Comerán del fruto de su camino

Comerán del fruto de su camino

Por cuanto aborrecieron la sabiduría y no escogieron el temor de Jehová, ni quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía, comerán del fruto de su camino y serán hastiados de sus propios consejos.

(Proverbios, 1:29-31)

Hay un silencio gélido entre todos aquellos que, tan triunfal como imprudentemente, proclamaban estos días pasados el fin del sanchismo, silencio que ha caído como una losa sobre la grotesca celebración de la “victoria” en el balcón de Génova.

Por supuesto que no me alegra el triunfo de la revolución, pero en esa revolución vivimos inmersos desde hace casi dos siglos y medio, y sólo ha sido circunstancialmente derrotada con la verdad, como ocurrió en el 39, y cuando esa verdad se desvaneció nuevamente, la revolución regresó triunfante, y su triunfo no ha cesado porque seguimos viviendo desde entonces en la mentira.

La revolución sólo se vence con la verdad, y pretender derrotarla con sus propias armas, asumiendo sus principios, es propio de la más profunda ignorancia. Un partido que en su día se presentó como conservador, y que poco a poco ha ido aceptando las premisas revolucionarias con la estúpida pretensión de ganar votantes, sólo se merece ser arrastrado por el fango de la humillación. Tengo que confesar que siento una cierta morbosa satisfacción por esa derrota, por lo que representa de humillación de quienes han traicionado sus ya extintos principios.

Este nuevo triunfo de la revolución no es más que la consecuencia lógica de la mentira en que sigue viviendo esta sociedad, olvidada y enterrada la verdad que en su día sostuvo su victoria, y se inscribe en la corriente de la historia, o de la metahistoria, que nuestra ignorancia no acierta a comprender.

Esta revolución, iniciada a finales del XVIII, no es más que la consecuencia, podríamos decir con toda propiedad el castigo, por nuestra idolatría. El primer mandamiento de la LEY dice, en la redacción original del Decálogo: «Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo. No tengas otros dioses además de mí. No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso. Cuando los padres son malvados y me odian, yo castigo a sus hijos hasta la tercera y cuarta generación. Por el contrario, cuando me aman y cumplen mis mandamientos, les muestro mi amor por mil generaciones.”

El primer mandamiento de la LEY prohíbe y castiga la idolatría, y nosotros somos un pueblo idólatra. En los últimos siglos hemos sustituido a Dios por los ídolos de la razón, de la ciencia, de la tecnología, y cabalgando sobre esos ídolos hemos llegado a pretender derribar a Dios de su Trono y sentarnos en él como dioses, rehaciendo a la medida de nuestros deseos Su Creación. Hemos pretendido que no hay dos sexos, sino tantos como nuestra enferma imaginación permita. Sexualizamos a los niños y les inducimos a automutilarse para “cambiar de sexo”. Normalizamos las relaciones contra natura. Asesinamos a millones de niños en el vientre de sus madres por nuestra comodidad. Pervertimos a los niños desde el jardín de infancia, olvidando aquello de “más le valdría ser arrojado al mar con una rueda de molino atada al cuello”. Pretendemos incluso modificar la naturaleza humana alterando nuestro ADN e introduciendo la tecnología en nuestras funciones cerebrales. Hacemos de la experimentación genética el arma para terminar con el hombre y crear un monstruo en su lugar.

¿Y pretendemos, después de todo esto, salir indemnes de este despropósito? Dios castiga la idolatría, como ha hecho desde el inicio de la historia, y esta revolución, con todas sus consecuencias, las que hemos vivido hasta ahora y las que nos faltan todavía por vivir, no es más que el justo castigo por nuestra idolatría.

A esta generación que no cree en nada le falta cultura bíblica. Si la tuviera, sabría que ninguna ofensa a Dios queda sin castigo, y que el castigo es siempre proporcional a la ofensa. Y puesto que esta nuestra ofensa es de la mayor gravedad, cabe esperar que su castigo también lo sea.

La historia está llena de estos castigos, desde el diluvio universal, que exterminó a una humanidad pervertida salvando solamente las semillas que permitieron un nuevo inicio; la 

destrucción de Sodoma y Gomorra por el pecado que, recordando su nombre, llamamos hoy sodomía; el exterminio a espada de los adoradores del becerro de oro; la plaga de serpientes venenosas en el desierto; los 40 años de peregrinación antes de entrar en la tierra prometida; las hambrunas, sequías y pestilencias que azotaban al pueblo de la Alianza cuando se volvía hacia los ídolos; las derrotas militares; la destrucción de Jerusalén y el exilio a Babilonia; la segunda destrucción de Jerusalén por Tito Vespasiano; la destrucción definitiva y la construcción en su lugar de la Aelia Capitolina y, finalmente, la diáspora.

Nosotros somos el nuevo Pueblo de la Alianza, ¿y pretendemos que podemos impunemente ofender esa Alianza sin que Dios obre del mismo modo en que siempre obró con el Pueblo de la Primera Alianza? Esa presunción no nace más que de la más absoluta ignorancia.

Dios nos castiga retirando simplemente Su mano de nuestros asuntos, dejándonos a merced de nuestros propios impulsos, haciéndonos “comer del fruto de nuestro camino y hastiándonos de nuestros propios consejos”, es decir, dejándonos experimentar en nuestra propia carne las consecuencias de nuestros errores, de nuestras desviaciones, de nuestros delirios, y en eso consiste simplemente esta revolución en la que llevamos viviendo tanto tiempo y que cada vez nos muestra nuevos rostros de un mismo y único proceso.

¿Y cuándo terminará este castigo? Recordemos el Evangelio en Lucas 15:11-32. “Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros”. Pero el Padre, lejos de eso, lo abrazó y lo besó, lo vistió de gala, lo calzó, le puso el anillo en el dedo e hizo una gran fiesta, “porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado”.

Dios está esperando de nosotros esas palabras terribles por su gran poder: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. Esas palabras lo pueden todo, pero, sin esas palabras, sin arrepentimiento, sin humilde reconocimiento de nuestros pecados, la santa ira de Dios no encuentra alivio.

Al pronunciar esas palabras, Dios destruye al Enemigo que nos tiene presos, como destruyó, por medio del persa Ciro, al imperio babilónico que mantenía preso al pueblo elegido, y como destruirá a todos los enemigos que nos tienen presos en esta infame hora de la historia. Pero, ¿cuántos hay dispuestos a pronunciarlas?  ¿Y qué sucederá mientras no las pronunciemos, o si decidimos no pronunciarlas…? De nosotros depende.

Pedro Abelló

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