John Henry Newman sobre el Concilio Vaticano y la infalibilidad papal

John Henry Newman sobre el Concilio Vaticano y la infalibilidad papal

La noticia del nombramiento de San John Henry Newman como Doctor de la Iglesia ha sido recibida con gozo por muchos fieles que reconocen en su vida y pensamiento una luz para nuestro tiempo. En este contexto, consideramos oportuno recuperar el siguiente artículo, publicado con ocasión de su canonización en 2019, que ofrece una profunda reflexión sobre su camino de santidad, su aguda inteligencia teológica y su amor apasionado por la Iglesia.

 

El Papa Francisco canonizará a un cardenal que criticó el Concilio Vaticano y deseó “otro papa”

Por: Peter Kwasniewski

Muchos católicos hoy en día, preocupados por la distorsión generalizada de la idea del desarrollo doctrinal, han llegado a reconocer que el cardenal John Henry Newman, cuya canonización fue aprobada por el Papa Francisco el 12 de febrero, puede considerarse un aliado.

Si bien la propia explicación de Newman sobre este desarrollo no está exenta de críticas, afirma claramente la inmutabilidad del depósito apostólico de la fe y la exigencia de una completa coherencia entre cualquier definición o explicación posterior de una verdad con todo lo que ya se ha sostenido y enseñado sobre esa verdad. En otras palabras, Newman se adhirió al principio de San Vicente de Lerins, según el cual si la doctrina ha de crecer o progresar, solo puede hacerlo “según el mismo significado y el mismo juicio”, in eodem sensu eademque sententia, una declaración que ha sido repetida incontables veces en documentos magisteriales, hasta tiempos recientes. Cualquier otro tipo de cambio es una mutatio o corrupción.

Newman estaba preocupado por que se produjera tal corrupción durante el Primer Concilio Vaticano, en relación con la propuesta de definición de la infalibilidad papal, una creencia sobre la que consideraba que cuanto menos se dijera, mejor, no porque no aceptara al papa como el maestro dado por Dios a los cristianos y como la última instancia de apelación, sino porque sabía que un grupo de “ultramontanos” estaba promoviendo una versión teológicamente errónea, filosóficamente irracional, históricamente insostenible y eclesiásticamente perjudicial de la infalibilidad papal, que amenazaba con confundir el oficio del papa con la revelación divina misma, en lugar de verlo más modestamente como el guardián de la tradición y el árbitro de las controversias.

Teniendo en cuenta el hecho de que puede ser nada menos que el Papa Francisco quien canonice a John Henry Newman, podríamos encontrar irónico y oportuno el siguiente fragmento de una carta de Newman. El 21 de agosto de 1870, poco más de un mes después de la promulgación de Pastor Aeternus el 18 de julio, Newman escribió a su querido amigo Ambrose St. John:

Tengo varias cosas que decir sobre la Definición… Para mí, lo serio es esto: que, siendo inusual emitir una definición salvo en caso de necesidad urgente y definida, esta definición, si bien otorga poder al Papa, crea para él, en el mismo acto de hacerlo, un precedente y una sugerencia de usar su poder sin necesidad, cuando él quiera, sin ser llamado a hacerlo. Estoy diciéndoles a las personas que me escriben que tengan confianza, pero no sé qué les diré si el Papa actuara así. Y temo, además, que la mayoría tiránica [NB: así se refiere Newman a los obispos del Vaticano I que votaron a favor de la definición] todavía tenga como objetivo ampliar el alcance de la infalibilidad. Solo puedo decir que, si todo esto ocurre, de hecho estaremos bajo una nueva dispensación. Pero debemos esperar, pues uno se ve obligado a esperar que el Papa sea expulsado de Roma y no continúe el Concilio, o que haya otro Papa. Es triste que nos obligue a tales deseos. Me parece que nuestros amigos han convertido la lucha en Roma en una especie de juego o combate de exhibición, pero puede que me equivoque.

