Gaston Georgel fue un historiador y escritor francés nacido en 1899 y fallecido en 1988. En los años 30 y 40 del siglo pasado escribió cinco libros sobre un mismo tema: las grandes fases de tiempo que se repiten en la historia según un ritmo aparentemente ordenado.
Georgel escribe muy influenciado por las ideas de René Guénon y sus estudios sobre las filosofías orientales, básicamente el hinduísmo. No obstante, sus exposiciones principales se centran en la historia de la cultura judeo-cristiana y, muy particularmente, en la historia de su propio país, al que adjudica un papel determinante en el conjunto de la historia del Occidente cristiano.
En su investigación sobre la historia francesa, Georgel descubrió las coincidencias de ciertos hechos históricos que se producían a intervalos regulares a lo largo de los distintos reinados, lo que le llevó a la conclusión de que la historia no se repite, pero presenta “ritmos” a determinados intervalos: los “ritmos” de la historia.
Movido por este descubrimiento, dedicó su investigación a encontrar correspondencias entre diferentes hechos históricos que pudieran definir tales ciclos o ritmos, y así propuso la existencia de una larga serie de ciclos en base a ciertos periodos determinados.
Podríamos resumir la idea básica subyacente diciendo que los acontecimientos históricos se comportan como los ciclos vitales en la naturaleza, siguiendo un proceso de crecimiento, madurez, decrecimiento y muerte, que podría representarse en una típica campana de Gaus, con la curva ascendente representando la fase de crecimiento, el aplanamiento de la curva como la madurez y la inflexión que marca el inicio de la curva descendente como el momento culminante en el que comienza el decrecimiento, que termina con la muerte del ciclo. La originalidad del planteamiento de Georgel reside en dos factores: por una parte, Georgel sostiene que entre los acontecimientos de la curva ascendente y los correspondientes a la misma altura de la descendente, existe una relación de analogía simétrica, es decir, que si trazamos líneas horizontales que corten las dos mitades de la curva, podemos observar analogías concretas entre los acontecimientos representados por ambos puntos de corte, lo que indica que el ciclo está “guiado” por una determinada ley de correspondencia simétrica. Y, por otra parte, que la duración de esos ciclos no es aleatoria, sino que responde a determinados “ritmos” o periodos de tiempo concretos que se repiten siempre para situaciones históricas análogas.
Georgel expuso en sus libros multitud de casos concretos representativos de esos ciclos y ritmos de la historia, pero lo que considero de mayor interés es aquello que nos afecta más directamente, lo que Georgel denomina el “Ciclo Crístico”, que representa nuestra propia historia. Esta exposición es particularmente interesante en este momento al poder relacionarse con las profecías relativas al Fin de los Tiempos o Tiempo del Juicio de las Naciones. Por ello voy a exponer lo que el autor denomina “las 14 fases simétricas del Ciclo Crístico de 2000 años (30 a 2030)”.
Lo primero que observamos, por tanto, es que Georgel asigna al ciclo una duración perfectamente determinada (2000 años), un momento de inicio (el año 30) y un momento de finalización (el año 2030), y ello en base, según el autor, a la profecía evangélica relativa al Fin de los Tiempos (Mt 24, Lc 21). Afirma Georgel que esa profecía tiene una primera realización al cabo de 40 años, con la destrucción de Jerusalén y del Templo en el año 70. Representando el número 40 la perfección de la penitencia (40 días de Jesús en el desierto, 40 años de peregrinación de Israel por el desierto), la realización final de la profecía, que será un nuevo Pentecostés, deberá tener lugar 50 x 40 = 2000 años después de la Ascensión, siendo 50 el número de Pentecostés (50 días tras la Pascua).
Cabe recordar que esa duración de 2000 años había sido también propuesta por diversos Padres de la Iglesia: san Justino, san Ireneo, san Anastasio, san Hilario, san Jerónimo y san Agustín.
No es intención de este artículo juzgar sobre la validez de lo propuesto por Georgel, sino simplemente mostrar la totalidad de esas fases tal como el autor las propone y dejar al lector el juicio que considere oportuno. Lo que sí debo recordar es que Georgel está escribiendo en los años 30 y 40 del siglo pasado, ignorante, por consiguiente, en ese momento, de todos los acontecimientos sucedidos desde entonces, si bien, a principios de los 80, realiza en las últimas ediciones de sus libros algunas actualizaciones que no alteran lo sustancial, y en función de lo que ahora conocemos sobre la evolución de la Iglesia y del Occidente cristiano, la fecha 2030 adquiere una peculiar significación, puesta incluso en evidencia por los poderes que pretenden la creación de un gobierno mundial único y de una “religión” también única, suprimiendo toda característica diferencial religiosa, cultural o nacional mediante el proyecto conocido como “Agenda 2030”.
