¡Por fin Cobo se pronuncia contra la cruz del IRPF!

¡Por fin Cobo se pronuncia contra la cruz del IRPF!

Hay homilías que pasan desapercibidas. Otras que hacen ruido en redes. Y luego están las de monseñor Cobo, que parecen susurradas por algún espíritu profético entre los pilares de la Almudena. En esta Semana Santa, el arzobispo de Madrid nos ha dejado una de esas frases que deberían imprimirse en los boletines dominicales y en las paredes del Episcopado:

“Mirad el árbol de la cruz. Miradlo. No tanto las cruces ornamentales o las transformadas en estandartes de otras cosas.”

Muchos —los impacientes, los malpensados— creyeron que se refería al Valle de los Caídos. Pero no. Monseñor ha sido mucho más valiente. Porque por fin alguien en la jerarquía ha alzado la voz contra esa cruz que pesa más que el madero del Calvario: la cruz del IRPF.

Sí, hermanos. Esa crucecita inofensiva en apariencia, esa equis tan sugerente como traicionera, se ha convertido en el auténtico yugo que oprime a nuestros pastores. Con razón ha dicho Cobo que hay cruces transformadas en estandartes de “otras cosas”. Porque esa cruz —la del IRPF— no simboliza ya la entrega de Cristo, sino el sometimiento de la Iglesia a los vaivenes del Gobierno de turno, la esclavitud fiscal de unos obispos convertidos en gestores de subvención.

Y Cobo, en un acto de lucidez casi paulina, ha abierto los ojos. ¡Aleluya! Ha visto que esa cruz no salva, sino que condiciona. Que no redime, sino que amordaza. Que no libera, sino que convierte a la Iglesia en rehén de las campañas publicitarias, de los balances de Moncloa, de las sonrisas obligatorias en la casilla de la renta.

Por eso, sus palabras no fueron una crítica velada al franquismo, como algunos quisieron interpretar. No. Han sido un acto de rebelión espiritual frente al sistema. Un “¡basta ya!” en voz baja pero contundente, dirigido no al pasado, sino al presente: al presente fiscal, dependiente, rendido a los presupuestos generales del Estado.

Desde aquí, saludamos esta toma de conciencia. Celebramos que, por fin, un obispo se atreva a señalar que la cruz auténtica no es la que se marca con bolígrafo, sino la que se carga con amor. Que la Iglesia no necesita X, sino mártires. Y que la libertad evangélica no se negocia a plazos en Hacienda.

¿Será este el inicio de una nueva etapa? ¿Veremos a Cobo liderar una campaña para renunciar de una vez a la financiación pública y confiar —¡herejía moderna!— en la Providencia? ¿Apostará por el riesgo de ser pobre, libre y veraz? ¡Quién sabe! Pero por ahora, celebremos este gesto, esta homilía que ya es historia: la homilía en que un arzobispo desprecia la cruz del IRPF y nos señala, por fin, la única cruz que salva.

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