España no contaba con un gran evento en torno a la Misa tradicional, hasta que un grupo de jóvenes seglares, inspirados por la peregrinación París-Chartres, puso en marcha una iniciativa que ha crecido con rapidez y este verano ha celebrado su quinta edición. Comparto con los lectores de Infovaticana mi impresión tras vivir la peregrinación de Oviedo a Covadonga, organizada por Nuestra Señora de la Cristiandad. Una experiencia cuyas fotos y vídeos, aunque impactantes, no reflejan con justicia la profundidad de lo vivido. Como en todo lo extraordinario, hay que estar para entender.
Orden y espíritu: la forma como mensaje
Cuando hablamos de cuestiones de fe: fondo y forma están íntimamente entrelazados. Por eso, para hacerse una idea del verdadero sentido de esta peregrinación, primero es necesario acercarse a su forma y su dinámica más operativa.
En el sur de Europa estamos habituados a romerías algo caóticas y a peregrinaciones de grupos dispersos. Solemos caminar con cierta laxitud: parando a tomar una caña en cada pueblo, comiendo donde alguien nos ha recomendado… y llegando a los destinos intermedios cada uno a su ritmo. Cuando pensamos en una gran peregrinación grupal, suele venirnos a la mente esa forma algo deshilvanada de caminar, que, sin ánimo de juzgarla, no es la que propone Nuestra Señora de la Cristiandad.
En la peregrinación de Oviedo a Covadonga, todo responde a un orden riguroso y a una organización logística profesional. Desde la bendición inicial del arzobispo en la catedral de Oviedo hasta el retorno a los autobuses tras el Te Deum en Covadonga, un amplio equipo de voluntarios guía a los peregrinos con una disciplina que asombra. Todo forma parte de un mecanismo perfectamente sincronizado.
En primer lugar, es preceptivo estar adscrito a un capítulo, que es un subgrupo de peregrinos. Se camina siempre al ritmo de tu capítulo y siempre junto a él, siguiendo su estandarte y su cruz, bajo las instrucciones de los voluntarios con chaleco reflectante: “¡Rápido, rápido, no dejamos huecos, por favor…!”.
Solo se come en los dos puntos de pausa diarios, habilitados junto a ermitas, que cuentan con avituallamiento y cabinas impolutas para las necesidades fisiológicas. Durante la marcha, si aprieta la vejiga, te va a costar recuperar tu posición como en un pelotón ciclista. Ese es el ritmo.
Cada tramo comienza con el capellán del capítulo rezando el rosario y proponiendo lecturas o reflexiones. Se reza mucho, se canta, se conversa, todo formando parte de una gran estructura de casi dos mil personas que se estira y se contrae como un solo cuerpo, adaptándose al terreno por el que transita: márgenes de carretera, senderos, caminos angostos rodeados de vegetación, cuestas, pueblos.
Una larga y ordenada fila de capítulos sorprende a los paisanos, que saludan el paso de una procesión fugaz que deja un reguero de sotanas, avemarías, caras jóvenes y familias.
Una ciudad efímera y una catequesis silenciosa
Cada jornada termina en una explanada presidida por un gran altar de campaña. En las zonas delimitadas para acampar, los peregrinos, con treinta kilómetros en sus pies, montan sus tiendas.
Frente a carismas festivaleros que ofrecen una teología cómoda y superficial, la estructura formal de Nuestra Señora de la Cristiandad invita al sacrificio, al esfuerzo, a la mortificación y a la superación personal. Solo desde ahí brotan la fe auténtica y la verdadera alegría. Porque en la vida real, la felicidad no se encuentra tirado en un botellón fumando un pitillo (cosas que, sin ser malas en sí mismas, son ajenas al sentido último de la existencia), sino en el camino del sacrificio y del esfuerzo. Esa es la catequesis silenciosa de una peregrinación que, al tiempo que exige, también entrega.
En el campamento hay partidos de fútbol improvisados con curas jóvenes ensotanados, niños que hacen la ruta familiar (acortada con autobuses) corriendo y jugando por el campo, conversaciones entre grupos, catequesis sentados en la hierba, nuevas amistades, confesiones… Con la llegada de los capítulos cobra vida una pequeña ciudad, que solo existirá durante unas horas. Una comunidad viva que se diluye al alba con el reinicio de la marcha. La pena es que no es posible vivir todo el año en esa Civitas Dei de hierba, plástico y poliéster. Al menos no físicamente. Sus habitantes deben volver a sus estudios, trabajos o parroquias, donde la vida ordinaria los reclama.
El corazón de la marcha: la Santa Misa
Todo confluye en la Misa solemne que se celebra cada día. Porque el sentido de la peregrinación, su clave de bóveda, es ese, la Santa Misa.
Cerca del altar principal, los sacerdotes cuentan con decenas de pequeñas capillas de campaña para celebrar individual y simultáneamente su Misa, en una imagen ya olvidada que hace recordar el sentido de las capillas laterales de nuestros templos, hoy decorativas, antes altares frecuentes del Sacrificio que da sentido al mundo.
El planteamiento es sencillo: la Misa sostiene la fe, y la fe sostiene la civilización. Nuestra fe es la del Verbo encarnado, la del Dios hecho hombre que viene y permanece, presente de forma física y sustancial en la Eucaristía, hecho alimento para nosotros. La Iglesia sufre una herida profunda: una lex orandi infantilizada en la forma y geriatrizada en la asistencia. Una liturgia inteligible en lo idiomático, pero no en lo metafísico; demasiado simple, superficial y desprovista de hondura, que muchas veces no transmite la grandeza del misterio que celebra.
La Misa tradicional es la respuesta que tapona esta herida. El rito romano milenario funciona, conecta, convierte, abre corazones, produce vocaciones y ayuda a los débiles. Aquí no vienen solo familias del entorno tradicionalista sino, sobre todo, mucha gente ajena que se acerca con sed de reverencia y misterio. Muchos curas jóvenes aprenden a celebrar el rito que vertebró la Cristiandad, sobre una verdad que explica muy bien John Senior (La Restauración de la Vida Cristiana, ed. Homo Legens):
«La Cristiandad, que el secularismo llama Civilización Occidental, es la Misa y todo el aparato que la protege y favorece. Toda la arquitectura, el arte, las instituciones políticas y sociales, toda la economía, las formas de vivir, de sentir y de pensar de los pueblos, su música y su literatura, todas estas realidades, cuando son buenas, son medios de favorecer y de proteger el santo sacrificio de la Misa.»
Covadonga: símbolo de fidelidad
Y si la Misa es la piedra angular de la civilización cristiana, Covadonga no es solo un lugar de memoria, sino un símbolo profético. Allí, como en cada altar, se nos recuerda que con María al frente, una minoría puede resistir, reconquistar y reconstruir. Covadonga nos enseña que la victoria no está en los números, sino en la fidelidad. Y también nos advierte: siempre habrá voces —como la de Don Opas, el obispo que pidió a Don Pelayo rendirse al poder invasor— que, en nombre de la prudencia, la adaptación o el signo de los tiempos, nos inviten a capitular. Pero a esos, ayer y hoy, solo cabe responder con el lema elegido para la peregrinación de este año: Ave Crux, spes unica.
