No van a parar. Ahora es el obispo de Essen, el mismo que hace unos meses amenazó con un cisma si la Iglesia no se plegaba a las conclusiones del ‘camino sinodal’ alemán. Franz-Josef Overbeck ha pedido en una carta pastoral que se realice una “seria y profundamente apreciativa reevaluación de la homosexualidad”, en una reacción más contra la prohibición de las bendiciones a uniones gays refrendada por Su Santidad.
En nombre de ese difuso concepto del “acompañamiento pastoral”, Overbeck recuerda que estas ceremonias de bendición de parejas del mismo sexo surgieron -y se universalizaron en Alemania- para “mostrar en nombre de la Iglesia que Dios está presente en esa relación”. Es decir, que contra lo aseverado por Doctrina de la Fe, Dios bendice el pecado… O la sodomía ya no es pecado, una de dos. De hecho, Overbeck afirma en su carta que “los cristianos homosexuales ven con razón sus vidas en la Imitación de Cristo, también en las relaciones en las que han entrado con confiado amor”.
¿Y por qué quiere Overbeck reevaluar la consideración que hace la Iglesia de la homosexualidad, claramente expresada en el Catecismo? Porque “ya no se comprende ni acepta”, debido a que hace que los homosexuales se sientan ofendidos y heridos. Un argumento que nos podría llevar, naturalmente, a la desaparición de todos los pecados.
Pero que, a decir de muchos comentaristas en la prensa católica, como Religión Digital, tendría más peso de lo que podría pensarse. Y es que gira el rumor en el círculo de ‘renovadores’ de que Francisco estaría muy ‘preocupado’ por el dolor que haya podido provocar la negativa refrendada por él mismo, algo que leen entre líneas en las propias palabras improvisadas del Papa durante el Angelus, en las que invitaba a «sembrar semillas de amor, no con condenas teóricas, sino con gestos de amor», evitando «las pretensiones de legalismo o moralismo clericales».
De creer esta versión, el Papa estaría preparando un «gesto de amor» a los católicos LGTBI. Estoy absolutamente seguro de que quienes tal cosa creen se lanzarán sobre cualquier ‘gesto’ pontificio -abunda en ellos- para leer en él una especie de corrección a la propia decisión que ha refrendado. Al fin, es una dinámica a la que ya hemos asistido con desoladora frecuencia, ya se trate de la intercomunión, de la pluralidad de religiones o del fin del celibato sacerdotal obligatorio.
Pero no entendemos qué bien pueden sacar los supuestos ‘fans’ de este Papa de que el pontífice se contradiga a sí mismo.