Veamos a continuación las fases de ese ciclo según Georgel y los acontecimientos más destacados en cada una de ellas (desde la perspectiva particularmente de la historia francesa); obsérvese que cada milenio se divide en 7 fases de una duración de 143 años, de modo que el ciclo en su conjunto aparece como un doble septenario, análogo a los siete años de abundancia y los siete de escasez del sueño del faraón descifrado por José.
Primer milenio (30 – 1030): ascensión de la Iglesia
Años 30 a 173: nacimiento de la Iglesia (Pentecostés), destrucción de Jerusalén (70), persecución de Domiciano (81 – 96) y expansión del cristianismo (Asia Menor, Roma, Galia e Hispania)
Años 173 a 316: persecución bajo Marco Aurelio (177), expansión de la Iglesia bajo Alejandro Severo (222 – 235), era de los mártires (304 – 311), fin de las persecuciones (313)
Años 316 a 459: concilios de Nicea (325) y Milán (355), organización de la Iglesia, fin del paganismo (394), fracaso de Juliano el Apóstata (363), grandes invasiones (404 – 406), los obispos como únicos rectores de las ciudades
Años 459 a 602: conversión de Clodoveo (498), fin del arrianismo en la Galia (507), apogeo del Imperio teocrático de Oriente con Justiniano (527 – 565), Santa Radegunda y Santa Batilde reinas de los francos, nacimiento de Mahoma (570)
Años 602 a 745: inicio del Islam (622), expansión del Islam en Oriente, siglo de Oro de la Iglesia en la Galia, fundación de monasterios (siglo 7º), batalla de Poitiers (732): Carlos Martel rechaza a los árabes hacia España
Años 745 a 888: Pepino funda los Estados Pontificios (754), campañas de Carlomagno en España, Sajonia e Italia, Carlomagno funda el Imperio de Occidente en Roma (800)
Años 888 a 1030: conversión de los normandos (910), Otón I funda el Santo Imperio (936 – 937), conversión de Rusia (954), conversión de Polonia (966), reino de San Enrique II (1002 – 1024), reino de Roberto el Piadoso (1031)
Segundo milenio (1030 – 2030): declive de la Iglesia
Años 1030 a 1172: apogeo del feudalismo, Cisma de Oriente (1054), luchas entre la Iglesia y el Imperio (crisis de las investiduras), Canosa (1077), las Cruzadas, toma de Jerusalén (1099)
Años 1172 – 1315: muerte de Federico II, último de los grandes emperadores del Santo Imperio (1250), Gran Interregno, última Cruzada (Túnez 1270), atentado de Anagni (1303)
Años 1315 – 1458: transferencia del Papado a Aviñón: Gran Cisma de Occidente y laicización del Santo Imperio; suplicio de Juana de Arco (1431); los turcos toman Constantinopla (1453)
Años 1458 – 1601: Renacimiento y Reforma; la Reforma se extiende a Inglaterra, Alemania y los países escandinavos; guerras de religión en Francia; conversión de Enrique IV (1598)
Años 1601 – 1744: guerra de los Treinta Años y declive de las potencias católicas; fracaso de la conversión de China, aparición de las herejías (jansenismo y quietismo), periodo clásico
Años 1744 – 1887: inicio de las persecuciones (Jesuitas en 1760); la Revolución y el Terror (1793 – 1798); el Concordato (1801): los obispos son nombrados y pagados por el Estado; extensión del liberalismo y fin de los Estados Pontificios (1870)
Años 1887 – 2030: laicización del Estado y extensión del materialismo ateo (siglo XX); “Religio depopulata”: revolución bolchevique en 1917; renacimiento de Israel (1948); fin del Ciclo Crístico hacia 2030
Para observar la correspondencia simétrica entre las fases ascendente y descendente conviene poner las dos columnas en paralelo y comparar cada fase con su homóloga en la otra mitad del ciclo, teniendo en cuenta que, para construir correctamente la campana de Gaus, las fases ascendentes deben invertirse: la primera estará abajo, en el punto inicial de la curva, y la última arriba, en el punto más alto, seguida inmediatamente en ese punto por la primera descendente, de modo que la comparación se hará entre la primera ascendente y la última descendente, y entre la última ascendente y la primera descendente, y así en los demás casos.
