(Peter J. Leithart, presidente del Theopolis Institute, en First Things)-En 1905, el teólogo escocés P. T. Forsyth, en calidad de presidente de la Unión Congregacional, pronunció una conferencia titulada «Una Iglesia santa, guía moral de la sociedad». Forsyth dijo que la «gran cuestión pública del día» es: «¿Cómo pensar el amor cristiano?».
Forsyth sabía que lo que él llamaba «la tribu del Daily Mail» encontraría su pregunta grotesca e irrelevante. Para esa tribu, el amor cristiano es totalmente «ineficaz para el hombre de negocios y el hombre histórico». Forsyth estaba de acuerdo con ellos, no porque el amor cristiano fuera en sí mismo débil o blando, sino porque la teología liberal había reducido el amor a piedad, afecto y filantropía. Forsyth despreciaba esta reducción. Si el amor es mera compasión, dijo, es un «factor débil» en la historia del mundo. Si es mera amistad o afecto, «no hay nada en su encanto que justifique nuestra fe en el triunfo final [del amor]». Si no es más que filantropía, no proporciona ninguna base para la acción política a gran escala. El amor reducido del cristianismo liberal ni siquiera es adecuado como principio teológico o religioso. «La compasión», argumentaba Forsyth, «no es adecuada para redimir».
En el siglo, o más, transcurrido desde la conferencia de Forsyth, el panorama ha cambiado considerablemente. El amor liberal es ahora la religión establecida, la filosofía pública y la ética en Estados Unidos y en otros lugares: el amor como tolerancia impuesta, el amor como no juzgar, el amor como aceptación y aprobación sin reservas, el amor impuesto por policías con uniformes arcoíris. Algunos han respondido con el desprecio nietzscheano del cristianismo como religión impotente de perdedores, combinado con la celebración nietzscheana de una ética del poder. Incluso algunos cristianos parecen sugerir que, dada nuestra emergencia cultural, necesitamos replantear el rechazo de Agustín a la libido dominandi y revisar el mandato de Jesús de «amar a tus enemigos».
Aunque pocos se lo plantean, la cuestión crucial a la que se enfrentan hoy la Iglesia y nuestra cultura, la gran cuestión pública de nuestro tiempo, es la misma que identificó Forsyth. Aún necesitamos preguntarnos qué es el amor. La respuesta de Forsyth es también la respuesta con la que debemos contar: para ser amor genuino, el amor debe ser amor santo.
Como nos dice Juan, Dios es amor. Todo lo que Dios hace es una expresión de amor, el amor perfecto de las Tres Personas entre sí y el amor inquebrantable del Creador por la creación. Todas las acciones de Dios son acciones de Dios todo. Las tres Personas actúan en completa armonía, pues las obras de Dios fuera de sí mismo son indivisas. Todas las acciones de Dios son acciones de todo su ser. Todos sus actos son amorosos, justos, santos, sabios, veraces, fieles.
Incluso los actos más destructivos de Dios son actos de amor. Cuando Dios hizo llover fuego sobre Sodoma, actuó con amor. Cuando Yahvé condujo a Israel por el desierto, actuó como el Dios del amor. Cuando ardió contra los pueblos de Canaán, actuó por amor. Por amor, Jesús fue a la cruz; por amor, Jesús vengó a sus hermanos martirizados. Dios es tan intensamente amor que no tolera nada que le aleje de la unión con su amada. Dios está decidido a hacer el bien, a llevarnos a la bienaventuranza final y a la gloria, a la plena madurez, a la deificación como hijos en el Hijo. Como Amor Santo, destruye todo lo que se opone a su buena voluntad, borra todo lo que se interpone en el camino de su propósito. Es un fuego abrasador de amor que purga todo lo que inhibe nuestra unión con Él, para poder incorporarnos a Sí mismo.
Dios no es aterrador porque no sea amoroso. Es aterrador porque el Amor es aterrador: amor sin diluir, amor que se niega a transigir con el mal, amor que no negociará el bien de la amada permitiendo que esta establezca los términos de su amor, amor que promete un bien y un futuro más allá de todo lo que la amada pueda pedir o imaginar. No hay en el cielo ni en la tierra nada tan asombroso como el amor.
Ese es el amor, dice Pablo, que Dios derrama en nuestros corazones. Con el poder del Espíritu, nos llama a amarnos a nosotros mismos lo suficiente como para quemar nuestra lujuria, orgullo, acedia, idolatría y avaricia. Hemos de amar a nuestro prójimo lo bastante bien como para esforzarnos por erradicar todo lo que le impide ser el adorador de Dios que ha sido creado para ser. Nos manda amar a nuestros enemigos lo suficiente como para buscar su bien, incluso si eso significa matar todo lo que hay en ellos que está en enemistad con Dios, para que puedan resucitar como amigos de Dios. Jesús nos enseña a amar a nuestro enemigo, incluso si eso significa morir a manos de nuestro enemigo.
El amor santo, dijo Forsyth, «no es meramente amable». El amor transforma. El amor consume. El amor destruye para purificar. El amor irradia santidad. Si no quema y devora, no es amor. Si no es celoso como el Seol, no es amor. Si no está lleno de justa indignación contra todo lo que se interpone en el camino de la consumación del amor, no es amor. Si no crea luz y calor, no es amor. Si no disipa las tinieblas y da vida, no es amor. Si no santifica la tierra que lo rodea, no es amor.
Como observó Forsyth, el amor santo no puede limitarse a la esfera privada. El amor santo «amplía la caridad a las dimensiones de la justicia» y se convierte en una motivación para la acción política. Hoy, como en tiempos de Forsyth, «el santo amor cristiano puede adoptar, por un lado, la forma de la benevolencia y, por el otro, también debe adoptar, a efectos públicos, la forma de la justicia». Forsyth tiene razón: la misión de la Iglesia es «infundir [el amor santo] en la estructura misma de la sociedad como su principio organizador», y cultivar así una civilización del amor.
Publicado por Peter J. Leithart, presidente del Theopolis Institute, en First Things
Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana