El Sínodo de la muerte roja

El Sínodo de la muerte roja

(Darrick Taylar en Crisis Magazine)Cuando era niño, era un gran fan de los Beatles. Escuchaba sus canciones una y otra vez y compré varias cintas de casete (¡googlead eso, jóvenes!) de su música. Adoraba su genialidad como un idólatra. Una de mis favoritas era la canción «Strawberry Fields Forever», que debía figurar en el álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, pero que se publicó como sencillo. 

En la canción, John Lennon canta sobre un campo cercano a la casa de su infancia y cómo quedó atrapado en un árbol: «Nada es real, y nada por lo que colgarse». Solía pensar que Lennon estaba drogado con LSD cuando grabaron la canción porque su voz sonaba anormalmente grave y aturdida en la grabación. Resulta que no fue así. Los Beatles grabaron dos versiones diferentes de la canción, una más rápida y otra más lenta. Pero no supieron qué hacer con ellas. El productor George Martin acudió a su rescate y combinó las dos versiones ralentizando la más rápida para que toda la canción sonara a la misma velocidad. De ahí que Lennon suene como si acabara de despertar de un coma en las últimas partes de la canción.

Se preguntarán qué tiene que ver todo esto con el Sínodo sobre la sinodalidad, la sesión de «dos años de escucha» prevista por el Vaticano, cuya instancia estadounidense acaba de concluir recientemente, publicando una «síntesis» de sus procedimientos. La respuesta es: absolutamente nada. Excepto que, después de leer esta síntesis, puede parecer que usted también ha pasado por un coma. Y que, al igual que la reminiscencia de mis gustos musicales juveniles no tiene nada que ver con el tema de este ensayo, el documento de síntesis no guarda relación alguna con la realidad.

Se trata, únicamente, de una ligera hipérbole por mi parte. Hay, tal vez, una docena de palabras en todo el documento que presentan las problemáticas terrenas que enfrenta la Iglesia Santa, Apostólica y Católica, aunque sustituyéndolas por el relajante argot de la jerga terapéutica empleada por los recursos humanos. Sin duda, nadie es perfecto, como otros han observado, y de vez en cuando se les escapan algunos arcaísmos, como «el Espíritu Santo» y «Jesucristo», pero esto no disminuye el efecto general. Permítanme darles algunos ejemplos.

En la introducción, el informe señala que hay 66,8 millones de católicos en Estados Unidos y que unos 700.000 participaron en el Sínodo. Esto supone alrededor del 0,01% de los católicos de Estados Unidos. Numéricamente hablando no es una muestra representativa de los católicos de Estados Unidos. Se podría pensar que esto sería motivo de reflexión sobre el valor de todo este proceso. Pero no, a continuación el informe afirma con optimismo que, a pesar de «cierta aprensión e incluso oposición al comenzar su escucha sinodal… se vieron sorprendidos por un nivel de compromiso y riqueza que superó sus expectativas. Se observó con frecuencia el gran acuerdo que los participantes encontraron al escucharse mutuamente». Estoy seguro de que un pequeño grupo autoseleccionado de personas se dio cuenta de que estaba de acuerdo en muchas cosas y disfrutó «compartiendo sus historias» con los demás. Pero no puedo entender por qué estas representan «las contribuciones honestas y auténticas del Pueblo de Dios». Y el documento no intenta justificar tal afirmación.

A partir de ahí, la cosa empeora. El documento saca a relucir el tema de los escándalos de abusos sexuales en la Iglesia y cómo han provocado «una falta de confianza y credibilidad por parte de los fieles» hacia la jerarquía, lo cual es innegablemente cierto. Tal vez las discusiones reales intentaron tratar este difícil tema, pero los autores de la síntesis nunca van más allá de vagos tópicos sobre cómo los abusos sexuales y su encubrimiento impiden que «las personas entren en relación con los demás».

Resulta asombroso contemplar lo alejado que hay que estar de la realidad para creer que estas reuniones de amigos, casi como si fueran el Potemkin, harán algo para frenar los abusos o sanar a sus víctimas. Es casi tan increíble como la idea de que el papa Francisco, cuyo registro para tratar de lidiar con el abuso sexual es una fiasco, vaya a hacer realmente algo al respecto. 

El documento continúa enumerando una lista de grupos que «experimentan la marginación en la Iglesia y, por tanto, la falta de representación». No importa que la Iglesia no exista para «representar» a nadie más que a la Santísima Trinidad y a Cristo, el Hijo de Dios. Entre estos «grupos marginados» están los sospechosos habituales -inmigrantes, minorías raciales y otros, agrupados con los no nacidos- así como la «comunidad LGBTQ+».

Sí, esa famosa comunidad marginada, entre cuyos miembros se encuentran los CEOs de corporaciones multinacionales multimillonarias; cuya causa es defendida por uno de los principales partidos políticos de Estados Unidos; que son celebrados las 24 horas del día en la industria cinematográfica, los medios de comunicación y el mundo académico; cuya ingresos superan a los de otros pueblos «marginados»; y que están protegidos por el poder del gobierno federal y el Tribunal Supremo-: esa comunidad marginada. 

Tal vez me lo haya perdido, pero nunca en toda mi vida como católico he escuchado una homilía que atacara a los gays y a las lesbianas, o que siquiera mencionara que el comportamiento homosexual es incorrecto según la comprensión cristiana de la sexualidad. Tampoco me consta que los obispos católicos de Estados Unidos hagan otra cosa que agachar la cabeza para «acogerlos» o directamente tolerarlos, si no fomentarlos.

