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Por qué los jóvenes cristianos se vuelven «raros»

Charlie Leight/The Arizona Republic
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Por John Horvat II

A muchos escritores liberales les cuesta explicar la atracción que sienten los jóvenes por la religión, especialmente en sus formas más tradicionales. Esta atracción no se supone que exista. Hace un cortocircuito en la lógica de sus narrativas preferidas. Los jóvenes deben ser atraídos por las narrativas revolucionarias que predican el progreso y la igualdad. La historia, dicen los liberales, es una sucesión de luchas de poder que dividen a la gente en explotadores y explotados. Los jóvenes religiosos no encajan en la narración porque buscan un Dios reconciliador y todopoderoso.

Cuando tales escritores no pueden encontrar la lucha de clases dentro de esta atracción religiosa, incurren en una letanía de cargos, acusando a los jóvenes creyentes de ser racistas, misóginos, homofóbicos, incluso elitistas.

Tara Isabella Burton causó un alboroto recientemente con un ensayo del New York Times titulado «El Cristianismo se vuelve raro». Se identifica como una joven cristiana tradicional atraída por formas externas más antiguas. Le encanta el incienso, los velos de capilla, el canto gregoriano y los sacramentales. Sin embargo, como una joven postmoderna divorciada de las principales narraciones occidentales, le resulta difícil explicar su atracción por el esplendor medieval y la «pompa histórica» del culto en latín.

Los liberales seculares que observan la tendencia se enfrentan a una perplejidad similar. Intentan explicar esta atracción religiosa como una locura juvenil. Le echan la culpa a un superficial y fetichista apego a la «estética de otro mundo», lo que los deja exasperados, etiquetando lo que no pueden entender como «raro».  Burton y muchos de los que se unen a ella on line han adoptado la etiqueta con cierta ironía.

Así, los cristianos «raros» están apareciendo en la escena cultural, a menudo en espacios de Internet donde se pueden congregar y compartir sus puntos de vista.

Burton afirma que «Cada vez más jóvenes cristianos, desilusionados por los políticos binarios, las incertidumbres económicas y el vacío espiritual que han llegado a definir a la América moderna, están encontrando consuelo en una visión decididamente anti-moderna de la fe».

Estos millennials y Generación Z sienten el vacío del páramo cultural postmoderno. También rechazan la poca profundidad de las principales iglesias protestantes que han diluido las verdades sobrenaturales y exaltado lo trivial. Estos peregrinos on line detestan los aspectos estériles, feos y brutales de la vida moderna.

Quieren algo real y profundo. Su inclinación a volver a la Edad Media y a la creencia tradicional es la peor pesadilla de un liberal. Lo que desconcierta a los liberales no es sólo la atracción que estos jóvenes tienen por un cristianismo robusto, sino también su rechazo a los fundamentos antimetafísicos del orden liberal, que se ha acelerado por el colapso político y económico de ese orden provocado por el coronavirus.

El problema de esta corriente contracultural es su dificultad para definirse y expresarse. Sus seguidores nunca conocieron el mundo tradicional que ahora admiran. Son víctimas de una caótica cultura postmoderna sin estructuras ni estabilidad. Burton afirma que la rebeldía «punk» caracteriza al movimiento, que parece estar en contra de todo lo establecido, incluyendo la economía moderna.

Están impulsados por «su hambre de algo más de lo que la cultura americana contemporánea puede ofrecer, algo trascendente, políticamente significativo, personalmente desafiante».

No saben exactamente lo que buscan, pero sienten algo que los cautiva y se aferran a ello con pasión. Los críticos superficiales descartan este apego por aferrarse a elementos externos que pueden conducir a varios peligros.

Los críticos están equivocados.

Hay un nombre para lo que estos jóvenes cristianos buscan y encuentran en las formas de culto tradicionales como las misas en latín, el incienso y las vísperas solemnes. Encuentran una auténtica belleza que mueve y eleva sus almas, y los aleja de mucha fealdad moderna. El pensamiento filosófico occidental ha llamado a esta belleza, lo sublime.

Edmund Burke llama con razón a lo sublime, «la emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir». Consiste en cosas trascendentales que inspiran asombro por su magnificencia. Nos invita a ir más allá del interés propio y la gratificación, y a mirar hacia cosas más elevadas – el bien común, la santidad, en última instancia Dios – cosas que dan sentido y propósito a la vida.

Ya sea que se manifieste en obras de arte, grandes hazañas o liturgia religiosa, lo sublime incita a sentimientos de lealtad, dedicación y devoción que pueden llenar el vacío del páramo postmoderno.

La Iglesia se rodea de cosas sublimes, las cosas probadas (tristemente abandonadas por los progresistas) que atraen y convierten a la gente al culto y servicio de Dios. Estas cosas son manifestaciones externas que revelan algo de la propia grandeza de Dios. La naturaleza humana se siente naturalmente atraída por ellas, así como por los principios y doctrinas que cautivan el intelecto por su lógica y sabiduría.

Los jóvenes cristianos tienen razón al asumir que las cosas que producen asombro son parte de una forma de vida diferente a la que encuentran en el mundo de hoy. También están en lo cierto al percibir la ruptura irreversible del orden liberal que no les ofrece nada sublime. No hay nada «raro» en su exploración de un orden social cristiano que va en contra de las estériles alternativas individualistas que son la verdadera rareza de la historia humana.

