Un grupo de obispos sinodales renovaron en las catacumbas de Santa Domitila el infame ‘pacto de las catacumbas’ que tuvo lugar en relativo secreto durante el Concilio Vaticano II, en 1965. Como entonces, ahora consiste en cambiar el mensaje de Cristo por el compromiso político, y si antaño todo era economía, hoy es más bien sexo.
La Iglesia de las Catacumbas suscita la imagen de ese primer ‘resto de Israel’ condenado a oleadas de persecuciones como ‘religión ilícita’ durante sus primeros tres siglos de existencia en el Imperio Romano, cuando los fieles se reunían a rezar en estos cementerios subterráneos, junto a sus mártires.
Pero en la Iglesia siempre hay mártires, y hoy también se habla de una ‘Iglesia de las Catacumbas’ allí donde son perseguidos. Como, por ejemplo, en China. Y no deja de ser curioso que los firmantes de este nuevo ‘pacto de las catacumbas’, firmado por viejos obispos modernistas con el ojo puesto en las modas ideológicas del siglo, sean los principales jaleadores de unos ‘nuevos aires’ que han traicionado en China a la verdadera Iglesia de las Catacumbas.
Como también es curioso que este nuevo pacto renueve el viejo con los cambios que cabía esperar, es decir, cediendo a los caprichosos cambios de esa izquierda a la que quieren someter a la Iglesia de Cristo. Quizá por eso no citan una sola vez el nombre de Jesús en el documento.
Ahora se llama ‘Pacto de las Catacumbas por la Casa Común’, qué cosas, y si en el original declaraban que “no poseeremos a nuestro nombre propiedades ni bienes, no tendremos cuentas bancarias o similares”, en la versión de 2019 se limitan a comprometerse a “renovar la opción por los pobres”. Imagino que ser demasiado específico arruinaría las posibilidades de recibir donaciones millonarias y de las muy anticristiana y abortista Fundación Ford y otras similares.
Decía Marx -¿les suena? A ellos, sin duda- que la historia se repite, la primera vez como tragedia y la segunda, como farsa. Y hay tanto de farsa, de reunión de antiguos alumnos, en esta nostálgica renovación. Porque en 1965 no se podía saber todo lo que se sabe hoy, aunque nunca hay una excusa para vender el mensaje salvífico de Cristo por una ideología mundana, aunque no estuviera tan trasnochada como lo está la izquierda hoy.
El toque ecologista y sexual -curas casados, diaconisas y demás- no responde a ‘desarrollo doctrinal’ propio, ni siquiera erróneo: es una adaptación servil a lo que ahora pide el progresismo actual, representado, no por los humildes de la tierra y los descartados, sino la ONU o la banca internacional. O la Fundación Ford que, pueden estar seguros, no suelta un euro sino tiene seguridad de que va a ir al servicio de sus fines.
Saben, por ejemplo, que cuando se comprometen a ‘procurar’ “la llegada de otro orden social”, están hablando de un orden global, curiosamente lo mismo que quieren los grandes medios, las grandes finanzas, las multinacionales y, por supuesto, esa nueva autoridad ‘paraeclesial’ en la que quieren convertir a la ONU.
Y no, no parece casualidad que mientras la ‘renovación’ pone sordina a las grandes batallas morales de nuestro tiempo, el aborto y la familia (“no nos obsesionemos”), predica a tiempo y a destiempo exactamente aquellas causas que culminan indefectiblemente en un gobierno mundial.
No es casualidad que Su Santidad no tema, en este caso, ‘obsesionarse’ por un tema, como poco, tan fuera de su competencia y tan cuestionable como el ‘Cambio Climático’ -parecido a comprometerse con el Modelo Ptolomaico-, que exige para luchar contra él una autoridad mundial.
O las migraciones ilegales masivas y la desaparición de las fronteras, que es la desaparición de los Estados nacionales y, por tanto, el advenimiento de una autoridad mundial.
O el acercamiento acelerado, no ya con los ‘hermanos separados’, sino con cualquier religión, ahora incluidas las que adoran ídolos, fomentando una vaga ‘religión de la fraternidad’ que sirva de fuste espiritual a un gobierno mundial.
Al parecer, alguien ha entrado en Santa María Transpontina, ha sustraído los ídolos de la Pachamama que tanta perplejidad han sembrado entre los fieles, y los han tirado al Tíber. Bien, es un progreso que desaparezcan los ídolos. Lo siguiente, que la jerarquía católica vuelva a centrarse en Cristo, es la parte difícil.