La sinodalidad como vía para el avance de la agenda LGTB en la Iglesia

La sinodalidad como vía para el avance de la agenda LGTB en la Iglesia

El medio homosexualista Outreach, dirigido por el jesuita James Martin, ha publicado un artículo de la subsecretaria del Sínodo de los Obispos, Nathalie Becquart, en el que sigue promoviendo la ideología sinodal como una vía para abrir la Iglesia a la agenda LGTB.

En su texto, Becquart presenta la sinodalidad como un camino de «escucha mutua, diálogo y discernimiento» que, sin mencionar explícitamente el ministerio hacia personas LGTB, aboga por enfoques «más inclusivos». Cita la necesidad de atender a quienes se han sentido «excluidos o juzgados a causa de su estado civil, identidad o sexualidad», en línea con la narrativa habitual que busca equiparar todas las situaciones sin hacer distinciones doctrinales.

El énfasis del documento sinodal en la «conversión relacional, estructural y eclesial» se presenta como un llamado a transformar la manera en que la Iglesia aborda su misión evangelizadora. En términos concretos, esta «conversión» implica revisar qué prácticas «crean barreras o causan daño», un eufemismo recurrente en los círculos sinodalistas para justificar una reinterpretación de la moral sexual católica.

En un pasaje particularmente llamativo, el documento sinodal insiste en que «la unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino una mezcla orgánica de legítimas diversidades» (n.° 39). Este principio, que podría ser leído como una defensa de la pluralidad de enfoques pastorales, es utilizado en muchos sectores para justificar cambios doctrinales que contradicen la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la sexualidad.

La autora también insiste en el papel central del bautismo como la fuente última de identidad en la Iglesia, afirmando que «nadie debe ser excluido». Sin embargo, la omisión de la necesidad de conversión y fidelidad a la doctrina en materia de moral sexual es significativa. Se insiste en la «dignidad» y el «diálogo», pero sin mencionar la enseñanza tradicional sobre el pecado y la llamada a la santidad.

Becquart también subraya la necesidad de que las «personas LGBTQ» sean escuchadas en el discernimiento pastoral y que sus experiencias sean incluidas en el desarrollo de nuevas iniciativas ministeriales. «El desarrollo de enfoques pastorales debe incluir las voces y los puntos de vista de las propias personas LGBTQ, de sus familias y de quienes participan en el ministerio con ellas» (n.° 111). Todo ello bajo la idea de «unidad en la diversidad», lo que parece preparar el terreno para aceptar prácticas que van en contra del magisterio de la Iglesia en cuestiones de sexualidad.

Otro punto polémico del documento es la insistencia en que «en la comunidad cristiana, todos los bautizados se enriquecen con dones que pueden compartir, cada uno según su vocación y estilo o condición de vida» (n.° 57). Este lenguaje, ambiguo y abierto a interpretaciones, ha sido usado en múltiples foros para justificar la plena integración de parejas homosexuales y personas con estilos de vida contrarios a la enseñanza moral de la Iglesia.

El artículo concluye insistiendo en la «paciencia, humildad y confianza en el Espíritu Santo» como parte del proceso de cambio, reafirmando que la sinodalidad debe llevar a la Iglesia a «nuevas formas de acción pastoral y procesos concretos de atención».

Es evidente que el Sínodo de la Sinodalidad sigue operando como una plataforma para avanzar en la agenda pro-LGTB dentro de la Iglesia, diluyendo la doctrina en nombre de la «inclusión» y abriendo la puerta a cambios pastorales que podrían contradecir la enseñanza perenne del Evangelio.

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