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«Para que puedas recordar»

The Crusaders Reach Jerusalem designed by Domenico Paradisi, c. 1700 [The MET, New York]
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Por Elizabeth A. Mitchell

En el Canto XXVII del Infierno de Dante, nos encontramos con Guido da Montefeltro, un alma condenada por dar consejos fraudulentos al Papa Bonifacio VIII. En su vida, esta alma perdida solo habló cuando tuvo la promesa de la impunidad, y ahora, incluso desde el abismo del infierno, su reticencia a decir lo que piensa lo consume.

Él le dice a Dante que responderá solo si sus comentarios permanecen eternamente «off the record»:

Si creyera que diese mi respuesta

a persona que al mundo regresara,

dejaría esta llama de agitarse; 

pero, como jamás desde este fondo

nadie vivo volvió, si bien escucho,

sin temer a la infamia, te contesto.

TS Eliot utiliza la confesión de Guido como epígrafe de su «Canción de amor de J. Alfred Prufrock», siendo Prufrock un hombre igualmente consumido por una obsesión paralizante de la opinión de los demás. Desde su propio infierno de inseguridad autoimpuesta, Prufrock admite:

Aunque he gemido y he ayunado, he gemido y he rezado,

aunque he visto mi cabeza (algo ya calva) portada en una

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fuente,

yo no soy un profeta -y ello en realidad no importa

demasiado-

he visto mi grandeza titubear en un instante…

y al fin de cuentas, sentí miedo.

En los días difíciles, nuestros miembros de la Iglesia, como Prufrock, a través de su silencio, parecen hacer el mismo lamento: diría lo que pienso, pero por «temor a la infamia». Defendería a la Iglesia, pero «sentí miedo». Corren el riesgo no solo de rechazar la grandeza, sino de consecuencias mucho más graves.

Las grandes civilizaciones son mantenidas, en su momento de crisis, por aquellos dispuestos a pagar el precio. Cuando Winston Churchill y el rey Jorge VI enfrentaron la amenaza de la invasión nazi y el colapso de la civilización occidental, prefirieron arriesgarlo todo, con acciones, en lugar de reaccionar con un gemido. Mientras la milicia revolucionaria se mantenía firme en Lexington Common, arriesgaban su fortuna, su honor sagrado y sus propias vidas.

Ambos, al borde, superados en número, flanqueados y abrumados, se mantuvieron firmes y estaban dispuestos a luchar hasta la muerte. Estar dispuesto a perder todo es a menudo el requisito previo para preservar y defender cualquier cosa.

Hace algunos años, en Roma, me encontré caminando junto a los majestuosos muros del Vaticano. Miré las crestas papales a lo largo de las almenas, apreciando la profundidad del patrimonio contenido en ellas, y le pregunté al Señor: «¿Por qué me das todo esto?»

«Para que puedas recordar», fue la respuesta clara y distinta.

Solo algo que pueda ser olvidado necesita ser recordado. ¿Es posible que la Iglesia, en todo el esplendor de su tradición, su enseñanza, su vibrante vida sacramental y su disciplina, puedan pasar desapercibida? “Den una vuelta alrededor de Sión”, dice el salmista, “y cuenten sus torreones; observen sus baluartes y miren sus palacios, para que puedan decir a la próxima generación: Así es Dios, nuestro Dios.» (Salmo 48)

En una convincente conferencia dada el pasado agosto en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en La Crosse, Wisconsin, Robert Royal advirtió sobre el fenómeno profundamente preocupante de la amnesia, que amenaza nuestro mundo y la Iglesia:

Tanto la Iglesia como el mundo en la actualidad sufren una especie de amnesia civilizatoria y no podemos esperar mejorar a menos que nos volvamos a conectar con las grandes franjas de nuestro propio pasado que se han ignorado u olvidado… No conocer nuestro pasado es ignorar la obra salvífica de Dios en la historia.

Los cardenales Brandmüller y Burke en sus cartas recientes al Colegio de Cardenales, abordan el potencial destructivo de simplemente elegir esperar la crisis: «Tendremos que afrontar serios ataques a la integridad del Depositum fidei (depósito de la fe), a la estructura jerárquico-sacramental y a la Tradición Apostólica de la Iglesia”, escribió Brandmüller. «Con todo esto se ha creado una situación nunca antes vista en toda la historia de la Iglesia, ni siquiera durante la crisis arriana de los siglos IV y V».

Burke declaró audazmente: «Las inquietantes proposiciones del Instrumentum laboris [del Sínodo del Amazonas] hacen presagiar una apostasía de la fe católica».

Ante semejante amnesia paralizante, seremos llamados, pronto e inequívocamente, a recordar. Tendremos que recordar que el cristianismo está enraizado en la Encarnación. Tendremos que recordar la naturaleza sacramental del matrimonio, las órdenes sagradas y la Sagrada Eucaristía. Tendremos que recordar los principios del Credo de la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Tendremos que recordar el Depósito de la Fe y enseñar esa Fe con claridad y convicción.

Y a nuestros fieles cardenales, en particular, se les pedirá que protejan el patrimonio de la Iglesia, incluso hasta el punto del martirio, razón por la cual se visten tan prominentemente de rojo.

En su reciente «Una aclaración sobre el significado de la «fidelidad al Papa»», el cardenal Burke y el obispo Athanasius Schneider declaran: «Con la gracia de Dios, estamos listos para dar nuestras vidas por la verdad de la fe católica sobre la primacía de San Pedro y sus sucesores, si los perseguidores de la Iglesia nos pidieran que negáramos esta verdad. Vemos los grandes ejemplos de fidelidad a la verdad católica de la primacía Petrina, como San Juan Fisher, obispo y cardenal de la Iglesia, y Santo Tomás Moro, un laico, y muchos otros santos y confesores, y nosotros invocamos su intercesión.«

Él usará nuestros corazones para recordar «la obra salvadora de Dios en la historia». Él usará nuestro valiente testimonio para decirle a la próxima generación que así es Dios, «Nuestro Dios por los siglos de los siglos, aquel que nos conduce.”(Salmo 48)

Acerca del autor:

La Dra. Elizabeth A. Mitchell, S.C.D., recibió su doctorado en Comunicación Social Institucional en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, Italia, donde trabajó como traductora para la Oficina de Prensa de la Santa Sede y L’Osservatore Romano. Ella sirve como Decana de Estudiantes para Trinity Academy, una escuela católica privada K-12 en Wisconsin. Su disertación, «Artist and Image: Artistic Creativity and Personal Formation in the Thought of Edith Stein«, se centró en la comprensión de San Edith Stein del papel de la belleza en la evangelización. Mitchell también es miembro de la Junta Directiva del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en La Crosse, WI, y es asesora del St. Gianna and Pietro Molla International Center for Family and Life.

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