El pasado domingo 13 de julio, a plena luz del día y en una urbanización del norte de Madrid, dos niñas de ocho y cuatro años fueron víctimas de una agresión sexual brutal a manos de un repartidor. Lo que podría haber sido otro crimen silenciado por las estadísticas quedó expuesto por el valor de una madre, los gritos de auxilio y una persecución a pie en bañador que acabó con el agresor engrilletado y magullado. Lo que no imaginaban los vecinos de Montecarmelo era que el autor del crimen —un joven colombiano de 27 años, expolicía— llevaba grabado en su antebrazo izquierdo un símbolo inquietante: un tatuaje del dios egipcio Anubis.
En otra época, ese simple detalle habría pasado desapercibido. Hoy, en cambio, merece ser leído como parte del retrato espiritual de una generación marcada por la confusión moral, el relativismo y la fascinación por lo tenebroso. Anubis no es un dios de luz ni un protector de inocentes. En la mitología egipcia, es el encargado de embalsamar cadáveres, de custodiar tumbas y de pesar el alma del difunto en el juicio final. Su figura —mitad hombre, mitad chacal— ha sido reinterpretada en el esoterismo contemporáneo como un «guía de almas», un mediador entre planos, un símbolo de dominio sobre la muerte. O sobre la vida de otros.
¿Qué lleva a un joven repartidor a marcarse la piel con esa imagen? ¿Una moda? ¿Un guiño estético a lo oculto? ¿O una revelación inconsciente de su universo interior? No se trata de criminalizar tatuajes ni de atribuir poderes mágicos a un dibujo, sino de advertir —con seriedad— que los símbolos no son neutros, y menos aún cuando van acompañados de actos de extrema violencia. Los gestos hablan. Y cuando el símbolo elegido es una divinidad del más allá, y la conducta es la agresión a dos niñas, hay algo que clama al cielo.
Vivimos en una sociedad que se horroriza con los efectos, pero que tolera y hasta celebra las causas. Una sociedad que desprecia la fe cristiana pero coquetea con los rituales egipcios, la astrología, los oráculos y los tatuajes de dioses paganos. Que educa en la autodeterminación total, la ruptura de límites, el narcisismo del cuerpo, y luego se escandaliza cuando alguien —en nombre de su deseo— traspasa el umbral de lo inhumano.
Como escribió Vázquez de Mella, “los modernos han erigido tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias”. El crimen de Montecarmelo no es una anomalía: es la consecuencia natural de lo que se aplaude, se normaliza o se calla.
El agresor de Montecarmelo posaba en redes con relojes caros, coches, músculos marcados y frases de autoayuda. Pero llevaba en la piel al dios de los muertos, y en el alma la podredumbre del pecado. Su detención ha evitado una tragedia aún mayor. Pero no nos engañemos: lo que revela este caso no es solo un monstruo aislado, sino un síntoma del infierno que se cuela por las rendijas de una sociedad sin Dios, sin verdad y sin inocencia.
Mientras las niñas agredidas sanan —cuerpo, alma y memoria heridas—, nosotros no podemos permitirnos mirar hacia otro lado. Es tiempo de volver a hablar claro: el mal existe, y no siempre viene disfrazado de demonio con cuernos. A veces lleva una caja de Amazon, un perfil en Instagram y un tatuaje de Anubis.
