El cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, ha dado una conferencia en el Club Siglo XXI, ‘ ‘Retos y propuestas del Papa Francisco’, y nadie puede reprochar a nuestro arzobispo que no se haya aplicado; de hecho, su entero mandato episcopal hoy podría llevar como único epígrafe el de la conferencia, que Su Eminencia cuida escrupulosamente las interpretaciones personales y evita la tentación del estilo propio.
Quiero proponer a los lectores un instructivo experimento: comprobar cuántas veces a lo largo de su ya no breve carrera clerical se ha referido el cardenal Carlos Osoro, hoy arzobispo de Madrid, a muros y puentes, a la ‘cultura del encuentro’ o incluso, en general, a la ecología o a la inmigración, antes de llegar Francisco a la Cátedra de Pedro.
En buena lógica, deberían ser abundantes, porque oyéndole hoy repitiendo los temas obsesivos de Su Santidad con idénticas imágenes y expresiones se diría que Cristo vino a la tierra para acabar con las fronteras y que lo hemos entendido todo mal hasta la fecha.
Las preguntas en la conferencia ofrecida por Osoro en el Club Siglo XXI corrieron a cargo de la casa, es decir, de la periodista de la COPE Cristina López Schlichting, que se lo puso fácil con ese tono tan suyo de parecer que son preguntas incisivas. Como esta: “En España y en Europa, hay ciertos sectores que tienen miedo a la emigración. ¿Por qué el Papa, en cambio, no le tiene miedo?”.
Tomo el texto de Religión Digital, de la crónica obsecuente de José Manuel Vidal, de la que también recojo la respuesta del cardenal: “El Papa no tiene miedo a la emigración, porque cree en el derecho que Dios ha dado a todo ser humano de pasear por esta tierra”. Y luego: “Los que salen de sus países salen por hambre o por guerras. No caben fronteras ni muros. Ésa es la solución más fácil, pero la menos cristiana. Esto se arregla con la cultura del encuentro, no con muros ni cerrando puertas y ventanas”.
Su Eminencia debe de saber que no es el Papa el único que no tiene miedo a la emigración; de hecho, no son pocos, y sí muy poderosos, los que comparten el anhelo del Papa. Los ricos, por ejemplo, no solo no le temen a la inmigración, sino que la favorecen por todos los medios, porque con ella obtienen todo tipo de ventajas, como una mano de obra más barata y con menos conocimientos de sus derechos laborales, que además ayuda a mantener bajo el nivel salarial general, y en cambio no sufren las consecuencias negativas porque a sus barrios pocos inmigrantes van a llegar. Esos sí tienen muros, y más que habrá, porque derribar los muros exteriores tiene siempre por consecuencia multiplicar los interiores.
También los financieros internacionales, del tipo de George Soros, aman la inmigración, porque para ellos las fronteras son simplemente un coste en sus incesantes movimientos de capitales, con el engorro añadido de tener que ajustarse a esta o aquella legislación nacional. No hay mayor enemigo de los muros que un financiero.
Luego están los políticos, especialmente los más intervencionistas y tiránicos, los que quieren gestionar al milímetro la vida de la gente, incluyendo sus espacios familiares, sencillamente porque la llegada de poblaciones foráneas en suficientes proporciones para crear guetos y evitar la asimilación reduce la cohesión social y eleva los conflictos, la situación ideal para justificar la intervención estatal.
Tampoco hay que dejar atrás a los ambiciosos eurócratas, que sueñan con una Europa que, vaciada de sus fuertes identidades nacionales, puedan pastorear como una masa informe y sin raíces, por no hablar, de forma más inmediata, de los participantes en el jugoso negocio del tráfico de seres humanos, o de las ONG que hacen su agosto con tanta necesidad como provocan estos aluviones.
Pero don Carlos es un hombre honrado y bueno, y dudo que esté pensando en nada de eso cuando dice que “esto” se arregla con la cultura del encuentro”, una de esas vaporosas expresiones papales, y no con “muros ni cerrando puertas y ventanas”. De hecho, no creo que esté pensando en nada en absoluto, salvo en seguir la línea de la cúpula, porque dudo muchísimo que un hombre inteligente como don Carlos no vea la utilidad de las puertas. Estoy seguro de que las usa personalmente, tanto en su domicilio personal como en las oficinas arzobispales, y que la ‘cultura del encuentro’ no es su estrategia con quienes, como los africanos que se saltan nuestra legislación fronteriza, entran en las posesiones de Su Eminencia de forma ilegal.
Tampoco nos parece muy razonable sostener que las “fronteras y muros” supongan “la solución más fácil”. No, es más fácil dejar abierta la puerta que afanarse en la monótona tarea de controlar quién entra. No es la más fácil, es la más sensata y, a la larga, la más caritativa con las partes implicadas. Lo que es sin duda fácil, tanto para el cardenal como para Su Santidad, es esa defensa disparatada de la abolición de las fronteras por la que todo el mundo les aplaudirá sin tener que experimentar amargas realidades de las que nadie quiere hablar porque nadie va a publicarlo. Don Carlos puede predicar el fin de las fronteras ante un público amable en una sala caldeada y volver luego al arzobispado sin tener que responder por ellas, sin tener que arriesgar absolutamente nada.
En semejante estado de tranquila beatitud burguesa, es normal que Su Eminencia critique a sus críticos de esta manera: “Hay quien trata de denigrar la cultura del encuentro y al Papa Francisco, que la puso en la mesa, diciendo que es ‘buenismo’. Pero el Buen Samaritano fue buenista y quienes tratamos de contagiar a Dios, ¿cómo vamos a caer en el malismo? Somos buenistas”.
No, Eminencia, ‘buenista’ no es sinónimo de bueno. ‘Buenista’ significa pasar por bueno sin riesgo y sin preocuparse de las consecuencias de los simplismos biensonantes que uno suelte. Buenismo es procurar políticas que serían las adecuadas para Adán y Eva antes de ser expulsados del paraíso, para una humanidad que no hubiera caído, pero que en la humanidad real tienen a menudo consecuencias más terribles y desagradables que la situación que se aspiraba a remediar.
El buen samaritano no fue buenista, fue un hombre eminentemente práctico, que vio un hombre tirado e inconsciente en la cuneta y se ocupó exactamente de lo que necesitaba, de lo directo e inmediato y obvio, en lugar de predicar para que Herodes o Pilatos establecieran centros de reeducación y sensibilización de bandoleros o declarar en las plazas de Judea que lo que hay que hacer es construir puentes y no muros.