¿De qué murió Isabel?

¿De qué murió Isabel?

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Hoy les ofrecemos este extracto del libro Isabel la Católica: por qué es santa de José María Zavala. En pleno proceso de beatificación de Isabel la Católica, el reconocido periodista José María Zavala tuvo el privilegio de acceder a documentos inéditos que le hicieron descubrir cuán poco era sabido de la personalidad de nuestra reina más célebre. Emotiva y apasionante, esta singular obra nos cuenta la verdadera historia de Isabel, mujer y soberana declarada Sierva de Dios por la Santa Sede, quien ha emprendido ya el camino hacia los altares.

Una mujer que amó con locura a su marido, a sus hijos y a su Reino y que experimentó una personalísima vivencia de la fe a pesar de las duras circunstancias de su vida. Una soberana que se vio obligada a tomar controvertidas decisiones por el bien de Castilla, no siempre bien comprendidas.

En enero de 2023, el arzobispo de Valladolid, monseñor Luis Argüello, propuso reactivar la causa de beatificación de la reina. En línea con su testimonio de fe y su devoción, la Reina Católica fue la más firme impulsora de la evangelización de las Américas y, en palabras del arzobispo, la «primera y principal defensora de los indígenas». Inteligente, comprometida con su causa y adelantada a su tiempo, fue amada y odiada a partes iguales por su servicio a la Corona y a la Fe.

¿De qué murió Isabel?

Mientras el pueblo rogaba a Dios sin desfallecer por la salud de su Reina, la propia Isabel, viendo muy próximo su final, ordenó que no se rezase ya más por la curación de su cuerpo, sino por la de su alma.

Aun así, las gentes no se hacían a la idea de su muerte inminente.

Al consejero real Polanco le escribía así Pedro Mártir de Anglería: «Ayer, mientras entristecidos estábamos sentados en la cámara regia, me preguntaste cuál era mi opinión sobre la Reina, que estaba en trance de muerte. Tiemblo al pensar que con ella nos abandonen la religión y la virtud. Es deseable partir, llamados de la tierra, hacia donde ella se encamina. Sobrepasando toda grandeza humana, vivió de tal modo que no es posible muera; con la muerte terminará su mortalidad, pero no morirá. Hemos de llorarla, pero también hemos de tenerle envidia, ya que disfrutará de una doble vida, pues dejará al mundo adornado de forma imperecedera, y ella a su vez, en la presencia de Dios vivirá una vida inacabable en los cielos».

Isabel expiró el 26 de noviembre de 1504, minutos antes de las doce del mediodía, a la edad de 54 años.

Como consigna el doctor Toledo, «murió la Católica e santa Reyna Doña Ysabel en Medina del Campo».

El también doctor Lorenzo Galíndez de Carvajal constata la misma fecha, añadiendo que «entre once y doce del día llevó Dios a la Reina Católica».

La difunta dispuso en vida una cohorte de médicos a su servicio: Bustamante, Álvarez de la Parra, De Soto, Juan de Guadalupe Álvarez, y Gutiérrez de Toledo, quienes la asistieron en su postrera dolencia.

Ignoramos el parte facultativo, así como el acta de defunción de la soberana; aunque se ha apuntado que falleció de un cáncer de matriz de tanto montar a caballo, como doña Juana Enríquez, madre de Fernando el Católico.

El clérigo Pedro el Monje, veterano cronista del siglo XVII, narra así el final de Isabel en su Galería de las mujeres fuertes: «Le vino de una úlcera secreta que el trabajo y la agitación del caballo le habían causado en la guerra de Granada. Su valor le causó el mal, su pudor lo mantuvo y, no habiendo querido exponerlo jamás a las manos ni a las miradas de los médicos, murió al fin por su virtud y su victoria».

Pero más crédito merece al postulador y a nosotros mismo el testimonio de Pedro Mártir de Anglería, presente a la cabecera del lecho mortal, para quien «la continua sed y los demás síntomas de la enfermedad eran de terminar en hidropesía», que es una manifestación cardíaca, en opinión del doctor Villalobos.

Luis Comenge, médico erudito, comenta por su parte: «Las noticias de los disturbios matrimoniales de doña Juana y don Felipe acongojó a los Reyes Católicos ─los más gloriosos que tuvo España─, quienes enfermaron de tercianas don Fernando y de hidropesía doña Isabel. Podemos sospechar que esta hidropesía fue motivada por una lesión cardíaca; y si, como no es desatinado presupuesto, así fuera, la Soberana ejemplar que se distinguió por lo magnánimo de su corazón, por dicha entraña vínole su total ruina».

Finalmente, el doctor Junceda nos dice que falleció «habiendo padecido síntomas febriles permanentes que habrían de terminar en una hidropesía y en una posible endocarditis; su cuerpo estaba también ulcerado y manifestó hasta el final una marcada sed, lo que sugiere una diabetes».

Amortajada con el hábito franciscano, como decíamos, se organizó la fúnebre comitiva para trasladar sus restos mortales desde Medina del Campo hasta Granada. En este viaje póstumo de la Reina la acompañó mucha gente, pese a las inclemencias del tiempo y a las lluvias torrenciales que cayeron durante todo el trayecto haciendo los caminos intransitables.

Parece como si la Madre Naturaleza hubiese querido asociarse con sus lluvias al llanto generalizado de todo un pueblo por la muerte de su Reina.

El propio Alonso de Santa Cruz dejó escrito para la posteridad, en su Chronica de los Reyes Católicos: «Después de muerta la Reina Doña Isabel fue tanto el lloro y tristeça que dexó en la Corte y en todas las ciudades de España, que en ninguna manera lo podré encarecer. Y con mucha razón, pues avían perdido una Reina que la natura no crió otra semejante para gobernación de sus reinos».

Una curiosa anécdota tuvo lugar en este viaje póstumo de Isabel, relatada por el canónigo toledano Alvar Gómez de Castro, según el cual una pastorcita que custodiaba su rebaño de ovejas salió al encuentro de los que portaban el féretro para preguntarles quién había muerto; al confirmarle que se trataba de la Reina, la joven exclamó: «¡Oh gran triunfo el que han conseguido los vicios, porque hoy se ven libres de las severas ataduras con que estaban encadenados».

Partió el regio cadáver de Medina del Campo, el 27 de noviembre, y no llegó a Granada hasta el 18 de diciembre, donde aguardaban el conde de Tendilla y fray Hernando de Talavera para hacerse cargo del mismo.

Así fue como se apagó esta luz de la Reina Católica, encendida por Dios sobre el candelero de España.

Y veinte años antes de apagarse, Isabel había pensado ya en los demás: a su gran intuición, en palabras del doctor Junceda, se debe el primer hospital de campaña creado en 1484, durante el cerco de Loja, denominado con toda justicia Hospital de la Reina.

Jamás ejército alguno disfrutó hasta entonces de la asistencia de físicos y cirujanos, así como de ropa, medicinas y todo lo necesario para hacer frente a los estragos de la guerra. Por obra y gracia de Isabel.

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Este fragmento ha sido extraído del libro Isabel la Católica: Por qué es santa (2019) de José María Zabala, publicado por Bibliotheca Homo Legens.

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