero nos ayuda a reflexionar sobre lo que en él se narra: el encuentro con Cristo Resucitado que cambia nuestra existencia, que ilumina nuestros afectos, deseos, pensamientos.

La primera Lectura, tomada del Libro del Qohelet, nos invita a tomar contacto, como los dos discípulos de los que hemos hablado, con la experiencia de nuestro límite, de la caducidad de las cosas que pasan (cf. Qo 1,2; 2,21-23); y el Salmo responsorial, que la refleja, nos ofrece la imagen de la “hierba que brota; por la mañana florece y germina, por la tarde es cortada y se seca” (Sal 90,5-6). Son dos llamados fuertes, tal vez un poco chocantes, que sin embargo no deben asustarnos, como si fueran temas «tabú», que hay que evitar. La fragilidad de la que nos hablan, en efecto, es parte de la maravilla que somos. Pensemos en el símbolo de la hierba: ¿acaso no es bellísimo un prado en flor? Claro que sí, es delicado, hecho de tallos frágiles, vulnerables, que se secan, se doblan, se rompen, y sin embargo, al mismo tiempo, son rápidamente reemplazados por otros que brotan después de ellos, y de los que generosamente los primeros se hacen alimento y abono, al consumirse sobre la tierra. Así vive el campo, renovándose continuamente, e incluso durante los meses fríos del invierno, cuando todo parece callar, su energía palpita bajo tierra y se prepara para estallar, en primavera, en mil colores.

También nosotros, queridos amigos, estamos hechos así: estamos hechos para esto. No para una vida en la que todo sea predecible e inmóvil, sino para una existencia que se regenere constantemente en el don, en el amor. Y así aspiramos continuamente a un «más» que ninguna realidad creada puede darnos; sentimos una sed grande y ardiente hasta tal punto, que ninguna bebida de este mundo puede saciarla. Frente a ella, ¡no engañemos a nuestro corazón, tratando de apagarla con sucedáneos ineficaces! ¡Escuchémosla, más bien! Hagamos de ella un taburete sobre el que subirnos para asomarnos, como niños, de puntillas, a la ventana del encuentro con Dios. Nos encontraremos ante Él, que nos espera, es más, que llama suavemente al cristal de nuestra alma (cf. Ap 3,20). Y es hermoso, incluso a los veinte años, abrirle de par en par el corazón, permitirle entrar, para luego aventurarnos con Él hacia los espacios eternos del infinito.

San Agustín, hablando de su intensa búsqueda de Dios, se preguntaba: «¿Cuál es entonces el objeto de nuestra esperanza […]? ¿Es la tierra? No. ¿Algo que procede de la tierra, como el oro, la plata, el árbol, la cosecha, el agua […]? Estas cosas gustan, son bellas, son buenas» (Sermo 313/F, 3). Y concluía: «Busca a quien las ha hecho, Él es tu esperanza» (ibid.). Pensando luego en el camino que había recorrido, rezaba diciendo: «Tú [Señor] estabas dentro de mí y yo fuera. Allí te buscaba […]. Me llamaste, y tu grito rompió mi sordera; brillaste, y tu esplendor disipó mi ceguera; difundiste tu fragancia, y respiré y anhelo hacia ti; gusté (cf. Sal 33,9; 1Pe 2,3) y tengo hambre y sed (cf. Mt 5,6; 1Co 4,11); me tocaste, y ardí en deseo de tu paz» (Confesiones, 10, 27).

Hermanas y hermanos, son palabras muy hermosas, que nos recuerdan lo que decía el Papa Francisco en Lisboa, durante la Jornada Mundial de la Juventud, a otros jóvenes como ustedes: «Cada uno está llamado a confrontarse con grandes preguntas que no tienen […] una respuesta simplista o inmediata, sino que invitan a emprender un viaje, a superarse a sí mismos, a ir más allá […], a un despegue sin el cual no hay vuelo. No nos alarmemos, entonces, si nos encontramos interiormente sedientos, inquietos, incompletos, deseosos de sentido y de futuro […]. ¡No estamos enfermos, estamos vivos!» (Discurso en el encuentro con los jóvenes universitarios, 3 agosto 2023).

Hay una pregunta importante en nuestro corazón, una necesidad de verdad que no podemos ignorar, que nos lleva a preguntarnos: ¿qué es verdaderamente la felicidad? ¿Cuál es el verdadero sentido de la vida? ¿Qué puede liberarnos del estancamiento del sinsentido, del aburrimiento, de la mediocridad?

En estos días, habéis vivido muchas experiencias hermosas. Os habéis encontrado con otros jóvenes de distintas partes del mundo, de diversas culturas. Habéis intercambiado conocimientos, compartido expectativas, dialogado con la ciudad a través del arte, la música, la tecnología y el deporte. En el Circo Máximo, además, acercándoos al Sacramento de la Penitencia, habéis recibido el perdón de Dios y le habéis pedido su ayuda para una vida buena.

En todo esto podéis captar una respuesta importante: la plenitud de nuestra existencia no depende de lo que acumulamos ni, como hemos escuchado en el Evangelio, de lo que poseemos (cf. Lc 12,13-21). Está vinculada más bien a lo que con alegría sabemos acoger y compartir (cf. Mt 10,8-10; Jn 6,1-13). Comprar, acumular, consumir, no basta. Necesitamos alzar los ojos, mirar hacia lo alto, a las «cosas de arriba» (Col 3,2), para darnos cuenta de que todo tiene sentido, entre las realidades del mundo, solo en la medida en que sirve para unirnos a Dios y a los hermanos en la caridad, haciendo crecer en nosotros «sentimientos de ternura, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de magnanimidad» (Col 3,12), de perdón (cf. v. 13), de paz (cf. Jn 14,27), como los de Cristo (cf. Flp 2,5). Y en este horizonte comprenderemos cada vez mejor lo que significa que «la esperanza […] no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (cf. Rm 5,5).

Queridos jóvenes, nuestra esperanza es Jesús. Es Él, como decía san Juan Pablo II, «quien suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande […], para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna» (XV Jornada Mundial de la Juventud, Vigilia de Oración, 19 agosto 2000). Mantengámonos unidos a Él, permanezcamos en su amistad, siempre, cultivándola con la oración, la adoración, la Comunión eucarística, la Confesión frecuente, la caridad generosa, como nos enseñaron los beatos Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis, que pronto serán proclamados Santos. Aspirad a cosas grandes, a la santidad, estéis donde estéis. No os conforméis con menos. Entonces veréis crecer cada día, en vosotros y a vuestro alrededor, la luz del Evangelio.

Os encomiendo a María, la Virgen de la esperanza. Con su ayuda, regresando en los próximos días a vuestros países, en todas las partes del mundo, continuad caminando con alegría tras las huellas del Salvador, y contagiad a todos los que encontréis con vuestro entusiasmo y con el testimonio de vuestra fe. ¡Buen camino!

 

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