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Perdidos en el cosmos
Saint Augustine Disputing with the Heretics by Vergós Group, c. 1480 [National Art Museum of Catalonia, Barcelona]
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Perdidos en el cosmos

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31 octubre, 2016
Saint Augustine Disputing with the Heretics by Vergós Group, c. 1480 [National Art Museum of Catalonia, Barcelona]

Saint Augustine Disputing with the Heretics by Vergós Group, c. 1480 [National Art Museum of Catalonia, Barcelona]

Por Clifford Staples

En occidente, al menos con las últimas generaciones recientes, se dio por sentado que la vida es una oportunidad de «encontrarse a uno mismo» y «hacer algo» con ella. Pocas personas cuestionan que estos proyectos sean comprensibles; tienen sentido porque parecen apoyarse en suposiciones convincentes acerca de cómo experimentamos la vida.

Estos supuestos se dan por sentado en cierto modo. Sin embargo, representan problemas que nosotros mismos creamos. Para que «encontrarse a uno mismo» tenga sentido, se debe entender que, en primer lugar, se está verdaderamente perdido. ¿Por qué ir en búsqueda de algo a no ser que ya no se tenga?

En una forma similar, «hacer algo con su vida», implica que si uno —un hombre o mujer moderno— no lo hace, no es realmente nada hasta que se convierta en alguien.

Esta situación existencial es resultado directo del rechazo de la tradición judeocristiana. Cuando San Agustín escribió en la primera página de Confesiones «Nos has hecho para ti, oh Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que reposemos en ti», dejó en claro que ya no hacía una búsqueda para él —sabía quién era y quién lo creó— y entonces no tenía necesidad de «hacer algo con su vida» porque entendía que él ya estaba hecho.

Hasta los ateos contemporáneos deben admitir que el hombre (aun) no se crea a sí mismo por completo, que cualquier cosa que hagamos solo puede ser una recreación de lo que ya fue creado. Podríamos decidir tratarnos como materia prima para ser «mejorada» por medio de la ciencia, la tecnología y la política, pero está claro que no creamos esa materia.

No obstante, ¿qué sucede con esa «inquietud»? Si el hombre moderno se debe sentir como en casa, si debe «reposar», piensa que no será en Dios sino en la sociedad y la historia. La única casa que tendrá es con otros hombres. Se entiende que cualquier necesidad que tenga, deberá ser capaz de ser satisfecha en este mundo. Si todavía él se encuentra insatisfecho, hasta inquieto en este mundo, no considerará la posibilidad de que haya sido hecho para otro, como C. S. Lewis advertía. Esa opción fue descartada. En cambio, simplemente deberá acostumbrarse a la inquietud, o tranquilizarla.

En otras partes de Confesiones, Agustín confirma que Dios lo conoce mejor que lo que incluso él se conoce a sí mismo, lo que hace a Su amor mucho más de lo que Agustín podría hacer para sí y más de lo que cualquier amor que podría experimentar de otro. Si parafraseamos a San Anselmo, el amor de Dios es por definición tan grande que ningún otro amor se puede imaginar superior.

No se necesita ser un santo o hasta un creyente para admitir que, como Agustín, todos deseamos ser amados por lo que somos en verdad. Las personas dirán exactamente esto pero en general descubren que otra persona, no importa cuán amorosa, de algún modo no es suficiente. En qué punto, muchas personas comúnmente pasan a otro amor en la creencia errada de que el problema está en encontrar a la persona correcta.

«El amor verdadero» está más allá del romance, aunque los románticos trataron de reivindicarlo para este. El amor genuino es el que está basado en saber quiénes somos en verdad; ¿y quién puede hacer eso? El hombre moderno necesita ser amado de este modo así como Agustín lo hacía, pero sin el Dios de Agustín le será difícil encontrarlo.

El amor del mundo no será verdadero porque este nunca nos conocerá de verdad. ¿Cuáles son las posibilidades de que otra persona nos conozca mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos? Aun si dicha persona existiera, ¿quién tiene tanta suerte de encontrarlo o encontrarla? Es más, si no sabemos quiénes somos en verdad, si estamos realmente perdidos, podríamos hasta no darnos cuenta cuando de veras nos amen.

Asimismo, al comenzar como nadie, nuestro esfuerzo para convertirnos en alguien es en parte un esfuerzo para convertirnos en alguien que merece ser amado, es decir, adorable. Hacemos esto al intentar convertirnos en lo que nosotros y otros —es decir, la sociedad— valora y encuentra valioso. Además, lo que aprendemos muy temprano en la vida es que no todos, de hecho ni siquiera la mayoría de las personas importan; no a todos se los considera merecedores por igual de atención, adoración, respeto, admiración, o amor.

En lo que al mundo le concierne, algunos de nosotros ni siquiera existimos. Como nos explican los manuales de sociología, somos el resultado o el producto de las interacciones sociales. En resumen, podemos conocernos solo como la sociedad nos conoce, y si esta considera que somos incapaces de ser amados, no merecedores de amor, eso es lo que somos. Quizás podamos buscar algún grupo, intentar estratégicamente manejar la impresión que damos a otros para al menos aparentar ser el tipo de persona que la sociedad encuentra valiosa. Sin embargo, al final solo podemos conocernos de la manera en que nos conocen otras personas, por medio de la sociedad.

San Agustín estaba en reposo incluso en este mundo porque poco le importaban las preocupaciones de aquí. ¿Cuál es el problema con lo que la sociedad piense de él? La opinión de Dios es todo lo que le importa a Agustín, y Dios lo ama aun en su pecado y en su peor momento ya que Él lo creó, lo apoya y lo redimió.

San Agustín puede haber habitado de manera temporal en la ciudad del hombre, pero reposó en paz en la ciudad de Dios. En parte, eso es lo que lo convirtió en santo.

Acerca del autor:

Clifford Staples es profesor de Sociología en la Universidad de North Dakota y profesor adjunto en el Veritas Center for Ethics in Public Life en la Universidad Franciscana de Steubenville en Ohio. Cliff es lector en la misa de los días de semana y miembro en Saint Michael de la pastoral para los encarcelados. Sus ensayos se publicaron en The Catholic Thing, Crisis, The Christian Review, y Catholic Exchange.

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