Tamayo y el odio

Tamayo y el odio

Juan José Tamayo dedica en Religión Digital un artículo lleno de salvajes acusaciones y juicios temerarios, de ataques en los que presume de conocer los corazones de aquellos de quienes habla, denunciando su ‘odio’.

Si uno se convence de que alguien es un malvado, sus argumentos serán inútiles; si crees que a tu oponente le mueve solo el odio, da igual el resultado de sus acciones, más aún la solidez de sus razonamientos, porque no le escucharás.

Cuando Cristo nos pidió en el Evangelio que no juzgáramos, evidentemente no se refería a que no realizásemos juicios sobre lo que está bien y lo que está mal; Cristo no podía pedirnos que no pensásemos, que es a lo que equivaldría verlo así, y el extraordinario desarrollo de la Teología Moral católica es una prueba evidente, por si se necesitara.

No, lo que Cristo nos pedía es que no presupusiéramos lo que hay en el corazón de cada hombre. Chesterton tenía, en este sentido, una magnífica definición de caridad: es el agnosticismo reverente ante la complejidad del alma. Cristo leía los corazones, y eso le distinguía del resto de los hombres. De algunos santos se ha dicho que, ocasionalmente, podían hacer lo mismo. Pero la propia Iglesia, con ser la Esposa de Cristo, se ha negado a sí misma esa competencia: de lo interior, ni la propia Iglesia puede juzgar.

Por eso debemos casi una disculpa al fariseo, al hipócrita clásico. El hipócrita del cuento predicaba una cosa y, en lo oculto, creía y practicaba otra. Ahora lo desconcertante es que se predican mensajes que se incumplen en el propio mensaje. Así, los mismos que repiten entusiasmados la ya célebre frase de Francisco, “¿quién soy yo para juzgar?”, en la frase siguiente, por así decir, se responden: ellos, ellos son quienes pueden juzgar. Y no solo determinar que algo es erróneo o malo, sino pontificar qué es lo que mueve a sus ‘enemigos’: odio.

No sé si se dan cuenta de la contradicción, o de la evidente proyección psicológica que delata. Pero, desde luego y como decíamos a principios de este texto, es eficaz. Son los célebres ‘quince minutos de odio’… contra los que ellos han decidido que odian. Es el truco más antiguo -e indecente- del mundo, la demonización del oponente.

Busquen en los textos de quienes nos critican -por lo normal, sin citarnos-, las variaciones de la palabra “odio”. Yo, el odiador, no recuerdo haber acusado jamás a ninguno de ellos de ‘odiar’, ni siquiera cuando su reacción, el equivalente verbal de echar espuma por la boca, parecía denotarlo a las claras.

En el artículo explica qué odian -qué odiamos- los odiadores. Y, casualmente, son todas las cosas que ellos mismos defienden a capa y espada. Ya es raro que el odio se concentre en unas ideas concretas, todas ellas promovidas y amadas por las modas ideológicas del siglo y no pocas rechazadas por la Iglesia (como lo que llaman ‘matrimonio igualitario’). ¿No es raro que no se odie lo contrario? Siendo el odio una respuesta libre y voluntaria del ser humano, ¿no es posible oponerse a todas las innovaciones que jalean los poderosos hoy sin que el motivo sea el odio, sino un juicio distinto al de Tamayo et al.? Más: ¿no es perfectamente posible, y hasta probable, que haya quien odie con odio cartaginés las ideas contrarias?

Sosiéguese, don Juan José, porque no es la primera vez en la historia que se ha demonizado de este modo al oponente hasta deshumanizarlo y la cosa ha acabado francamente mal.

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