Santo Padre, por favor, no nos abandone

Santo Padre, por favor, no nos abandone

(Garret D Johnson en Crisis Magazine)-Esta mañana meditaba en el momento en el que Jesús es conducido ante Pilatos y los líderes religiosos, donde se le acusa de todo tipo de cosas que no ha hecho y de ser alguien que no es. Le pedí que me ayudase a sentir lo que Él sintió mientras su Corazón se enfrentaba a las tinieblas; mientras todos aquellos a quienes Él vino a liberar y a quienes atrajo a su compañía le abandonaban.

Al considerar esta escena e imaginar Su dolor, empecé a pensar en el término “personas homosexuales” que empleó nuestro Santo Padre Francisco y el dolor que me produjo. No estoy comparando mi dolor con el de Nuestro Señor, pero al menos puedo ponerme en su piel en cuanto a sentirse abandonado por aquellos de cuya cercanía y apoyo debía sentirme más seguro.

Cuando hace casi diez años volví a la Iglesia católica, fue dejando atrás la identidad gay que se me había asignado y que había vivido conscientemente durante la mayor parte de mi vida. Me sentí muy a gusto en el lenguaje de la Iglesia, que me recordaba a mí y a quienes hemos vivido la identidad gay o lesbiana que no son nuestros deseos y sentimientos los que nos definen, sino nuestro Padre Celestial, quien con el Bautismo nos adoptó y nos llamó, simplemente, hijos suyos.

Esta verdad de tanta ternura me hizo ver la raíz de mis inclinaciones. Me ayudó a entenderlas como algo que, contemplado adecuadamente, ni me encasillaba ni me limitaba de ninguna manera. La verdad de que soy hijo de Dios me liberó y me permitió aspirar a la santidad a la que Jesús nos llama a todos. Al poco de comprender esto, empecé a acudir a las reuniones de Courage y a recuperar mi auténtica identidad. (Courage es el apostolado de la Iglesia católica para las personas que sienten atracción por personas de su mismo sexo pero se esfuerzan por seguir las enseñanzas de la Iglesia.)

Vivir mi auténtica identidad como hijo de Dios -y nada más- ha sido siempre un desafío, pero el desafío proviene normalmente del mundo y de quienes, en él, aún no se han liberado de la mentalidad según la cual el deseo equivale a la identidad. Ése era mi caso al principio, cuando regresé, pero pronto me di cuenta de que esta mentalidad mundana se había infiltrado en esa Iglesia que me había traído la libertad.

Primero se lo escuché a algunos laicos católicos: “¿Quiénes son una pandilla de hombres célibes para decirnos nada sobre nuestra sexualidad?”. Luego, a un religioso: “La Iglesia debe cambiar sus enseñanzas. A los gays se les debería permitir casarse”. Luego a un sacerdote: “La homosexualidad es la forma en la que Dios creó a parte de la raza humana”. Luego a un obispo: “Los homosexuales tienen derecho a ser bendecidos en la iglesia”. Y ahora al Papa Francisco: “Ser homosexual no es un crimen… Dios nos ama tal como somos”.

Estas palabras oscurecen la luz que yo había recibido de esa Iglesia, que ahora, con falsa compasión, quiere devolverme a la misma prisión de la que me ayudó a escapar.

El problema con estas afirmaciones del Papa Francisco, o de religiosos, clérigos y laicos, consiste en que se refieran a las personas como “homosexuales” o “gays”. Al emplear esas palabras, le arrebatas a sus destinatarios la libertad que el lenguaje de Courage me dio. Este apostolado enseña que referirse a nosotros de esa forma o pensarnos a nosotros mismos de esa forma nos “reduce”. Toma un aspecto de nosotros y lo convierte en nuestra identidad.

Y lo hace con un aspecto de nosotros, nuestra sexualidad, fácilmente influenciable por muchos factores, como un trauma infantil, la exposición a la sexualidad a una edad demasiado temprana o la dificultad en las relaciones con los pares del mismo sexo y los miembros de la familia. En su intento de liberar a aquellos de nosotros que se identifican o han ido identificados de esa manera, refuerzan esa especie de cautiverio.

Que los demás nos vean, o vernos nosotros mismos, como algo distinto de ser hijos de Dios es como llevar una argolla en el tobillo encadenada a un peso. El peso de esa identidad nos impide avanzar y crecer en nuestra relación con Cristo y su Iglesia. Nos mantiene enganchados a comportamientos que oscurecen nuestro intelecto y nos apartan de la gracia con la que Jesús quiere colmarnos a cada uno de nosotros, sus hermanos y hermanas. Con esta idea errónea de compasión, quienes deberían ayudar a liberarnos nos apartan de esa libertad que encontramos en la única identidad que importa y es auténtica: nuestra identidad como hijos de Dios.

Si escribo esta carta abierta a los religiosos, los sacerdotes, los obispos y, sobre todo, a nuestro Santo Padre, es porque sus palabras y actos me hacen sufrir. Me siento abandonado y olvidado por aquellos a quienes debería sentirme más cercano y que deberían rodearme con su apoyo cuando otros me acusan de odiarme a mí mismo e intentan hacer de mí algo que no soy.

Necesito el amor y el apoyo de los llamados a estar más cerca de Cristo y a conducir a Sus ovejas a los verdes pastos donde alimentarnos y crecer. Pero es al revés: los hermanos y hermanas que sentimos atracción por el mismo sexo estamos siendo alimentados por la Iglesia con el “reconfortante” veneno del mundo.

Como dijo el Papa Benedicto XVI, “el mundo os ofrece comodidad, pero no fuisteis hechos para la comodidad: fuisteis hechos para la grandeza”. Por favor, ayudadnos a ser grandes diciéndonos con amor la verdad que necesitamos oír.

(Garret D Johnson en Crisis Magazine)

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