Hoy se cierra la puerta de la Capilla Sixtina y comienza un momento decisivo para la Iglesia. No es simplemente un cambio de pontificado, estamos ante una encrucijada única.
Cardenales, estáis llamados a una responsabilidad de enorme peso. No es momento de componendas, de cálculos humanos ni de pactos para contentar a unos y otros. Es momento de preguntarse: ¿dónde florece hoy la Iglesia? ¿Dónde surgen vocaciones, dónde renace la fe? Allí donde la Iglesia es fiel al Evangelio, fiel a su Tradición, fiel a Cristo. Vosotros lo sabéis. La Iglesia permanece, y crece, ahí donde no busca agradar al mundo ni diluir su misión, sino ser fiel a Cristo.
Hoy, en Roma, entre sacerdotes, entre los fieles sencillos, entre muchos católicos con responsabilidades, se percibe un temor real: temor a una fractura, a una ruptura dolorosa, a que la Iglesia entre en un tiempo de convulsión. La palabra cisma, impensable hace unos años, suena realmente como una posibilidad. El último pontificado ha dejado heridas profundas en muchas almas, en muchas comunidades, en toda la Iglesia. La barca de Pedro necesita un pastor que ayude a sanar, a reconciliar, a fortalecer lo que permanece firme.
Cardenales, sabed leer los signos de los tiempos. Las puertas del infierno no prevalecerán, tenemos la promesa de Cristo, pero se pueden quedar muchos por el camino. Y cada uno de vosotros tendrá que responder por su elección. Dios os ha puesto aquí, en este momento. No lo toméis a la ligera.
El pueblo fiel espera, con la Esperanza que viene de Dios, y confían en su Iglesia. No les decepcionéis.
Rezamos por vosotros, para que el Espíritu Santo os asista en este momento crucial. Que vuestra elección no se quede atrapada en el corto plazo ni en los equilibrios de poder. Que podáis mirar al bien de la Iglesia, con serenidad y con altura de miras.
Y que, cuando te enfrentes al Juez Supremo, pueda decir de ti, como de san José: «Este es el pastor fiel y solícito a quien puse al frente de mi familia».