Merry del Val: el español que salvó a Newman del modernismo

Merry del Val: el español que salvó a Newman del modernismo

La inminente proclamación de san John Henry Newman como doctor de la Iglesia por parte del papa León XIV está despertando una ola de interés por la figura y el pensamiento del cardenal inglés, considerado uno de los grandes teólogos del siglo XIX. Pero también, inevitablemente, reactiva un recuerdo más discreto y profundamente eclesial: el del cardenal español Rafael Merry del Val, secretario de Estado de san Pío X, cuya intervención fue decisiva para preservar el legado de Newman de ser absorbido —o deformado— por el modernismo teológico.

Merry del Val no fue un teólogo especulativo ni un pensador sistemático, pero fue un servidor íntegro y clarividente de la Iglesia en una de sus épocas más difíciles. Su fidelidad a san Pío X, su rigor doctrinal, su caridad exigente y su vida de oración lo convierten en una figura muy admirada por los fieles que buscan modelos de claridad en medio de la confusión. Fue precisamente esa fidelidad la que le llevó a intervenir cuando el nombre de Newman comenzó a ser utilizado por los modernistas como bandera encubierta de sus errores, tras la publicación de la encíclica Pascendi dominici gregis en 1907.

Newman había muerto en 1890, sin haber sido objeto de condena alguna. Pero su teología del desarrollo doctrinal y su atención al papel de la conciencia cristiana fueron malinterpretadas por algunos sectores progresistas. En ese contexto, figuras como George Tyrrell —exjesuita y excomulgado— invocaban a Newman como pionero del modernismo. Fue entonces cuando Merry del Val, conocedor del mundo inglés, del anglicanismo y del pensamiento del converso de Oxford, decidió actuar con la claridad que lo caracterizaba. Desde la Secretaría de Estado y con el respaldo de san Pío X, promovió declaraciones en L’Osservatore Romano y en otros foros oficiales del Vaticano para afirmar que la doctrina de Newman era completamente ortodoxa y que nada tenía que ver con las teorías condenadas.

Ese gesto, aparentemente discreto, tuvo consecuencias enormes. Liberó a Newman del lastre de la sospecha y permitió que su figura fuera leída en clave católica, sin ambigüedades. Si hoy León XIV puede elevar a Newman a doctor de la Iglesia, es en buena parte porque en su momento Merry del Val salvó su figura de quedar atrapada en la confusión ideológica del modernismo.

Pero más allá de esta intervención puntual, la vida entera de Merry del Val merece ser redescubierta. Su austeridad, su vida de oración —conocida es su devoción por la “Letanía de la humildad”—, su defensa incansable del Magisterio, su discreción y su entrega personal a la Iglesia hacen de él un verdadero modelo sacerdotal. Falleció en 1930, en Roma sin haber buscado nunca el aplauso ni el protagonismo.

Fue declarado siervo de Dios pero aún no ha sido elevado a venerable y beato. El nuevo contexto histórico de la elevación a doctor de Newman resulta muy adecuado para que su causa se reactive. La beatificación de Rafael Merry del Val no sería solo un acto de justicia histórica, sino un signo en una Iglesia que necesita recuperar el coraje, la claridad y la humildad.

Que el cardenal español que salvó a Newman sea reconocido hoy, al calor de la proclamación de este como doctor de la Iglesia, sería de una coherencia providencial.

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