Del altar a la pataleta: el alcalde socialista que exige comulgar ‘porque él lo vale’

Del altar a la pataleta: el alcalde socialista que exige comulgar ‘porque él lo vale’
Rubén García de Andrés, alcalde socialista de Torrecaballeros

Olé por el párroco de Torrecaballeros. En negrita, subrayado y con aplauso atronador. Porque ya era hora de que alguien, con sotana y principios, dijera: “¡Hasta aquí hemos llegado!” Ya basta de comulgar —y en este caso, nunca mejor dicho— con ruedas de molino fabricadas por los mismos de siempre.

Resulta que nuestro protagonista, socialista, gay, alcalde (y sí, en ese orden, como si fuera un ranking olímpico de progresismo), ha decidido que tiene un derecho divino a recibir la comunión. ¿Por qué? ¡Porque él lo vale! Aquí estamos, señores, viendo cómo se convierte el altar en un escenario para los antojos personales, al más puro estilo «Realities Sacros».

Pero no nos quedemos en la superficie: este buen hombre no está pidiendo comulgar tras haberse confesado, arrepentido o intentado vivir según la doctrina. ¡Qué va! Aquí estamos hablando de recibir el Cuerpo de Cristo justo después de una noche bien movida con su pareja. Porque, claro, las reglas están para los demás, pero él tiene un «pase VIP celestial».

Y cuando el párroco, con sentido común y fidelidad a la doctrina, le niega la comunión, ¡boom! Ya tenemos el bingo completo: homofobia, opresión, carcundia medieval. Porque en el universo paralelo de estos iluminados, sugerir que la continencia sexual —como la practicó Jesucristo, por cierto— es algo válido, resulta ser una herejía moderna. Vamos, que ahora todo es homofobia, hasta recomendar lo mismo a un heterosexual no casado. ¡La lógica no importa, lo importante es el show!

Y, claro, el alcalde, entre lagrimones y entrevistas, se queja de que el cura no le deja comulgar. Pero atención, porque este señor llegó a ser «celebrador de la Palabra» en su parroquia. ¿Celebrador de qué? Esa figura, diseñada para mantener la fe en comunidades sin sacerdotes, exige personas ejemplares y con formación sólida. Pues bien, a la vista está que nuestro Rubén no cumplía ni uno ni otro requisito, y los feligreses, hartos de tanto circo, lo mandaron de vuelta a casa.

Ah, pero si el párroco intentara, con caridad cristiana, ofrecerle un acompañamiento espiritual para ayudarle a alinear su vida con la fe, sería automáticamente acusado de promover terapias de conversión. Porque en este mundo al revés, controlar tus impulsos sexuales ya es un atentado contra la humanidad.

Y es que aquí está el verdadero problema: algunos, homosexuales, heterosexuales o lo que se tercie, creen que la Iglesia es un buffet libre donde uno puede coger lo que le gusta y tirar el resto. Pero no, amigos, la Iglesia tiene una doctrina clara. ¿No te gusta? Pues ya sabes: funda tu propia iglesia. Aquí te dejo el nombre: «Iglesia de lo que me sale de los cojones». Así, con todas las letras. Ponte tú mismo las reglas, haz misas con DJ, comuniones con cócteles y un decálogo a la carta que se ajuste a tus caprichos.

¿Y qué nos queda a los demás? Tragarnos todo este esperpento mientras nos toman por idiotas. Porque aquí no se trata de un derecho espiritual; se trata de convertir la fe en un campo de batalla ideológico. ¿Hasta cuándo, señores? ¿Hasta cuándo este asalto a la Tradición por parte de quienes ni creen en ella ni la respetan?

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