De esta forma observamos la expansión del cristianismo, en el lado ascendente, frente a la descristianización por la extensión del materialismo ateo en el descendente; el fin de las persecuciones en el siglo IV frente a las nuevas persecuciones por la Revolución y la extensión del liberalismo; el periodo de organización de la Iglesia como única garante de la civilización, frente al declive de las potencias católicas y las nuevas herejías; los primeros grandes reinos cristianos frente a la Reforma y las guerras de religión; el Siglo de Oro de la Iglesia frente al Gran Cisma de Occidente y la laicización del Santo Imperio; la fundación del Imperio de Occidente frente a su fin de hecho con la muerte de Federico II; el tiempo de las grandes conversiones de los pueblos germánicos y eslavos frente al poder terrenal (el Imperio) enfrentado a una Iglesia en cisma.
En el año 70 Jerusalén es destruida y el pueblo judío dispersado. En el periodo simétrico asistimos al renacimiento de Israel en 1948. Durante las dos primeras fases del ciclo ascendente, el cristianismo se expande por el Imperio a pesar de las persecuciones; en las dos fases simétricas descendentes, la Iglesia no cesa de perder terreno y es debilitada por las persecuciones revolucionarias. A la coversión de Clodoveo en 498 corresponde simétricamente la de Enrique IV en 1598. Al fundador del Santo Imperio en 880, Carlomagno, corresponde simétricamente Federico II, último de los grandes soberanos del Imperio.
Por otra parte, es importante señalar que, dentro de este ciclo de 2000 años, se inserta otro ciclo, el Milenio anunciado por san Juan en el Apocalipsis (el encadenamiento de Satán durante 1000 años), que Georgel identifica con el periodo comprendido entre 310 y 1310, periodo durante el cual “la Iglesia podrá velar sin demasiadas dificultades por la salvación de las almas”. En 310, efectivamente, Constantino promulga el Edicto de Milán, poniendo fin a la era de las persecuciones y abriendo el camino a la posterior declaración del cristianismo como religión del Imperio. Mil años más tarde, en 1310, el rey francés Felipe IV hace quemar vivos a 54 caballeros templarios, como colofón de su revuelta contra la autoridad del Papa: atentado de Anagni contra Bonifacio VIII, traslado del papado a Avignon, muerte (¿asesinato?) del emperador Enrique de Luxemburgo y laicización del Imperio, marcando, con el nominalismo, precedente de antropocentrismo humanista, de la revolución protestante y de todas las filosofías e ideologías modernas, el inicio del declive del pensamiento cristiano y la progresiva descristianización de Occidente.
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No sé si Georgel ha podido dar con una clave para la interpretación de la historia, pero sí puedo decir que su exposición da pie a muchas reflexiones, y las reflexiones nunca están de más, especialmente en un tiempo como el nuestro, que parece estar viviendo un “espíritu de fin de ciclo”, que corresponderá o no al anunciado por Georgel y por esos Padres de la Iglesia, pero que resulta palpable hoy en todos los aspectos de nuestra vida y del devenir del mundo, que parece dirigirse a un momento en que pueden producirse eventos insospechados, nunca vividos anteriormente, análogos a los que han sacudido todos los grandes cambios en la historia de la humanidad, y ante los que conviene estar preparados, sobre todo espiritualmente.
Michael D. O’Brien nos advierte en El Apocalipsis que “la psicología humana es tal que tendemos a percibir nuestro tiempo como normal. Sin embargo, en algún momento de la historia una generación atravesará la etapa final del Apocalipsis, aunque para ellos seguirá siendo un mundo normal. Para la mayoría será difícil comprenderlo como la crisis absoluta.” Ignoro si estamos en esa etapa final del Apocalipsis, pero la advertencia de O’Brien es útil en cualquier caso, pues nos hace considerar la ceguera causada por la cotidianeidad, que nos impide reconocer los signos de los tiempos. Sólo los que tenemos la edad suficiente para haber vivido situaciones históricas muy distintas, estamos en condiciones de apreciar los cambios radicales que se suceden en el devenir humano e intuir el sentido de la historia y hacia dónde nos está dirigiendo. Los que han nacido ya en este mundo de la postverdad carecen de elementos de comparación para comprender lo terriblemente extraordinario de lo que, para ellos, es la normalidad, puesto que es lo único que conocen.
Todo ello nos conduce a una conclusión: es vital intentar comprender el sentido de nuestro momento en la historia, y por ello es necesario elevarse por encima de esa cotidianeidad engañosa para poder intuir el sentido y la finalidad del momento histórico que nos ha tocado vivir, del papel que nos corresponde jugar en él y del peligro que comporta el no ser capaces de reconocerlo. No hagamos como los contemporáneos de Noé, que “comían, bebían, se casaban y daban en casamiento, y no entendieron hasta que…” (Mateo 24).
Pedro Abelló