Ayer, Viernes Santo, la Catedral de la Almudena se llenó. Bajo la lluvia, el pueblo fiel acudió en masa a acompañar a Cristo crucificado. Lo que se encontró, sin embargo, fue a un obispo dispuesto a reprender veladamente a los suyos. La homilía del cardenal Cobo, más que consolar o exhortar, sonó a justificación y a advertencia. Excusatio non petita… y acusación tampoco del todo oculta.
En uno de sus pasajes más llamativos, afirmó: “Mirad el árbol de la cruz. Miradlo. No tanto las cruces ornamentales o las transformadas en estandartes de otras cosas”. Palabras escogidas con esmero, lo suficientemente ambiguas para poder negarlo todo, pero lo bastante sugerentes como para que nadie se llame a engaño. Hay cruces que molestan, cruces cuya mera existencia incomoda. Cruces que algunos quieren resignificar, y otros conservar. Cruces que unos quieren mirar… y otros esconder.
La defensa de esas cruces incómodas no es un capricho ni una provocación. Es fidelidad. Es coherencia. Porque no hay cruz ornamental cuando en ella se reconoce al Crucificado. Y no hay “otras cosas” si se la defiende precisamente por lo que es: símbolo de redención, signo de la victoria del Amor, y memoria de quienes la abrazaron hasta dar la vida.
Pero el sermón no se quedó ahí. Más adelante, el cardenal pidió que no seamos “voceros de la confrontación, del conflicto, la división”. Una llamada a la unidad, sí. Pero también una forma elegante de señalar. De advertir. De marcar un tono. Como si reclamar respeto fuera dividir. Como si recordar compromisos fuera confrontar. Como si la unidad se construyera a base de silencio… y olvido.
Ese lenguaje, lleno de paz semántica y reconciliación administrada, recuerda demasiado al discurso de quienes, fuera del púlpito, también hablan de cerrar heridas mientras abren tumbas. Es un discurso político. Pero no del pueblo fiel, sino del consenso socialdemócrata.
Y sin embargo, a pesar del sermón, el templo estaba lleno. El pueblo fiel acudió, escuchó y oró. Entre ellos, el eurodiputado Jorge Buxadé, que escribió: “Ayer participé de los oficios en la Catedral de la Almudena. El sermón del obispo fue una excusatio non petita y un críptico ataque al pueblo fiel que reclama la defensa de la Basílica del Valle de los Caídos y su Cruz. Al inicio del mismo criticó a quienes defienden Cruces ‘convertidas en estandartes de otras cosas’; lo cual es una forma cínica de invertir el argumento. La defensa de la Cruz del Valle, como de cualquiera otra que quiere ser destruida por la socialdemocracia bipartidista, es un valor en sí mismo. (…) El discurso buenista es propio del bipartidismo. Es un discurso político, partidista, y no es lo que espera, sin duda, el pueblo fiel que ayer acudió en masa, desafiando el mal tiempo.”
Llueve sobre mojado. Pero el pueblo no falla. Quizá algunos no lo entiendan. Quizá no todos estén dispuestos a mirar de frente ciertas cruces. Pero allí están. Alzadas. En pie. Innegociables.