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Hoy les ofrecemos este extracto del libro Filosofía de bar para un mundo posmoderno de Rafael Pou LC. El hombre contemporáneo tiende a pensar que su mundo, al contrario que los mundos pretéritos, está libre de dogmas o, por decirlo de otro modo, que su único dogma es la ausencia de dogmas. Pero no es así: nuestra época se asienta, como todas las que la han precedido, sobre una serie de premisas que Rafael Pou identifica vigorosamente.
En el presente ensayo, dividido en dos mitades (“Saliendo de la caverna” y “La búsqueda del Grial”), analiza y pone en tela del juicio los pilares del sistema, esos principios aceptados por la mayoría sin examen o cuestionamiento previo; esos principios, en fin, que asumimos muchas veces sin siquiera darnos cuenta: la multiplicidad de verdades, la omnipotencia del método científico, la tolerancia, etc.
La pregunta por la felicidad
Decía Camus que no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Según él, la pregunta fundamental de la filosofía es: la vida, ¿vale o no vale la pena? ¿Merece ser vivida? Allí nos lo jugamos todo. Lo demás: si el mundo tiene tres dimensiones, cuál es el sexo de los ángeles o con quién jugará el Barça en una Cataluña independiente son cuestiones importantes, sin duda, pero secundarias. Nos importa una mierda ─con perdón─ si el átomo se compone de quarks o no, y tampoco nos quita el sueño saber si los planetas del sistema solar son ocho, nueve o veinticinco. Pero saber esto, saber si la vida merece ser vivida o no, saber si hay una respuesta a mi pregunta por la felicidad… en esto me lo juego TODO. A eso se refiere la afirmación de Camus. Y otro filósofo, Unamuno, decía que dejar de lado estas preguntas y dedicarse a investigar otras cosas era como ponerse a contarle los pelos de la cola a la esfinge, en vez de mirarle a los ojos.
No nos solemos hacer esta pregunta tan crudamente como Camus… y es normal y bueno que sea así. Creemos espontáneamente que la vida merece la pena, que es genial estar vivos. No necesitamos hacer muchos cálculos para responder a eso.
Pero, al mismo tiempo, muchas veces intuimos lo que decía Pascal:
«No vivimos nunca, sino que esperamos vivir».
Es decir, la vida no es solo algo raro que tienen los animales, y que estudia la biología. Esa es parte de la verdad, estamos vivos y nos movemos. Pero cuando hablamos de vida también nos referimos a otra cosa, a eso que indicamos cuando decimos «¡Esto es vida!». Podríamos preguntarnos entonces: ¿es que «lo demás» no es vida? «Sí y no», habría que decir. Sentimos como que hemos sido hechos para las auroras boreales y para los amaneceres en la playa, y no para los lunes por la mañana de tráfico en la autopista. Tenemos como una intuición extraña de que algunas cosas pertenecen con pleno derecho a la vida, mientras que otras no. Otras (como el dolor, el rechazo, la enfermedad, el aburrimiento, los ritmos de trabajo desquiciados y esclavizantes) las sentimos como una especie de intrusión de la muerte de nuestro universo, como algo que no debería estar allí. Nos conformamos, hacemos de tripas corazón, y las soportamos… pero de vez en cuando, esa presencia de mal y de dolor es tan invasiva, que nos hacemos seriamente la pregunta de Camus: ¿para qué todo esto? ¿Merece la pena?
Sea como fuere, esa vida en plenitud que ansiamos, y que rara vez conseguimos, es la felicidad. Felicidad que no es un «estar bien», ni un divertirse a ratos, ni mucho menos un ir tirando. Felicidad que no consiste en una búsqueda sin fin de alegrías momentáneas, que vienen y se van sin dejar huella.
