René Magritte tituló uno de sus cuadros como Ceci n’est pas une pipe. Esta afirmación (esto no es una pipa) figuraba pintada justo debajo de la imagen de una pipa. Algo parecido viene haciendo el Vaticano desde el cambio de guardia de fin de año en el equipo de comunicación: se afirma desde diversas instancias que la reunión de febrero no es un sínodo para resolver todos los problemas en torno a los abusos clericales. Va a ser una especie de catequesis dirigida a unificar criterio, a dar a conocer mejores prácticas, a sensibilizar. Y va a estar centrada en un único tema: los abusos a menores.
Se trata por parte del Vaticano de un ejercicio de gestión de las expectativas que se parece demasiado a un ponerse la venda antes de hacerse la herida. A una operación de control de daños preventiva.
Porque la imagen que todo el mundo se había hecho de la reunión de febrero es que era la respuesta del Vaticano (por sugerencia del C9) al escándalo McCarrick. Una especie de sínodo extraordinario, que evitaba tener que tomar medidas drásticas entonces, e incluso impedía que los obispos americanos las tomaran en su reunión de noviembre.
Esto no es una pipa, nos dicen ahora. Pero desde el principio todo el mundo se había imaginado una pipa. “No pienses en un elefante” escribió Lakoff, es el mejor modo de que la imagen de un elefante se fije en nuestra mente.
No sé, por ejemplo, qué conviene más: si cerrar jurídicamente el caso de los abusos del ex cardenal por la vía administrativa antes del evento, recordando que tenía algo que ver con esta reunión. O dejarlo pasar, sin resolverlo, como un tema que no afecta directamente a la reunión –salvo en la materialidad de los dos o tres casos de MacCarrick.
Más allá del aspecto de comunicación, uno se pregunta si era necesaria una reunión de este nivel sobre un tema tan trillado –en la teoría- como el de los abusos a menores. A esas alturas todo el mundo debería saber lo que se debe hacer. Quizá la respuesta razonable sería: hay muchos países en los que todavía no hay sensibilidad, ni procedimientos. Sea. Pero no es esa la imagen que nos hemos hecho desde el principio, ni nos preocupa el ABC de los abusos, sino el XYZ de las redes de encubrimiento entre el alto clero, con tanta frecuencia relacionadas con subculturas gais y otros desórdenes morales. El motivo por el que hubo dimisiones en la Comisión Vaticana sobre los abusos no fueron las políticas sobre abusos, sino las medidas para juzgar a obispos. Que es también el tema en el que el Vaticano echó el freno a la Conferencia Episcopal Americana.
En este ejercicio de gestión de expectativas, quizá ayudaría que los organizadores de la reunión de febrero reconocieran explícitamente la importancia de todos los demás temas relacionados e importantes que se quedarán en el tintero: abusos a adultos dependientes, homosexualidad en el clero, laxitud moral entre los sacerdotes y las autoridades de la Iglesia en materia sexual, encubrimiento y procesamiento de obispos, etc. Y que dieran alguna pista sobre cuándo y cómo se abordarán esos otros problemas.
Porque lo que la gente va a querer saber no es si el Papa está en contra de los abusos, que es evidente. Sino si el Papa y los jerarcas eclesiásticos están dispuestos a que se juzgue y condene a un amigo suyo que los cometa o los encubra. Y si están dispuestos a considerar entre los abusos intolerables –y considerarlos por tanto no solo pecadillos o problemas personales de templanza- aquellos que se realizan sobre seminaristas, personas consagradas, y personas bajo la cura pastoral de los agresores.
Yo sería capaz de creerme que todo esto no es una pipa, si me dicen cuándo, cómo y quién abordará esos otros temas. Si no, me temo que esto es en realidad una pipa.