El Papa Francisco nos llama al arrepentimiento

El Papa Francisco nos llama al arrepentimiento

(First Things)- Con su extraordinaria bendición Urbi et Orbi del viernes, el papa Francisco nos ha dejado la que, con toda seguridad, es la imagen definitiva de la crisis del coronavirus, similar a la del presidente George W. Bush cuando pronunció su discurso con megáfono desde los escombros del World Trade Center después del 11 de septiembre, o a la de san Juan Pablo II en 1979 animando al pueblo polaco, sometido al duro régimen comunista.

            ¡Y qué imagen! El sucesor de Pedro caminando, cojeando, solo, hacia la basílica de Pedro. La plaza, normalmente atestada, vacía, sumergida en la oscuridad salvo por las luces del dosel que iluminaban a Francisco. Detrás del papa, el medieval Crucifijo Milagroso, austero y toscamente tallado, que protegió a los romanos durante la peste. Alrededor, el tamborileo de la lluvia, empapando ese cuerpo crucificado, como un eco de las palabras de Juan 19, 34: «Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y el punto salió sangre y agua». Y el Santísimo Sacramento resplandeciendo en la custodia dorada contra el inquietante fondo azul.

            Esta desolada imagen es, sin embargo, también consoladora. Nos recuerda que la Iglesia católica, Cristo con forma corporal, perdurará. Sobrevivirá al coronavirus del mismo modo que superó y sobrevivió a las discrepancias y epidemias causadas por Julián el Apóstata, Napoleón y Stalin a lo largo de los siglos. Francisco dio visibilidad a la roca viva de la fe de Pedro.

            Deseamos ser consolados. Sin embargo, sería un error permitir que ese deseo nos distraiga del mensaje desgarradoramente esclarecedor del papa argentino, de su diagnóstico espiritual de una enfermedad biológica que aflige a la humanidad. Sí, Francisco quería consolar a su grey. «Dios», nos recordó, «trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere». Y sin embargo, sus palabras de consuelo estaban acompañadas de un llamamiento al arrepentimiento que evocaba a Jeremías y Oseas.

            La profundidad de nuestro sentimiento de impotencia ante la crisis actual, sugirió Francisco, es una medida de nuestra arrogancia en los momentos «ordinarios». La pandemia, ha dicho Francisco, «desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad».

            Y más adelante: «En nuestro mundo […] hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo».

            La oración del papa ante la epidemia del coronavirus repite un tema constante de este pontificado. Un tema que confunde totalmente la narrativa mediática sobre el papa «progresista», y que tanto los autoproclamados portavoces del pontífice como sus críticos «conservadores» prefieren ignorar. Como ya reveló en su encíclica Laudato Si’, el papa Francisco es un crítico severo del autonomismo progresista: la vision Ilustrada de una humanidad sin límites, que domina el mundo confiada, con la experiencia técnico-científica en una mano y la eficiencia económica en la otra.

            La crisis pone en evidencia las «falsas… seguridades con las que habíamos construido… nuestros proyectos». «La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos». «Hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo».

            ¿Qué son estas palabras, si no la denuncia de todo el espíritu moderno que ha intentado sustituir con los logros de la humanidad -lo que podemos conocer con  nuestros sentidos, medir con nuestros instrumentos, expresar con lenguaje matemático, construir en el espacio-, toda la verdad? ¿Por qué Francisco elegiría dirigir nuestra atención a la pobreza del punto de vista cientifista moderno, ese andamiaje del orden progresista, precisamente en este momento, cuando la confianza pública en ese andamiaje y ese orden están en caída libre?

            No, el papa Francisco no es un progresista. Dejemos que quienes continuamente despotrican contra él sin escuchar sus palabra, por fin le escuchen.

Publicado por Sohrab Ahmari en First Things.

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

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