Alfa & Omega equipara la eutanasia a la expulsión de ilegales

Alfa & Omega equipara la eutanasia a la expulsión de ilegales

El órgano de la Archidiócesis de Madrid, el semanario Alfa & Omega, en su editorial de esta semana, habla del voto católico sin citar la única guía explícita de que disponemos, los principios irrenunciables del Benedicto XVI, y sin aclarar absolutamente nada.

Si el católico madrileño quiere votar en conciencia en estas elecciones, mejor que no busque orientación de sus pastores, al menos a juzgar por el editorial que Alfa & Omega, su hoja informativa oficial, dedica a la cuestión esta semana.

Lo titula ‘Los dilemas del votante católico’, y el lector se queda sumido en un dilema mayor cuando acaba de leerlo que cuando empezó, porque no dice gran cosa, no orienta en absoluto, como si la Iglesia ni pinchara ni cortara en lo que pueda aprobar un futuro Gobierno y Parlamento.

Pero en esa nada absoluta, en esa orientación desorientadora, podemos encontrar algunas ideas, todas ellas alarmantes, sobre el estado de la jerarquía eclesiástica.

La primera es fingir, por omisión, que la Iglesia no ha dejado indicaciones para orientar el voto del católico, que no hay nada escrito ni pensado y que todo es cosa del célebre discernir, pero en vacío, no esperen ayuda del clero.

Es imposible interpretar como un descuido o un despiste ignorar los principios irrenunciables que estipuló Benedicto XVI para orientar el voto del católico. No estamos hablando de una oscura bula perdida en la noche de los tiempos, sino de una guía relativamente reciente, del Papa anterior que, por una curiosa coincidencia, sigue vivo entre nosotros.

La omisión a todas luces deliberada refleja una deriva deplorable. Para empezar, hacia un presentismo absurdo, a la concepción de la Iglesia como una institución meramente humana cuya línea puede cambiar radicalmente según quién sea el ‘CEO’ que la gobierna en cada momento, que vive en un eterno presente y de la que ya no vale nada de los dos milenios previos a lo último que se le haya ocurrido decir al actual Pontífice.

Para seguir, un inquietante indicio de que hay un significado orwelliano en la palabra ‘sinodalidad’ tan como se ha proclamado desde el Sínodo de la Juventud (?). Uno entiende, y así se pretende, que las iglesias nacionales tengan más voz y autonomía en el gobierno de sus diócesis. Pero lo que vemos es que nunca se ha marcado el paso tan al unísono, recogiendo y repitiendo no ya la doctrina segura que llega de Roma sino hasta las obsesiones personales y aun los dejes y palabras fetiche del Santo Padre reinante.

Lean esta frase, la penúltima: “Se necesitan constructores de puentes, capaces de generar una cultura del bien común para afrontar los retos y problemas del país desde un espíritu inclusivo”. Esos ‘puentes’, metáfora cansina donde las haya que han acabado siendo más una contraseña y un guiño que un término que signifique algo concreto; ese ‘inclusivo’ copiado servilmente a los señores del discurso secular, esos mismos que aborrecen a la Iglesia de Cristo…

Pero lo más grave es un relativismo moral que hiela la sangre, como si realmente lo que está de moda, por el hecho de estarlo, adquiriera un valor superior a la doctrina eterna. Observen el inicio del editorial: “¿Puede votar un católico a un partido que propone legalizar la eutanasia? ¿Y a otro que plantea expulsar sin más a personas extranjeras en situación irregular?”.

Es decir, que aprobar el asesinato -moralmente, la eutanasia no es otra cosa- es equivalente moralmente a expulsar a los que entran ilegalmente en nuestro país (eso significa el estúpido y cobarde eufemismo “ personas extranjeras en situación irregular”), algo que ha sido procedimiento común y nunca discutido de todos los países del mundo, incluyendo los cristianos, sin que la Iglesia haya visto jamás nada censurable en ello.

Veamos: ¿qué propone Carlos Osoro hacer con los que entran ilegamente en España? ¿No supone un agravio comparativo y un incentivo perverso premiar a quien vulnera la ley con la consecuencia buscada con su acto? ¿Debemos dejar al ladrón en posesión de lo robado? ¿Qué significa, entonces, ‘ilegal’; qué sentido tienen las leyes, si los propios prelados católicos creen que deberían poder vulnerarse con impunidad? Esa equiparación es indignante, porque indica que para nuestros pastores, lo que está bien y lo que está mal depende ya de lo que dicten las modas ideológicas, siempre que vengan de Roma.

Estoy seguro de que don Carlos, si alguien fuerza la cerradura del Palacio Arzobispal y logra introducirse en él, no dejará al intruso acampar en su salón o hacerse fuerte en el dormitorio, sino que pedirá a la policía que le desaloje. Eso es exactamente lo que se hace con quien entra ilegalmente en un país, no porque se construyan ‘muros’ y nos queramos aislar o defienda nadie una España en la que nadie entre, sino porque es de rigor, cuando se tienen unas leyes, animar a cumplirlas y expulsar, así, a quien entra por la ventana en lugar de hacerlo por la puerta.

Queda, en fin, consignada para el final la ironía de que por seguir torpe pero dócilmente a quien despotrica contra el ‘clericalismo’ se haya elaborado el texto más inanemente clerical que haya tenido el disgusto de leer en mucho tiempo.

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