¿Qué es entonces, la felicidad? Ortega y Gasset decía que la ignorancia le duele al hombre «como podía dolerle un miembro que nunca hubiese tenido». Algo parecido, y con mayor razón, podríamos decir de la felicidad. El hombre la conoce primero como una ausencia, como un hueco en el corazón que debiera estar lleno y no lo está. Y en algunos momentos, puede llegar a percibir esa ausencia con mucha fuerza… de nuevo parafraseando a Ortega:
«Cuando en un mosaico falta una pieza lo reconocemos por el hueco que deja; lo que de ella vemos es su ausencia; su modo de estar presente es faltar, por tanto, estar ausente. De modo análogo, el ser fundamental (en nuestro caso: la felicidad) es el eterno y esencial ausente, es el que falta siempre (…) y de él vemos solo la herida que su ausencia ha dejado, como vemos en el manco el brazo deficiente».
Pero también los momentos de luz y de alegría nos hablan de la felicidad: son como trailers de esa película, como momentos de «¡ajá! Así debería ser, esto es…». Pero no son un punto de llegada; son, más bien, aguijones que incrementan nuestra nostalgia de felicidad y nos impulsan a buscarla.
Esa es una de las ideas, por ejemplo, que maneja el vídeo Existencial bummer, del videobloggero Jason Silva:
«… quizás es por eso que, cuando estamos enamorados, estamos también un poco tristes. Hay una tristeza en el éxtasis. Las cosas hermosas pueden ponernos a veces tristes, y es porque apuntan a lo excepcional, a una visión de algo más, de una puerta oculta, de una madriguera de conejo por la que caer… pero solo por un tiempo limitado. Y creo que, últimamente, esa es la tragedia. Es por eso que el amor no llena, a la vez de melancolía. Es por eso que a veces siento nostalgia por algo que no he perdido todavía, porque veo su transitoriedad».
El hombre puede experimentar a menudo que, haya lo que haya logrado, no es bastante aún… que no es todavía what I’m looking for, como dice la canción de U2:
«He escalado las más altas montañas/ he corrido por los campos/ he corrido, me he arrastrado/ he escalado los muros de esa ciudad/ he besado labios de miel/ pero todavía no he encontrado lo que estoy buscando».
«Que alguien me explique cómo se apaga esta sed», dice, en la misma línea, la letra de una canción de Enrique Urquijo.
«Todas las noches sueño que todo va bien (…)/ Cuando despierto veo la misma pared/ No sé qué hacer (…)/ Lo probé todo para sentirme bien (…)/ que alguien me explique como se apaga esta sed/ lo que tengo que hacer».
Y la letra no es ficción; el cantante pasó la mitad de su existencia sumido en un cículo viciosos que le llevaba de la depresión a las drogas, y murió de sobredosis, a los 39 años, solo y tirado en un portal de una calle madrileña. Y como él, muchas otras personas que aparentemente lo tenían todo fracasaron estrepitosamente en este campo.
Podríamos hablar del conocido cantante Kurt Cobain, con su carta de despedida diciendo que «lo tengo todo», pero que es solo «una criatura voluble y lunática», un rockero «siniestro, Miserable y autodestructivo», en una despedida que podríamos resumir con esa canción suya de I hate myself and I want to die (me odio y deseo morir).
No vamos a multiplicar los ejemplos, para no convertir este libro en un desfile siniestro de relatos de terror… pero si quieres, busca en Internet: te sorprenderás de la cantidad de cantantes, actrices, millonarios, modelos, ricos y famosos que se han suicidado o han intentado hacerlo a lo largo de su vida.
(Naturalmente, el suicidio es un asunto muy delicado, las más de las veces es causado por problemas psicológicos, la persona que lo comete no es realmente libre, y tanto ella como su familia merecen toda nuestra comprensión, respeto y cariño. Pero, sea como fuere, estudiando el tema en frío, la cosa nos sugiere, que la vida no es fácil para nadie…).
Buscar la felicidad, por tanto, no es una asignatura opcional entre muchas otras, no es un producto más dentro de un mercado gigantesco de ofertas de toda clase; es el centro de nuestra vida. Que todos los hombres buscamos felicidad es, quizás, una de las pocas verdades en la que todos estaríamos de acuerdo, sin discusión
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Este fragmento, ha sido extraído del libro Filosofía de bar para un mundo posmoderno (2019) de Rafael Pou LC, publicado por Bibliotheca Homo Legens.
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