“No te preocupes -dice el ignorante-, el ya está en el cielo” “Tranquilo, con todo lo que el sufrió en la tierra, no tiene nada que pagar en el cielo” “No puede ser posible que Dios castigue tan duro como mandar a alguien al Infierno” “¿Infierno? Mejor no hablemos de eso y no seamos negativos. Vamos a enfocarnos en lo bueno.”
Estas son un par de afirmaciones repetidas y reiteradas en una cantidad innumerable de entornos por todo tipo de personas hoy en día. Seguramente han escuchado estas paupérrimas declaraciones en diferentes momentos de su diario vivir, se han convertido en el statu quo del hombre moderno sobre lo que concierne al Infierno.
El concepto de sufrimiento, castigo, o justicia por el mal obrar, es intolerable para el hombre Revolucionario que solo vive para sí mismo, siendo cónsono a la premisa de que “esta vida es para gozarla con el fin de pasarla bien, sobre todo”. Tocar este tema de particular dentro de las Postrimerías, suscita en las personas varios pensamientos profundos que no están dispuestos a contemplar, ya que destruye su panorama de entera felicidad sin miedo alguno a la posibilidad de castigo. Para abordar el tema del Infierno, en particular, el Infierno para aquellos que conocieron la verdad en esta vida, específicamente los Católicos, viene nuestro amado San Juan María Vianney en su famoso sermón a enseñar detalladamente lo que espera al que obra mal en esta vida teniendo la verdadera fe.
Nos debe causar particular interés ver que un santo tomé tanto empeño y esfuerzo en clamar contra aquellos Católicos que, conociendo la verdad, la han traicionado por querer las migajas pasajeras del mundo, no es poca cosa las palabras que utiliza para demostrar la gravedad de este asunto. El terrible final de los que han desperdiciado las gracias provistas por Dios, en conjunto, con todas las ayudas que María Santísima da a sus hijos para que se salven, es algo que nuestro humilde santo sacerdote esgrima a la macabra perfección. No se guarda una sola palabra el valiente Santo Cura de Ars, por miedo a herir sentimientos, causar pánico, incomodar al incauto, o atemorizar al escrupuloso. En palabras de San Gregorio Magno: “Más vale causar escándalo que esconder la Verdad”.
A continuación hemos de leer los extractos más relevantes del sermón de San Juan María Vianney; siempre se recomienda leer el texto íntegro para poder entender mejor el tema:
“…hijos míos, en el infierno, donde habrá llanto y rechinar de dientes: mientras que a los idólatras y paganos, que nunca han tenido la felicidad de conocer a Jesucristo, se les abrirán los ojos del alma, abandonarán el camino de la perdición, vendrán para entrar en el seno de la Iglesia y ocuparán el sitio que estos malos cristianos perdieron por el desprecio de las gracias que recibieron. Pero no es todavía bastante, hijos míos, los cristianos condenados sufrirán en efecto de tormentos infinitamente más rigurosos que los infieles.”
“Si Dios es justo, como nosotros no podemos dudar, debe castigar a una alma al infierno en proporción de las gracias que recibió y despreció, del conocimientos que tenía para servir a Dios. Después de eso, pues es muy justo que un cristiano condenado sufra infinitamente más que un infiel en el infierno, porque las gracias, los medios para salvarse eran infinitamente más grandes. Para hacernos sentir, hijos míos, la necesidad de aprovechar las gracias que recibimos en nuestra santa religión, quisiera destacar que un cristiano condenado será más atormentado que un Infiel.”
“…hijos míos, que los cristianos que pecaron con más conocimiento, que se vieron obligados tantas veces a hacerse violencia para reprimir los remordimientos de su conciencia, que despreciaron las santas inspiraciones y todos los deseos buenos que Dios les daba, son tanto más culpables…”
“Sí, hijos míos, un cristiano condenado tendrá, durante toda la eternidad, ante los ojos, todos los buenos pensamientos, todos los buenos deseos, todas las buenas obras que hubiera podido hacer y que no hizo, todos los sacramentos que no recibió y que hubiera podido recibir, todas las oraciones perdidas, todas las misas que oyó mal y que hubiera podido oír muy bien como es debido, lo que le hubiera ayudado mucho a salvar su alma. Sí, hijos míos, este mal cristiano recordará todas las instrucciones que se perdió o que despreciaba, y por las que hubiera podido conocer tan bien sus deber. ¡Ah! digamos mejor, hijos míos, todos estos recuerdos serán como verdugos que lo devorarán.”
“¡que los tormentos que el buen Dios les prepara a los malos cristianos son horribles! Podremos oír sin estremecernos lo que nos dice san Agustín, que hay unos cristianos que, sólo, en el infierno, sufrirán más que naciones enteras de paganos, porque, dice, hay unos cristianos que recibieron más gracias que naciones enteras de 5 idólatras. No, mis niños, nosotros dice san Juan Crisóstomo, los pecados de los cristianos no son más pecados, pero sacrilegios y de los
más horribles, en comparación de los pecados de los idólatras. No, no, malos cristianos, les dice, no es más cuestión de pecados en su casa, sino los sacrilegios más horribles.”
“Durante toda la eternidad, veremos a estos cristianos condenados, los veremos devolver por la boca todas las gracias que recibieron y despreciaron durante toda su vida. ¡Por desgracia! hijos míos, veremos salir de estos corazones sacrílegos estos torrentes de la sangre divina que recibieron y horriblemente profanaron. Pero, todavía nos dice san Bernardo, lo que les dará todavía un nuevo grado de tormentos a estos cristianos condenados, es que, durante toda la eternidad, tendrán delante de los ojos todo lo que Jesucristo sufrió para salvarlos, y reflexionan que a pesar de eso se condenaron.”
“¡Ah! hijos míos, ¡qué pesares! ¡por desgracia! ¡qué desesperación para estos malos cristianos!”
“Un cristiano dirá al perder la eternidad: ¿Quién es el que me arrojó en el infierno? ¿ Es Dios? ¡ Ah! No, no. No es Jesucristo; al contrario, Él quería a toda costa salvarme. ¿Es el demonio? Ah no, no, bien podía no obedecerle, como tantos otros hicieron. ¿Son pues mis inclinaciones? ¡ Ah! no, no, no son mis inclinaciones; Jesucristo me había dado el imperio sobre ellas, podía amaestrarles con la gracia de Dios que nunca me había abandonado. ¿De donde puede provenir mi pérdida y mi desgracia? ¡Ay de mí! todo esto viene sólo de mí mismo, y no de Dios, ni del demonio, ni de mis inclinaciones. Sí, soy yo quien se atrajo todas estas desgracias; sí, soy yo quien se perdió y reprobó por propia voluntad; si hubiera querido, me habría salvado. ¡Pero estoy condenado! más recursos y esperanza; sí, es mi malicia, mi impiedad y mi libertinaje, que me lanzaron a estos torrentes de fuego de donde jamás saldré.”