Los liberales posmodernos no se sienten amenazados mientras el cristianismo tradicional esté de acuerdo en ser sólo uno de los muchos elementos del smorgasbord cultural. Sin embargo, cuando la gente rechaza la infraestructura filosófica que sostiene el liberalismo, se alarman.

El problema para estos jóvenes cristianos en búsqueda no es su objeto de asombro, sino cómo dar los siguientes pasos que normalmente llevarían a una profundización de su Fe. Deben ir más allá de lo «raro» y francamente abrazar lo sublime en toda su plenitud y autenticidad.

Acerca del autor:

Juan Horvat II es un becario, investigador, educador, conferencista internacional y autor del libro Return to Order. Es vicepresidente de la Sociedad Americana para la Defensa de la Tradición, la Familia y la Propiedad.

10 comentarios en “Por qué los jóvenes cristianos se vuelven «raros»
  1. Exacto. Lean a Santo Tomás. Se van a llevar una gran sorpresa, además. La clave está en el retorno a la filosofía escolástica. En latín si es posible, mejor.

  2. Lo que yo vivo como jòven. Es un deseo profundo de vivir màs cercano a Dios y poner a Jesucristo como principio y fundamento de mi vida a través de la oraciòn, la lectura de la Biblia, formaciòn espiritual etcètera. Esta forma de vida la veo muy bien reflejada en los judìos ultraortodoxos. Lo se, ellos no creen que Jesùs sea el mesìas y nuestra religiòn no es la religiòn de la ley, tal como se concibe en el AT. Pero no puedo dejar de admirar en parte su forma de vida. Los hombres se dedican al estudio de la Torah. El Sabbath lo respetan mucho. En nuestra sociedad en cambio, el Domingo dìa del Señor ha sido sustituido por el dìa del hombre. Dìa de descanso, de diversiòn, de tiempo libre.

    Hasta como visten reflejan su condiciòn de Judìos. No se si en nuestra amada Iglesia Catòlica existe algo parecido. Tal vez el Opus Dei.

    1. Pues un movimiento católico puede optar por ciertas vestimentas para expresar ciertos acentos espirituales. De hecho, por eso existen los hábitos y trajes talares. Pero al igual que los que los llevan no pretenden que todos sean cartujos o clarisas, los seglares que se decidan por ciertas vestimentas tradicionales, para seguir siendo católicos, no debieran censurar a los que no lo hacen así. En ese error caen algunos tradicionalistas. No hablo de que cualquier «estética» sea buena, pero detrás de ciertas apologéticas hay más ideología que fe, no digo sea tu caso, ni mucho menos.

  3. Salvo en ciertos elementos extremos, las opciones estéticas de los cristianos son legítimas, pero tampoco me parece que se deban «canonizar» las tradicionales, porque nada hay menos «tradicional» que pretender anclarse en una forma estética pasada. Los santos siempre vistieron más o menos como lo mejor de su época, en la que también encontraban grandes deficiencias. Me temo que detrás del tradicionalismo cristiano hay más que nada una opción identitaria, al muy postmoderno estilo de otras corrientes identitarias actuales en la izquierda, en el islam, en el indigenismo, en el nacionalismo… Es más una reacción a la globalización que una opción de pura fe.

  4. Cuando yo vea a estos jóvenes empaparse de Santo Tomás de Aquino, de San Buenaventura, de San Aguistín, de Gregorio Magno, de San Juan Crisóstomo, etc., etc, me creeré que la cosa realmente tiene PROFUNDIDAD y no se queda en mera postura de la cual la sociedad moderna sabe un montón. No hay más que echar un vistazo a las fotos de perfil en Whatsapp.

    Se crean nuevas órdenes con jóvenes altamente preparados, como decía aquel éxito de ventas «Los siete hábitos de la gente altamente efectiva». Vale. Se sienten atraídos por lo medieval, vale… pero las impresionantes casas, cuasi museos, de monjas y monjes se están cerrando por desaparición de dichas órdenes cuando podían perfectamente se ocupadas por esos nuevos carismas de jóvenes.

    Asistes a misa y sí, a veces se ven jóvenes, a veces, pero, y como se apunta mucho en este diario digital: acompañando musicalmente en la misa con estridentes y algo más que estridentes guitarras… muy gregoriano, sí señor.

    En fin… en una sociedad que se regodea en la imagen y en el narcisismo, ojalá eso sea algo más que pura pose de adolescentes.

  5. El comentario de John Horvat es breve pero expresa el sentir de los escolásticos Quod Pulchrum, Verum et Bonum. Lo que es hermoso es verdadero y bueno. Es imposible condensar en una sola palabra o en un solo párrafo la densidad filosófica de la Edad Media que como decía Gilson no desconoce a los clásicos griegos si no que los emplea como un instrumento para comprender la relación entre el hombre y Dios. Y efectivamente la labor pendiente de la Iglesia es la negación de la mayor, es decir la impugnación de los fundamentos filosóficos del liberalismo que realidad ya está hecha. Únicamente falta refrescar la memoria a nuestros clérigos sobre el magisterio católico «olvidado» por los teólogos del siglo XX para que se den cuenta, de una vez por todas, de los Jardines en los que se han metido, y, para ello, deberían empezar por releer la Pascendi de San Pío X.

    1. ¿Dónde se puede encontrar la «impugnación de los fundamentos filosóficos del liberalismo que realidad ya está hecha»?
      ¿Existe algún libro que la contenga toda?

  6. Efectivamente nos hace falta una buena colección de libros formativos en las diversas áreas de nuestra fé, que no tengo la menor duda que hace siglos que existe pero cuyos títulos desconocemos.

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