Ayer analizábamos un texto de José Pedro Manglano que, envuelto en lenguaje piadoso y emotivo, deslizaba una idea inquietante: un Cristo ofrecido, disponible, sin derechos, casi suplicante ante el hombre. Hoy toca dar un paso más y mirar el problema de fondo. Porque Manglano no es una anomalía. Es un síntoma.
El problema no es Hakuna. El problema es el tipo de joven católico que Hakuna produce, celebra y confirma.
Un joven que ha interiorizado —sin que nadie se lo haya explicado así, pero con total claridad práctica— que en el cristianismo contemporáneo es Cristo quien debe adaptarse al hombre, y no el hombre quien debe convertirse y seguir a Cristo.
Der stille Umschwung
En el Evangelio, el esquema es siempre el mismo: «Ven y sígueme». Cristo llama, el hombre deja. Redes, barca, mesa de impuestos, seguridad, reputación. Todo.
En el cristianismo emocional de hoy, el esquema se ha invertido:
— Señor, sígueme tú a mí.
— Acompáñame en mi proceso.
— No me exijas.
— No me hieras.
— No me hables de cruz.
Y Cristo, en este relato adulterado, obedece.
Das Kreuz als Hindernis
Cuando un cartel puede proclamar sin rubor «No somos la religión de la cruz», el problema ya no es estético ni comunicativo. Es doctrinal.

La cruz no se niega frontalmente. Eso sería demasiado burdo. Se hace algo más eficaz: se la declara innecesaria, exagerada, contraproducente. Algo que hubo en otro momento, para otra sensibilidad, pero que hoy conviene suavizar.
La cruz molesta porque exige renuncia, introduce sacrificio, recuerda que el pecado existe, y que la salvación cuesta sangre.
Y eso no encaja bien con un cristianismo diseñado para no incomodar a nadie, empezando por el propio creyente.
El joven que emerge de este ecosistema no es un joven débil, sino algo peor: un joven convencido de su superioridad moral.
No dice “no quiero sufrir”. Dice “mi fe es más madura”.
No dice “no quiero obedecer”. Dice “mi relación con Dios es más auténtica”.
Pero cuando Cristo dice «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo», este joven responde —con buena música de fondo—: «Eso ya no se lleva». Eso era antes.
Es el joven que, sin darse cuenta, le pide a Cristo que baje del monte, que deje la cruz, que no complique las cosas. El joven que, en lugar de dejarlo todo por Cristo, le pide a Cristo que lo deje todo por él.
Aquí está la clave: no estamos ante un cristianismo falso, sino ante un cristianismo incompleto por amputación.
Hay adoración, pero sin temblor. Hay comunidad, pero sin disciplina. Hay emoción, pero sin obediencia. Hay resurrección… sin Viernes Santo. Es, como dice el cartel, un cristianismo sin Cruz. Y Cristo lo deja claro: El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mi.
Y eso no transforma. Solo acompaña.
El problema tras Hakuna no es un movimiento concreto, ni una canción, ni un cartel. Es una generación a la que se le ha enseñado, quizá sin mala intención, que seguir a Cristo no implica dejar nada esencial.
Pero el Evangelio no ha cambiado.
Cristo no dijo: «Ven y siéntete bien».
Dijo: «Ven y sígueme».
Y eso —ayer, hoy y siempre— pasa por la cruz.
Cuando el joven católico empieza a decirle a Cristo “deja todo y sígueme”, ya no estamos ante una pastoral nueva. Estamos ante un cristianismo puesto patas arriba