(Giulia Tanei en Il Timone)–Florencia, Piazza Santo Spirito, viernes 21 de octubre, a las 15.30 horas aproximadamente: un joven, no identificado, estaba escuchando música a todo volumen con un altavoz en la plaza de la iglesia. Cuando varias personas le pidieron que ajustara el volumen, respondió con insultos verbales y escupió a un sacerdote.
De lo real, a lo virtual. Federico Lucia, conocido como Fedez, en su chat online número 100 con el youtuber Masseo en el ámbito del podcast «Mucchio selvaggio», el pasado jueves sí que se entregó a los epítetos, incluso graves, hacia don Alberto Ravagnani, un joven sacerdote muy seguido en las redes sociales por sus vídeos en los que ahonda en diversos temas.
¿La razón? No está muy clara, porque, de hecho, ambos habían «colaborado» en el pasado en el mismo podcast. En cualquier caso, don Alberto no ha dejado pasar el asunto, ha asegurado que le habían «acosado» y ha aprovechado la ocasión para dar un «sermón» a través de las redes sociales. Estos son solo dos episodios que han ocurrido en los últimos días. Al dar noticia de estos sucesos, es posible destacar una cuestión sobre otra.
Ciertamente, se podría comentar el hecho de que los jóvenes de hoy en día (e incluso los «jóvenes adultos», dada la edad de Fedez) ya no muestran respeto por las personas en general: los insultos y la arrogancia son cada vez más la clave comunicativa… ya sea hacia sus padres en casa, sus profesores en la escuela, o cualquier otra persona que se atreva a meterse en su camino. Seamos claros, el egocentrismo es la característica principal de la infancia y adolescencia -una adolescencia que ahora se extiende más allá de los 25 años-, es algo ineludible que hay que educar. Si no fuera porque estamos inmersos en un contexto social en el que son los adultos (más y menos jóvenes), es decir, los que deberían actuar como guías, los primeros en haber perdido -y en haber rechazado- el concepto mismo de autoridad y de una sociedad organizada según una escala jerárquica: desde 1968, toda referencia a este tipo de cosas ha sido criticada, atacada, desmontada. Ahora se están recogiendo los frutos.
Desde una perspectiva más «confesional», se podría centrar la atención en el ataque dirigido a las personas consagradas, que no son consideradas en toda su esencia de «alter Christus«. Por un lado, esto es ciertamente atribuible a la ignorancia sobre el tema de lo sagrado que caracteriza a la modernidad, que ha llevado a cabo una especie de ruptura con la cultura católica que hasta hace unas décadas impregnaba todos los aspectos de la vida cotidiana, incluso de aquellos que se profesaban ateos y anticlericales: probablemente, el joven florentino y Fedez ni siquiera sepan lo que significa «alter Christus«. Por el otro, implica también una reflexión intraeclesial, ya que los propios sacerdotes son los primeros en desconocer, y fundamentalmente en no reconocer, un papel e incluso una responsabilidad de testimonio en la sociedad: la forma típica de vestir de los consagrados de hoy, cada vez más a menudo en clave burguesa, es solo la punta del iceberg del fenómeno.
Se pueden compartir ambas consideraciones, por supuesto. Pero la impresión es que ahora hemos llegado a otra etapa posterior: no es (solo) la falta de respeto, no es (solo) la ignorancia de lo sagrado, hoy en día lo que domina es una taimada y silenciosa dictadura, de modo que la única posibilidad que se da es la de pensar dentro del coro dominante. ¿Propones, como sacerdote, visiones alternativas en las redes sociales? Hay que silenciarte, por las buenas o por las malas. Tú, sacerdote, ¿te atreves a poner límites, a pedir normas de convivencia, a hacer valer tu opinión en el seno de la iglesia? No eres nadie, estás «anticuado», no tienes nada que decir. Se tolera todo, excepto lo que se sale de la corriente dominante. Los que se llenan la boca de «libertad» y «derechos», los que se erigen en paladines de la tolerancia, son, de hecho, los primeros en amordazar a los que se atreven a proponer una visión diferente.
«Mi libertad termina donde empieza la tuya«, decían (de una manera que, por otra parte, no se podía compartir del todo): ahora esta consigna suena más a «tu libertad debe estar dentro de mis límites«. Una actitud, esta, ciertamente compleja de analizar, pero que en el fondo muestra la debilidad de una forma de vida que no se apoya en la fuerza de una razón correctamente utilizada, y quizás incluso iluminada por la fe. Cada voz fuera del coro es una ráfaga de viento que sacude el débil castillo de naipes de la ideología: es un peligro, por lo que hay que anularla, silenciarla.
Publicado por Giulia Tanei en Il Timone
Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana