Monseñor Martínez y el verde de la hierba

Monseñor Martínez y el verde de la hierba

Hace tan, tan poco, en términos históricos, el titular que nos ha proporcionado el arzobispo de Granada, Javier Martínez, nos parecería una locura; no por escandaloso, sino por todo lo contrario, por perogrullesco. No se entendería que todo un prelado, en una homilía en la catedral, pronunciase solemne que dos más dos son cuatro, o que la hierba es verde, y aún menos que una publicación destacase esta verdad evidente en un titular.

No es algo ‘religioso’, mucho menos católico. Es una tautología. ¿Por qué, entonces, le incumbe a un prelado católico decir esa verdad fácilmente comprobable desde el púlpito? ¿No está él para anunciar, sin más, el mensaje salvífico de Cristo?

Sí y no. La fe católica es la plenitud de la verdad, una verdad revelada a la que no se puede acceder meramente por la razón. Pero la verdad es una, y cuando el mundo enloquece y olvida o finge olvidar lo más obvio, la Iglesia se levanta para recordar que el cielo es azul y que el fuego quema.

Salvando distancias considerables, es análogo al asunto del aborto. La defensa del no nacido no tiene nada de específicamente cristiano y, de hecho, debería ser patrimonio común de todos los que ven en la vida humana un derecho humano inalienable y universal. Pero lo cierto es que no es así, que se ha quedado prácticamente sola en esta lucha, ahora con la tibieza de buena parte de su jerarquía, recordando que si el niño no nacido puede aniquilarse impunemente, todo el edificio de los derechos se viene abajo y ninguno de nosotros está seguro.

Nuestros gobernantes van cada día más lejos en la negación de la realidad más clara, más visible para cualquiera no cegado por las anteojeras de la ideología, y hace ley que todos debamos llamar A a lo que sabemos que es B, que no puede dejar de ser B. Hace unos pocos años, una organización, HazteOír, inició una campaña para recordar la perogrullada de que los niños tienen pene y las niñas, vagina, y la reacción fue como si estuviera haciendo la declaración más escandalosa imaginable.

El hombre, que se rebeló contra la fe en nombre de la razón, tira ahora por la borda la razón y se queda solo con la ‘verdad’ cambiante y contradictoria que convenga en cada momento a los poderosos. La Verdad nos hará libres, y no es mala cosa empezar por la verdad de que quien nace varón será siempre varón, y quien nace mujer será siempre mujer.

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