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San Agustín cambió mi vida

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confesiones   San Agustín cambió mi vida. Tal como suena. No fue una luz cegadora ni una página abierta de un libro pero tiene mucha relación con ambos conceptos. No era yo católico de esos que se dicen no practicantes. Siempre había ido a Misa los domingos, había recibido una formación familiar y educativa más que aceptable en el terreno religioso pero tampoco tenía grandes ideales en cuanto a la Fe. Cerca de cumplir los 18 años comencé a darme cuenta de que las aspiraciones debían ser más altas. Compañeros de clase tenían como máxima en su vida que llegara el fin de semana para descansar (en realidad, para dormir más y cosas por el estilo) o ir a la discoteca. Pero yo, no participando de este enfoque, buscaba más. Poco a poco comencé a hablar frecuentemente con un sacerdote, cuya amabilidad y cercanía me ofreció un rostro auténtico de Dios. Me recomendó que me comprara el Catecismo de la Iglesia Católica, que lo leyera diez minutos todas las noches, cosa que así hice. Empecé a acudir diariamente a la Santa Misa, frecuenté el trato con la Virgen en el Santo Rosario. Y cuando uno se enamora, en este caso de Dios, quiere transmitir ese Amor a los demás. Por esta razón, solicité a un amigo un libro para que una persona con Fe la aumentara. Ese libro era “Las Confesiones”, de San Agustín. Pero finalmente me lo quedé yo. Cada día lo leía con más y más ansia. Cada palabra que leía me parecía superior a la otra. El Santo de Hipona estaba diciendo exactamente aquellas cosas que yo llevaba tiempo albergando en mi cabeza y en mi corazón. Y por ello no tenía sentido apocarme ni tener una Fe “a la defensiva”. De una manera totalmente lógica, aprecié el valor de la Verdad, su Belleza y toda la lógica que ello conlleva y que sólo tiene un nombre: Dios. Entendí que esa y no de la de otros era la verdadera felicidad. Aún hoy, leyendo a San Agustín, puedo comprobar que Dios es mucho más de lo que nosotros podemos pensar. Aún hoy, mirándome en San Agustín, vuelvo a ver que nunca es tarde para arrepentirse. Gracias, San Agustín, porque tu conversión ha sido un bien para muchas almas y en primer lugar para la mía. Tal vez, quizá por estas cosas de Dios, Él quiso regalarme a una criatura tan maravillosa y el 28 de agosto tuvo lugar el nacimiento de mi primera hija. A decir verdad, junto con “Las Confesiones”, hubo otra frase que me elevó y que me hizo ver las cosas aún más en positivo y que está recogida como el primer punto de otro gran libro: “Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón” (San Josemaría, en Camino).

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