«O tiene éxito, o será un desastre para la Iglesia», ha asegurado a Crux Mary Collins, víctima de abusos clericales que formó parte, hasta su dimisión, de la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores que preside el cardenal Sean O’Malley.
«Si este encuentro de 2019 termina solo con palabras entusiastas sobre las discusiones que se han producido en él y promesas para el futuro. será el fin del camino para muchos que han esperado durante años a que la Iglesia tome medidas», asegura Mary Collin, víctima de abusos clericales y ex miembro de la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores en una entrevista con Crux, la publicación dirigida por John Allen.
Collins fue una de las primeras personas a quien Francisco llamó cuando instituyó el organismo de la Santa Sede que debe responder ante los casos de pederastia en el seno de la Iglesia, y dimitió tras convencerse de que la comisión carecía de verdaderos poderes para hacer frente a los abusos y era poco más que un escaparate de la política de ‘tolerancia cero’ anunciada por Su Santidad al comienzo de su mandato.
De la reunión de febrero ha preocupado a no pocos que el obispo elegido de Estados Unidos para organizarla haya sido el cardenal Blaise Cupich, nombrado arzobispo de Chicago por recomendación del ex cardenal pedófilo Theodore McCarrick, así como la ausencia en el cuarteto organizador de la figura más obvia: O’Malley, elegido por Francisco precisamente para tramitar las denuncias en este sentido.
Pero Collins no quiere pararse en estas consideraciones de nombres y puestos, y solo expresa sus esperanzas y temores sobre el resultado de la cumbre episcopal. «Lo que importa sobre todo de esta reunión no es qué cardenales participarán, sino que figurará en la agenda», señala Collins. «¿Qué se espera conseguir? ¿Qué cambios concretos aportará?».
“The Church -insiste Collins- se ha resistido a aprobar políticas universales para proteger a los menores y hacer responsables a sus dirigentes, creando enormes diferenciales de seguridad según el lugar». Lo peor que podría suceder en febrero es que sea una reunión más de buenas intenciones y planes confusos. «Debe haber transparencia y se debe poner fin a las ambigüedades, la ofuscación y las falsas promesas».
En ese sentido, Collins cita como pésimo indicio una entrevista publicada en el semanario jesuita America en la que el arzobispo Charles Scicluna, otro de los cuatro organizadores, calificó la reunión de «comienzo del proceso». Hace seis años, recuerda Collins, el propio Scicluna participó en un simposio, ‘Hacia la Curación y la Renovación’, que también se suponía que iba a ser «un comienzo», pero nada ha salido de todo aquello.
«O tiene éxito o va a ser un desastre para la Iglesia», sentencia Collins. «El Papa no va a poder convocar otro encuentro dentro de seis meses o dos años. Nadie se lo va a tomar en serio. Esto es muy importante».