Naturalmente, la «acogida» de los «marginados» es un tema principal del documento. Según sus autores, «el deseo más común nombrado en las consultas sinodales fue el de ser una Iglesia más acogedora, en la que todos los miembros del Pueblo de Dios puedan encontrar acompañamiento en el camino». Ah, sí, el acompañamiento. Lo recuerdo bien. ¿Qué significa «acompañamiento» en este documento? Es curioso que lo pregunte: «Para muchos, la percepción es que la aplicación generalizada de normas y políticas se utiliza como medio para ejercer el poder o actuar como guardián… la Iglesia parece dar prioridad a la doctrina sobre las personas, a las normas y reglamentos sobre la realidad vivida». 

En otras palabras, insistir en que la «gente» no identificada crea realmente en lo que la Iglesia enseña es «poco acogedor». Uno simpatiza. Llevo años intentando hacerme miembro de la Campaña de Derechos Humanos, pero se niegan sistemáticamente a acogerme a mí y a mi objeción al comportamiento homosexual como inmoral y que conduce a la condenación eterna. Tal vez debería enviarles una copia de la síntesis. Estoy seguro de que lo agradecerían. O no.

Es evidente que hay gente buena y decente que sigue trabajando en la Iglesia institucional, tanto en América como en el Vaticano. Por eso, en el documento de síntesis se dice que «se lamenta el acceso limitado al Misal de 1962» en los debates sinodales. Pero a esto le sigue un pasaje, del que se hace eco la síntesis de los obispos ingleses, que declara que «todas las consultas sinodales comparten un profundo dolor tras la marcha de los jóvenes y consideran que esto está íntimamente relacionado con el hecho de convertirse en una Iglesia más acogedora». 

No creo que sea necesario señalar la desconexión en este caso, ya que algunos obispos estadounidenses han desechado las comunidades que atraen a los católicos más jóvenes en lugar de permitir el acceso al Misal de 1962, en gran medida por la insistencia del Vaticano, cuyo proyecto favorito es todo el proceso sinodal. En este contexto, ventilar las quejas sobre la misa en latín es como permitir a los condenados una última petición mientras se les agradece su servicio. 

No poseo más que unas modestas habilidades, pero mi imaginación fracasa al intentar describir la experiencia de la lectura de este texto. El examen de un documento plagado de tópicos extraídos del lenguaje de la política y la psicología seculares -chascarrillos que advierten de la «polarización», de la necesidad de «diálogo» y de la importancia de la «experiencia vivida»-, seguidos de afirmaciones nada irónicas sobre una «comunicación clara, concisa y coherente como clave para el fuerte deseo de una transparencia adecuada», es suficiente para erosionar la confianza en la capacidad del lenguaje para transmitir el significado.

Pero esta desolación burocrática del lenguaje y del pensamiento es un indicio de algo más que una simple falta de capacidad de comunicación. Hay algo más grande en la síntesis y en todo el Sínodo. Tal vez haya visto la imágenes de los «expertos sinodales» de Roma que circulan por internet. Son testigos de la división generacional en la Iglesia entre una oficialidad eclesiástica envejecida y «progresista» y sus seminaristas, sacerdotes y laicos más jóvenes y conservadores. 

El «proceso sinodal» es una celebración para los primeros, una última oportunidad para rehacer la Iglesia a su propia y gris imagen. La síntesis estadounidense lo admite hacia el final del documento: «A través de la participación en la fase diocesana del Sínodo, el Pueblo de Dios ya ha comenzado a construir la Iglesia que espera». 

Esta última puede ser la afirmación más delirante de todo el documento, pues si algo hemos aprendido en el último medio siglo -y más- es que no hay futuro en el que exista una Iglesia «progresista» floreciente. Dondequiera que se implemente un programa progresista de este tipo, la Iglesia se marchita y muere. Como dijo recientemente un sacerdote: «Los progresistas en la Iglesia tienen poder, pero solo el poder de destruir». 

He escuchado el mismo sentimiento en otro lugar y es cierto. A pesar de todo lo que se dice de «construir una nueva Iglesia», la energía del catolicismo progresista está toda ella al servicio de la negación y la destrucción. Ellos puede rechazar las enseñanzas de la Iglesia, cerrar las misas en latín, borrar el legado de papas conservadores, destripar la tradición de monasterios y órdenes religiosas. Pero nada de lo que hagan podrá florecer y dar frutos porque se han alejado demasiado de las verdades elementales de la fe. La suya es una visión estéril, aunque afirmen lo contrario. 

Y es por ello que el espectro de la muerte se cierne sobre todo el proceso sinodal, o más concretamente, de su negación. En definitiva el «Sínodo de la sinodalidad» es la máscara de la muerte roja [en alusión a un cuento de E. A. Poe, ndt] en el que se refugian de la dura realidad de que todos sus esfuerzos han fracasado y de que su propia mortalidad se acerca. 

Pese de todo esto, y por muy ofensivas que sean algunas de sus payasadas, hay que agradecer este Sínodo sobre la sinodalidad. Cualquiera que sea su resultado final, representa el fin de una era en la vida de la Iglesia, que aclara cómo la Iglesia puede sobrevivir y florecer en el futuro. Y para aquellos que no se dejan llevar por las ilusiones que representa, proporciona una oportunidad para crecer más cerca de Dios. Porque si conservamos nuestra caridad hacia todos y permanecemos fieles a todo lo que Cristo nos mandó, no debemos temer nuestros propios fracasos, ni negar las duras realidades que acosan a la Iglesia en cada época.  

Darrick Taylor enseña historia en el Johnson County Community College de Overland Park, Kansas.

Publicado por Darrick Taylar en Crisis Magazine

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana

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