El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, es un fiel devoto de la Santina y sobre ella ha vuelto a hablar en su último escrito.
Jesús Sanz acudió el sábado pasado a Covadonga. Allí, se sorprendió de la cantidad de gente que había en un sábado cualquiera. «Eran verdaderamente ríos de gente que iban entrando en la Basílica de Covadonga como en un día de fiesta mayor. Dentro, completamente abarrotada por la bondad de tantas personas de todas las edades, comenzaba la santa Misa tras los acordes del órgano que iban allanando nuestros pasos», cuenta sorprendido el arzobispo.
«Era una Misa de campaña, como se dice en el argot castrense. Sobria y breve, dentro del tiempo debido para las cosas que no admiten recortes ni banalidad. Pero hubo una breve homilía, tanto… que sólo duró los tres minutos que anuncié. “Brevedad de sermón”, decía San Francisco a sus frailes que predicaban al pueblo sencillo. Y así hice también yo», cuenta Jesús Sanz.
El arzobispo de Oviedo subrayó que «Covadonga tiene un marco de belleza natural indescriptible, y aquí se libró una batalla por los cristianos a las órdenes del rey Pelayo para desalojar a quienes invadieron nuestro espacio y nuestros valores, dando lugar al nacimiento de un pueblo al que pertenecemos. En este enclave natural e histórico, se ha forjado el alma creyente de nuestra gente bajo la mirada dulce y materna de nuestra Santina».
Unido a lo anterior, Sanz Montes hace hincapié en que «hoy son otros los que nos invaden rompiendo nuestros espacios y trastocando nuestros valores en la España que en Covadonga tuvo sus primeros pasos. Por eso miramos a la Virgen de Covadonga para pedir la fortaleza cristiana en esa batalla cultural y patriótica».
Al terminar la santa Misa, hubo una ofrenda en la Cueva de la Virgen ante la imagen de la Santina. «Nuestros soldados del acuartelamiento de Cabo Noval, ofrendaron a Nuestra Señora un centro precioso de flores, expresando así la gratitud y la devoción, como cuando marchan o regresan de las misiones internacionales a zonas de conflicto o de precariedad», narra monseñor Jesús Sanz.
Tras la ofrenda, «tuvo lugar después el acto que mayormente había convocado a toda esa muchedumbre de personas buenas con esa bonhomía típicamente humana, cristiana y española, que querían participar en un acto de jura de bandera. No imaginábamos la afluencia de tanta gente y casi desbordó la exquisita organización por parte de las autoridades militares. En tres grandes grupos, y ante tres Banderas de España realmente simbólicas por su significado y, alguna de ellas, por su antigüedad, se procedió ordenadamente a ese gesto ritual castrense de besar simbólicamente con un ademán respetuoso la Bandera que a todos nos representa como parte de la patria española», escribe el arzobispo.
«No se trataba de besar una enseña cualquiera, sino la divisa que ondea en una historia tejida de tantos momentos y requiebros gloriosos. Es la Bandera de España, y besarla con ese respetuoso gesto inclinando nuestra cabeza, era un modo de besar la misma historia de un pueblo al que con orgullo patrio pertenecemos. La historia de España que tiene nombres inolvidables de quienes han dado su vida compartiendo sus talentos y virtudes, arrimando el hombro cada vez que se necesitaba una ayuda comprometida, aportando lo mejor de cada uno cuando en el campo de las letras y las artes, en el de la ciencia y la investigación, en el terreno de la familia y la convivencia en una España plural y complementaria, se daban cita la entrega, incluso heroica, la defensa de la vida humana en todos sus tramos, la justicia buscada y construida, y la conciencia de abrazar una tierra que no deseamos que nadie ni nada puedan dividirla o enajenarla», agrega Jesús Sanz en su misiva.
Por último, el arzobispo de Oviedo concluye su carta recordando que «en ese terruño asturiano, donde tiene su cuna España, ese sábado mariano con el que comenzábamos el mes del rosario, besábamos la Bandera más de mil personas. Un día lleno de alegría y de esperanza. Bendito sea Dios, nuestra Santina y que viva España».