El Salario del Pecado Pagado por los Inocentes

El Salario del Pecado Pagado por los Inocentes
Agnus Dei by Francisco de Zurbarán, c. 1635–40 [The MET, New York]

Por David G. Bonagura, Jr.

Después de años de litigios por bancarrota, mi diócesis acaba de acordar un pago récord de $330 millones a las víctimas de abuso sexual por parte del clero. La Arquidiócesis de Los Ángeles hizo que incluso esa suma considerable pareciera pequeña con un acuerdo de $880 millones. En estos y muchos otros casos, todas las parroquias de la diócesis se verán obligadas a contribuir con la deuda. Lo que significa que los feligreses pagarán por los pecados de sus sacerdotes.

No pocos católicos están tan indignados como nuestro Señor lo estuvo cuando expulsó a los cambistas del templo. ¿Por qué los inocentes deben pagar con sus ingresos por los pecados de los culpables?

Este dilema reformula una antigua pregunta que clama con la sangre de Abel y continúa hasta el día de hoy: ¿Por qué permite un Dios bueno que los inocentes sufran?

El pecado destruye al inocente mucho más rápido que al pecador. El conductor ebrio mata a un peatón ordinario. El adúltero destroza el corazón de su esposa. El abusador sexual destruye a su víctima física y emocionalmente. Los efectos del pecado se extienden en ondas; impactan a la familia, a los amigos, a los feligreses, e incluso a personas muy alejadas del pecador.

No tenemos respuestas inmediatas para explicar por qué sucede esto. Es tentador rechazar a Dios, quien parece caprichoso e injusto al ver a los inocentes destruidos por los culpables.

Pero hay una razón convincente para no apartarnos de Dios. Tal vez no nos dé respuestas claras, pero no es un hipócrita. Él entró personalmente en nuestra vida humana desordenada y sufrió injustamente: nuestros pecados lo pusieron en la Cruz. “Al que no conoció pecado, por nosotros [Dios] lo hizo pecado, para que en Él fuéramos hechos justicia de Dios.” (2 Corintios 5:21)

Aunque no entendemos completamente lo que esto significa, al sufrir sin necesidad – al sufrir por nosotros – Dios nos toca profundamente. Con esa seguridad, podemos crecer en confianza hacia Él, creyendo que, de alguna manera, Su plan puede funcionar porque Él también ha sufrido los pecados de los culpables.

La teología nos enseña que Dios tolera el mal porque puede sacar un bien mayor de él. ¿Qué bien puede surgir cuando el pecado golpea al inocente? Un bien podría ser que los inocentes clamen a Dios por salvación. Sí, Cristo salva a los pecadores. Pero también salva a los quebrantados de corazón, a los explotados, a los enfermos, y a los inocentes que deben pagar por los pecados de otros de muchas maneras. En su desesperación, los inocentes se vuelven hacia el único que puede ayudarlos. Anhelan la Bendición mientras soportan la maldición.

Estas injusticias crean una inesperada Via Dolorosa que conduce a la resurrección. “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.” (Mateo 5:10)

Si hemos de ser cristianos dignos de ese nombre, debemos sufrir como Él lo hizo. “Porque a vosotros os es concedido, a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que sufráis por él, teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí y ahora oís que es mío.” (Filipenses 1:29-30) Esto incluye sufrir por los pecados de otros y sus consecuencias – incluso abrir nuestras carteras para pagar por el odioso pecado del abuso sexual.

Sin embargo, persiste una punzada de insatisfacción cuando se trata de expiar pecados que no cometimos. “¡Yo no hice nada! ¡Esto no es justo!” Pagar por los pecados de otros va en contra de nuestro sentido innato de justicia. La ira y el orgullo crecen, cegándonos al llamado de Cristo a sufrir en unión con Él. En lugar de meditar en el amor y la ley de Dios, el resentimiento nos consume.

A través de nuestra confusión emocional e intelectual, persiste el llamado a seguir al Señor hacia el Calvario. Allí le escuchamos enseñar a través de su agonía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)

El perdón es el único camino para salir del resentimiento natural que sentimos al ver a los inocentes sufrir y al pagar por los pecados de otros. Perdonar no es olvidar el dolor. Es dejar ir el resentimiento. Es desear el bien de aquellos que nos han hecho mal. Es orar por su arrepentimiento y salvación.

Perdonar estaría más allá de nuestra capacidad humana sin la gracia de Dios, que nos dota del poder para imitar a Jesús en lugar de ceder a nuestras pasiones. Dios nos pide que perdonemos a nuestro hermano setenta veces siete, y que recemos diariamente para que nos “perdone nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.”

En este doloroso momento de pagar la deuda del pecado, los católicos también debemos perdonar a la Iglesia. Dejamos ir nuestra ira por los males cometidos. Oramos por el arrepentimiento de los culpables. Damos nuestro dinero para facilitar la sanación y la reconciliación.

Tal vez este ajuste financiero pueda ser un punto de inflexión para la Iglesia en Estados Unidos. Los laicos fieles pueden decidir avanzar, no con los puños apretados, sino con las carteras abiertas para ayudar a la Iglesia a compensar a las víctimas y luego seguir adelante para vivir el Evangelio con celo.

Los inocentes sufren por los pecados de los culpables. Pero la redención llega a través de los inocentes, cuando se abren a Dios y, en lugar de devolver el mal a los culpables, ofrecen sus sufrimientos por ellos. La Iglesia en Estados Unidos, que ha estado perdiendo miembros y vocaciones durante años, necesita este momento de redención. No es el momento para que los fieles se alejen. Es el momento para avanzar y liderar la renovación espiritual.

Acerca del autor

David G. Bonagura Jr. es profesor adjunto en el Seminario de San José y es el Cardinal Newman Society Fellow 2023-2024 en Educación Eucarística. Es autor de Steadfast in Faith: Catholicism and the Challenges of Secularism y Staying with the Catholic Church, además de ser el traductor de Las lágrimas de Jerónimo: Cartas a amigos en duelo.

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