Es impactante ver que un santo que está a punto de ser canonizado albergue dudas tan profundas sobre un Concilio ecuménico convocado legítimamente, sobre actos conciliares promulgados legalmente, y especialmente sobre el Papa reinante, a quien espera que se expulse de Roma o sea reemplazado por un mejor Papa. Aquellos que hoy tienen dudas sobre la convocatoria del Vaticano II por Juan XXIII, sobre diversos elementos de los dieciséis documentos conciliares emitidos bajo Pablo VI, y sobre la conducta del Papa Francisco, pueden consolarse al saber que tales dificultades mentales y problemas de conciencia no son incompatibles con la fe católica ni con las virtudes fundamentales de humildad y obediencia.

Mientras celebramos hoy el natalicio celestial del Papa San Gregorio Magno y nos acercamos a la solemnidad de San José el 19 de marzo, podríamos reflexionar con provecho sobre la forma en que el papa desempeña un papel no muy distinto al de San José respecto a la Virgen y el Niño. Cristo tiene su origen en otra parte; José no es Su padre natural, sino solo su protector. La Virgen, imagen de la Iglesia, es más exaltada que su esposo, pero está sin embargo bajo su cuidado y autoridad. José es “el Hombre Justo” porque nunca excede ni se queda corto respecto al papel que se le ha dado, lo que lo coloca al mismo tiempo en subordinación respecto a su esposa e hijo adoptivo, y en cierta posición de gobierno sobre ellos. Al repasar la historia de los papas, podríamos preguntarnos cuáles han actuado más como San José, y cuáles menos.

Newman, entonces, nos ayuda a comprender la religión católica como algo íntegro, complejo, sublime y coherente, en el que, cuando lo vemos con claridad y en su totalidad, no vemos al papado sobresalir como una protuberancia dominante desproporcionada con el resto del cuerpo, sino como una pieza en un mosaico de vivos colores diseñado por el divino Artesano. Reconoce con gratitud el papel crucial del papa, pero se niega a hacerlo el originador o la medida de la doctrina o de la vida cristiana.

Por eso creo que Newman habría tenido la misma reacción al Manifiesto del cardenal Müller que tuvo el padre John Hunwicke:

El silencio puede decir más que un millón de palabras. Como el perro de Conan Doyle, por ejemplo, que no ladró en la noche. Creo que lo más sorprendente del Manifiesto que nos dio el cardenal Gerhard Müller fue lo que no mencionó… el Papado.

Basta considerar la cantidad de controversia que generó la cuestión del ministerio petrino en tiempos del Vaticano I; cuánta controversia ha habido entre polemistas católicos y no católicos. Consideremos el culto a la personalidad que ha rodeado a los papas desde, creo, aproximadamente la última parte del pontificado del beato Pío IX. Un culto que trata al obispo de Roma como a un semidiós o una estrella del pop. He escrito sobre ello varias veces. Creo que es sentimental y sensiblero, enfermizo, corrupto y corruptor. Ciertamente no fue inventado por PF y sus compinches, pero ha alcanzado un nuevo pico teológico en este pontificado. Los compinches de la Curia nos dicen que el Espíritu Santo habla por la boca de PF; los obispos ingleses le escriben cartas para informarle que el Espíritu Santo fue responsable de su elección y lo guía diariamente; un tal padre Rosica, increíblemente, nos explica que el papa está libre de las ataduras de la Escritura y la Tradición. Es lo que he llamado ‘bergoglianismo’. Creo que no solo es algo enfermo en sí mismo, sino que es un veneno peligroso de rara toxicidad dentro de la Iglesia Militante.

Y sin embargo, a pesar de todo esto, el cardenal Müller no mencionó ni siquiera de pasada a este enorme elefante en una habitación diminuta. No me había sentido tan aliviado en mucho tiempo.

Por supuesto, ese alivio pronto se desvanece cuando nos damos cuenta una vez más, con un gemido, de que vivimos en un mundo y en una Iglesia en los que las sabias reservas de Newman sobre el papel del papa, y la serena confianza del cardenal Müller en la doctrina católica tradicional, no son compartidas por un gran número de obispos, especialmente por el obispo que los encabeza, a pesar de que precisamente como sucesores de los Apóstoles están más solemnemente comprometidos con su papel josefino de custodiar la santidad de nuestra Madre y proveerle un hogar digno para ser habitado por Cristo.

 

Artículo publicado en LifeSiteNews el 12 de marzo de 2019.

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