Leon XIV recupera una teología de certezas «El matrimonio no es un ideal, sino el modelo del amor verdadero»

Leon XIV recupera una teología de certezas «El matrimonio no es un ideal, sino el modelo del amor verdadero»

Una frase del Papa en la homilía de hoy muestra cómo León se propone restaurar la fe de la Iglesia.

Una frase. Una sola frase bastó para que el Papa León XIV desactivara la espinosa herencia del “cambio de paradigma” en la teología moral que tantos han esgrimido para justificar lo injustificable. En su homilía durante el Jubileo de las Familias, el nuevo Pontífice ha dicho lo que durante años algunos han callado, otros han enredado y pocos se han atrevido a proclamar con claridad:

“El matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo”.

La frase no es una ocurrencia improvisada ni un giro retórico. Es una corrección teológica con todas las letras. En ella resuena con fuerza la enseñanza de Humanae Vitae, de Pablo VI, y se elimina, de un plumazo, el lenguaje nebuloso que durante la última década ha permitido abrir la puerta a una moral de situación, una “gradualidad” ambigua y una exaltación desproporcionada de la conciencia subjetiva por encima de la verdad objetiva del Evangelio.

Fin del “ideal” como coartada

Durante años, documentos como Amoris Laetitia han hablado del matrimonio como un “ideal” al que se tiende, pero que no siempre se alcanza. De ahí se derivaron caminos pastorales plagados de excepciones, discernimientos infinitos, zonas grises y, en no pocos casos, la justificación de convivencias irregulares como “respuestas generosas” en medio de la complejidad. Algunos llegaron incluso a afirmar que Dios “pedía” esa entrega incompleta, aunque no respondiera al Evangelio.

Veamos algunas citas clave de Amoris Laetitia:

  • AL 292: «El matrimonio cristiano… se realiza plenamente en la unión entre un varón y una mujer… Otras formas de unión contradicen radicalmente este ideal, pero algunas lo realizan al menos de modo parcial y análogo».
  • AL 298: «Los divorciados en nueva unión… no han de ser catalogados… sin dejar lugar a un adecuado discernimiento… con conocimiento de la irregularidad de su situación…».
  • AL 303: «A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. Ciertamente, que hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena.

León XIV ha puesto fin a esa deriva. No ha sido una condena frontal. No ha mencionado nombres ni ha hecho reproches. Pero ha afirmado lo esencial: el matrimonio no es una meta ideal, sino un modelo real, instituido por Dios, reflejo de su amor, y plenamente accesible con la gracia del sacramento.

Esta mención de León retrotrae a la Iglesia al paradigma de Veritatis Splendor, que decía en su punto 103:

«Sería un error gravísimo concluir… que la norma enseñada por la Iglesia es en sí misma un «ideal» que ha de ser luego adaptado, proporcionado, graduado a las —se dice— posibilidades concretas del hombre: según un «equilibrio de los varios bienes en cuestión».

Del subjetivismo al Evangelio completo

Las escuelas de teología moral que han florecido al calor del “cambio de paradigma” se fundamentaban en un supuesto respeto a la conciencia individual, como si la subjetividad bastara para justificar lo objetivamente erróneo. Desde allí se impulsó una moral de opción fundamental —por la cual bastaría tener una orientación general hacia el bien para salvarse, aunque se viva habitualmente en pecado mortal— y una moral de situación que disolvía las normas morales en la complejidad de la vida concreta.

La declaración del Papa León XIV supone un freno providencial a esta revolución moral. No es sólo una corrección doctrinal, sino un acto de esperanza. Porque devolver a los fieles la claridad del Evangelio, sin rebajas ni concesiones, no es rigidez: es caridad. No es nostalgia del pasado: es fidelidad al presente de Dios.

Una señal de esperanza

Quienes esperaban un giro, una restauración de la claridad, pueden leer en estas palabras un anticipo luminoso. En medio de la confusión moral, León XIV recuerda que el matrimonio cristiano —unión fiel, fecunda, exclusiva entre varón y mujer— no es una utopía, sino una realidad santificadora, posible y necesaria.

La Iglesia necesita pastores que no titubeen. Y los esposos, las familias, los jóvenes confundidos por las sombras morales, necesitan oír —al fin— que el amor verdadero no es un horizonte difuso, sino una realidad concreta, exigente y hermosa.

Hoy, con una frase sencilla, León XIV ha hecho más por la restauración de la teología moral que años enteros de debates académicos.

 


Texto íntegro de la homilía del Papa León XIV en el Jubileo de las Familias

El Evangelio que acabamos de proclamar nos muestra a Jesús que, en la Última Cena, ora  por nosotros (cf. Jn 17,20). El Verbo de Dios hecho hombre, ya cercano al final de su vida terrena,  piensa en nosotros, sus hermanos, y se convierte en bendición, súplica y alabanza al Padre, con la  fuerza del Espíritu Santo. También nosotros, al entrar con asombro y confianza dentro de la oración  de Jesús, nos vemos envueltos, por su amor, en un gran proyecto que abarca a toda la humanidad.

Cristo pide, en efecto, que todos seamos “una sola cosa” (cf. v. 21). Este es el mayor bien que se puede desear, porque esta unión universal realiza entre las  criaturas la comunión eterna de amor que es Dios mismo: el Padre que da la vida, el Hijo que la  recibe y el Espíritu que la comparte.

