(Radio Roma Libera/Roberto de Mattei) San Pío V fue un papa santo y fue un papa guerrero. Su nombre está ligado a la victoria de Lepanto, pero también intentó llevar la guerra a Inglaterra contra la usurpadora, Isabel Tudor, a la que excomulgó el 25 de febrero de 1570 con la bula Regnans in excelsis, declarando la caducidad de su pretendido derecho a la corona inglesa. En una ocasión llegó a prometer que para una expedición contra la Inglaterra protestante no sólo utilizaría los bienes de la Iglesia, sino que iría personalmente a dirigirla.
El Papa había confiado la misión de trabajar por la restauración de la Iglesia católica en Inglaterra a su agente en Londres, el banquero florentino Roberto Ridolfi.
Ridolfi había vivido en la capital inglesa durante muchos años y estaba en contacto con dos influyentes aristócratas católicos, los condes de Northumberland y de Westmoreland a los que, de acuerdo con Pío V, había asegurado una importante ayuda financiera para sus planes de sublevar al pueblo inglés y liberar a María Estuardo. La insurrección estalló en Durham y Rippon el 16 de noviembre de 1569. El estandarte de los insurgentes representaba al Salvador con sus Cinco Llagas Sangrantes, como el de la Peregrinación de Gracia de 1536. Los condes de Northumberland y Westmoreland triunfaron al principio y tuvieron la alegría de asistir a la misa católica en la catedral de Durham; pero no pudieron liberar a María Estuardo, en parte porque no obtuvieron la ayuda decisiva que habían prometido los reyes católicos de España, Felipe II, y de Francia, Carlos IX.
Cuando la rebelión en el norte de Inglaterra fracasó, Ridolfi propuso al Papa la idea de que el duque de Alba, comandante del ejército español en los Países Bajos, invadiera Inglaterra y apoyara una nueva rebelión católica.
El Papa dio su apoyo a la iniciativa y el 5 de mayo de 1571 entregó a Ridolfi una carta para Felipe II, en la que invitaba al soberano español a proporcionar los medios necesarios para la ejecución de la empresa. El soberano español, al igual que Pío V, parecía entusiasmado con el plan, pero a su vez dejaba la última palabra al duque de Alba, que se mostraba escéptico ante la empresa. El propio duque de Alba, siempre muy pragmático, había escrito a Felipe II el 5 de diciembre de 1569, con un toque de sarcasmo, que el Papa «era tan celoso que pensaba que todo podía lograrse sin utilizar los medios humanos ordinarios». El comentario podía invertirse, afirmando que el Duque de Alba era tan pragmático que pensaba que todo se podía conseguir sin utilizar medios sobrenaturales. La batalla de Lepanto demostraría, menos de dos años después, los resultados del celo sobrenatural de Pío V. El santo Pontífice, que luchó contra los musulmanes y los protestantes, demostró con su ejemplo que las guerras justas existen. Las guerras justas son las que se hacen para defender la patria agredida, pero también, y más aún, las que se hacen para defender la fe católica de una agresión que está a punto de producirse o que ya se ha producido: en el primer caso la de los turcos, en el segundo la de los protestantes.
El 21 de abril de 1572, pocos días antes de su muerte, y a pesar de sus sufrimientos, el Santo Padre expresó el deseo de visitar las siete basílicas de Roma. Cardenales, médicos y familiares trataron en vano de disuadirle y él cumplió trabajosamente con su devoción. A su regreso, en el umbral del Vaticano, se encontró con un grupo de católicos ingleses, forzados a vivir en el exilio; conversó con ellos y exclamó: “Dios mío, sabes que siempre he estado dispuesto a derramar sangre por la salvación de su nación”.
Los bienes espirituales son superiores a los materiales y por ellos los católicos deben estar dispuestos a derramar su sangre. Tal fue la enseñanza de San Pío V, uno de los más grandes Papas de la historia de la Iglesia.