Francisco dio la solución: una Iglesia pobre para los pobres

Francisco dio la solución: una Iglesia pobre para los pobres

La crisis en la Iglesia es indudable para quien tenga ojos, pero lo que estamos viviendo es solo su colofón acelerado y casi inescapable, no algo que se haya iniciado en el presente pontificado. De hecho, el papado de Francisco ha hecho un enorme bien al abrir los ojos a muchos y sacudir la complacencia de tantos católicos adormilados, además de sugerir una solución que, sin ser la panacea, podría hacer muchísimo para purificar la Iglesia: la ruina económica.

“Una Iglesia pobre para los pobres”, era el sueño confeso de Francisco en sus primeros años de Pontificado, un objetivo que, a juzgar por las noticias que llegan de Roma sobre escándalos financieros y agujeros multimillonarios en las cuentas vaticanas, podría estar mucho más cerca de lo que se cree.

No somos miserabilistas. No pensamos que el dinero sea en sí algo malo, y cualquiera que haya adquirido el hábito de comer a diario sabe hasta qué punto es necesario en este valle de lágrimas. Pero también sabe cualquiera la trampa mortal -y moral- que es la riqueza, mucho más para una institución como es la Iglesia Católica.

El Papa, además, ha identificado un segundo enemigo: el clericalismo. Quizá no coincidamos al ciento por ciento con Francisco en los casos más escandalosos de clericalismo, es decir, de la influencia abusiva del clero sobre el pueblo de Dios y ese ‘carrerismo’ eclesial que tantas veces ha denunciado el pontífice. A nosotros, por ejemplo, nos cuesta un tanto ver ese peligro en un joven sacerdote con sotana negra y teja, cuya influencia en los mundos eclesiales de hoy tenderá por fuerza a ser nula, sobre todo cuando tenemos ejemplos mucho más altos, mucho más claros y mucho más numerosos, en tantos prelados que prefieren estar a bien con el mundo y no hacer olas incluso a expensas de descuidar su misión de salvar las almas de su grey.

Y aquí es donde entran los escándalos de compras de edificios y plataformas petroleras con el Óbolo de San Pedro, colecta supuestamente destinada en exclusiva a aliviar la situación de los más necesitados, y el estado calamitoso de las finanzas vaticanas, que no hace más que agravarse al ritmo de la descristianización y de la protesta de los fieles -la huelga de bolsillos cerrados- ante lo que ven como una profanación continuada y gradual de la fe católica.

Lo primero que se conseguiría con una Iglesia pobre, realmente pobre, sería reducir a mínimos el odiado clericalismo. Si ascender en el escalafón eclesial deja de ser instalarse en la seguridad económica y en las sinecuras, es más probable que la vocación de pastor no atraiga a los ambiciosos y carreristas.

Por lo demás, en este mundo no se puede emprender mucho sin dinero, por lo que la Iglesia dejaría de tener un peso específicamente político y pasaría a tener uno puramente moral, como es su vocación. Los prelados dejarían de estar en el candelero, ya no buscarían su favor los grandes de este mundo. ¿Qué elites invitan realmente a un pobre a su mesa?

Tampoco un Vaticano arruinado y mendicante como San Francisco de Asís tendría mucho interés para los grandes, para la ONU o los gobiernos; no tendría sentido que se ocupase en locas ambiciones humanas como la de detener un cambio en el clima del planeta del que se sabe poco con certeza o andar trasteando en la arena política de los países, y podría centrarse en su objetivo prioritario de predicar el Evangelio y cuidar de la salud espiritual de sus hijos.

Por lo demás, una jerarquía pobre es una jerarquía que depende en lo material de la generosidad de sus fieles, lo que es bueno para ambas partes. Los laicos no solo tienen una nueva ocasión de practicar la caridad sino, sobre todo, de comprender que la Iglesia es su responsabilidad propia, no solo en lo espiritual sino también en lo más prosaico. En cuanto a los pastores, su distancia con respecto a los feligreses se reduciría.

Históricamente, la pobreza, como la persecución, ha purificado siempre a la Iglesia en los momentos en que ha estado más mundanizada. Y, en nuestra opinión, nunca ha sido tan urgente esa purificación.

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