El Señor quiere que, para unirnos, no nos agreguemos a una masa indistinta como un bloque  anónimo, sino que seamos uno: «Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno  en nosotros» (v. 21). La unidad por la que Jesús ora es, por tanto, una comunión fundada en el  mismo amor con que Dios ama, de donde provienen la vida y la salvación. Y como tal, es ante todo  un don que Jesús trae consigo. Es, desde su corazón humano, que el Hijo de Dios se dirige al Padre  diciendo: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me  has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste» (v. 23).

Escuchamos con conmoción estas palabras: Jesús nos está revelando que Dios nos ama  como se ama a sí mismo. El Padre no nos ama menos que a su Hijo unigénito, o sea de manera  infinita. Dios no ama menos, porque ama antes de nada, ¡ama antes que nadie! Así lo atestigua  Cristo cuando dice al Padre: «Ya me amabas antes de la creación del mundo» (v. 24). Y es así: en su  misericordia, Dios desde siempre quiere acoger a todos los hombres en su abrazo; y es su vida, la  que se nos entrega por medio de Cristo, la que nos hace uno, la que nos une entre nosotros.

Oír hoy este Evangelio, durante el Jubileo de las Familias y de los Niños, de los Abuelos y  de los Ancianos, nos llena de alegría.

Queridos amigos, hemos recibido la vida antes incluso de haberla deseado. Como enseñaba  el Papa Francisco: «Todos los hombres somos hijos, pero ninguno de nosotros eligió nacer»  (Ángelus, 1 enero 2025). Y no sólo eso. Apenas nacemos, necesitamos de los demás para vivir;  solos no lo hubiéramos logrado. Se lo debemos a alguien más, que nos salvó, se hizo cargo de  nosotros, de nuestro cuerpo y también de nuestro espíritu. Todos nosotros vivimos gracias a una  relación, es decir, a un vínculo libre y liberador de humanidad y cuidado mutuo.

Es cierto que, a veces, esta humanidad se ve traicionada. Por ejemplo, cuando se invoca la  libertad no para dar vida, sino para quitarla; no para proteger, sino para herir. Sin embargo, incluso  frente al mal que divide y mata, Jesús sigue orando al Padre por nosotros, y su oración actúa como  un bálsamo sobre nuestras heridas, convirtiéndose en anuncio de perdón y reconciliación para  todos. Esa oración del Señor da sentido pleno a los momentos luminosos de nuestro amor mutuo  como padres, abuelos, hijos e hijas. Y esto es lo que queremos anunciar al mundo: estamos aquí  para ser “uno” tal y como el Señor quiere que seamos “uno”, en nuestras familias y en los lugares  donde vivimos, trabajamos y estudiamos: distintos, pero uno; muchos, pero uno, siempre uno, en  cualquier circunstancia y edad de la vida.

Hermanos, si nos amamos así, sobre el fundamento de Cristo, que es «el Alfa y la Omega»,  «el principio y el fin» (cf. Ap 22,13), seremos un signo de paz para todos, en la sociedad y en el  mundo. No hay que olvidarlo: del seno de las familias nace el futuro de los pueblos.

En las últimas décadas hemos recibido un signo que llena de gozo y, al mismo tiempo, invita  a reflexionar: me refiero al hecho de que fueron proclamados beatos y santos algunos esposos, no  por separado, sino juntos, como pareja de esposos. Pienso en Luis y Celia Martin, los padres de  santa Teresa del Niño Jesús; y recuerdo también a los beatos Luis y María Beltrame Quattrocchi,  cuya vida familiar transcurrió en Roma, el siglo pasado. Y no olvidemos a la familia polaca Ulma,  padres e hijos unidos en el amor y en el martirio. Decía que es un signo que da que pensar. Sí, al  proponernos como testigos ejemplares a matrimonios santos, la Iglesia nos dice que el mundo de  hoy necesita la alianza conyugal para conocer y acoger el amor de Dios, y para superar, con su  fuerza que une y reconcilia, las fuerzas que destruyen las relaciones y las sociedades.

Por eso, con el corazón lleno de gratitud y esperanza, a ustedes esposos les digo: el  matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor  total, fiel y fecundo (cf. S. PABLO VI, Carta enc. Humanae vitae, 9). Este amor, al hacerlos “una  sola carne”, los capacita para dar vida, a imagen de Dios.

Por tanto, los animo a que sean para sus hijos ejemplos de coherencia, comportándose como  desean que ellos se comporten, educándolos en la libertad mediante la obediencia, buscando  siempre su propio bien y los medios para acrecentarlo. Y ustedes, hijos, sean agradecidos con sus  padres: decir “gracias” por el don de la vida y por todo lo que con ella se nos da cada día es la  primera forma de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20,12). Por último, a ustedes, queridos  abuelos y ancianos, les recomiendo que velen, con sabiduría y ternura, por quienes aman, con la  humildad y paciencia que se aprenden con los años.

En la familia, la fe se transmite junto con la vida, de generación en generación: se comparte  como el pan de la mesa y los afectos del corazón. Esto la convierte en un lugar privilegiado para  encontrar a Jesús, que nos ama y siempre quiere nuestro bien.

Y quisiera añadir una última cosa. La oración del Hijo de Dios, que nos infunde esperanza  en el camino, también nos recuerda que un día seremos todos uno unum (cf. S. AGUSTÍN, Sermo  super Ps. 127): una sola cosa en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios. No sólo  nosotros, sino también los padres y las madres; los abuelos y abuelas; los hermanos, hermanas e  hijos que ya nos han precedido en la luz de su Pascua eterna, y que hoy sentimos presentes, aquí,  con nosotros, en este momento de fiesta.



      

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