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No hacer nada es hacer algo

The Angelus (L’Angélus) by Jean-François Millet, 1875 [Musée d’Orsay, Paris]
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Por Helen Freeh

Ante un asalto, un desastre natural o un acto de guerra, los humanos tienen un deseo abrumador de hacer algo. Aquí en Nebraska, sufrimos inundaciones históricas el año pasado y nuestros ciudadanos se unieron para trabajar duro en la colocación de sacos de arena, la limpieza, la donación de alimentos y agua. Había que hacer algo en respuesta a la catástrofe. Recientemente, los tornados golpearon Nashville, Tennessee, y mataron a veinticinco personas y devastaron partes de su centro. Miles de personas salieron a ayudar en el rescate y la limpieza de Nashville. Tantas, de hecho, que las autoridades de la FEMA tuvieron que rechazar a la personas.

Estamos preparados para hacer algo en respuesta al sufrimiento, las pérdidas, los ataques y las amenazas a nuestra comunidad.

Sin embargo, ahora, en la mayor interrupción de la vida global desde la Segunda Guerra Mundial, lo que estamos llamados a hacer es – nada. No podemos movilizarnos para enfrentar el asalto global del Coronavirus de Wuhan. No podemos inscribirnos en la oficina de reclutamiento local. No podemos donar nuestros productos de acero y caucho para el esfuerzo de esta guerra. Ni siquiera podemos marchar en protesta o en solidaridad con la política del gobierno.

Nuestra movilización es la movilización del aislamiento.

Hacer algo ahora es quedarse en casa, no ir al trabajo, a la escuela, a las fiestas, a los eventos deportivos, a los conciertos, o – lo más triste para muchos de nosotros – a misa. Nuestro deber cívico e incluso moral es no hacer nada. Aquí en medio de la Cuaresma, tres semanas antes del gran Triduo y la celebración de la Pascua, hemos sido llamados por nuestro gobierno a entrar en una vida monástica enclaustrada dentro de nuestros propios hogares. El significado espiritual de esto no puede ser pasado por alto.

En su libro, Dios o Nada, el Cardenal Sarah advierte contra la «herejía del activismo» en la que hemos olvidado que el corazón de nuestra vida reside sólo en Dios. La actividad de la vida contemporánea crea ceguera o sordera a la realidad de nuestra dependencia de Dios. Somos viajeros en este mundo y la mayor parte de nuestra vida está fuera de nuestro control.

La situación del coronavirus revela una realidad que siempre ha sido. Este virus, como otros desastres naturales, está fuera de nuestro control. Pero, somos capaces de controlar nuestras reacciones a la situación. Nuestra falsa sensación de control nos ha sido arrebatada y estamos al descubierto. Este despojo de poder revela la hermosa vida que se esconde debajo de nuestros adornos exteriores. Nuestra respuesta debe ser la docilidad, la confianza, el abandono a la Divina Providencia, y sobre todo la caridad. Como Colosenses 3:14 y 1 Pedro 4:8 declaran, la caridad une todas las otras virtudes y gobierna como reina sobre ellas.

Nuestra situación está llena de ironías con un profundo significado simbólico espiritual. Para hacer algo contra este contagio, no debemos hacer nada. Para fortalecer nuestra alianza global, cada nación debe cerrar sus fronteras a las demás.  Nunca hemos estado tan globalmente conectados en espíritu desconectándonos físicamente unos de otros. Por amor a nuestros vecinos, no debemos visitarlos. Para mantener nuestras comunidades fuertes, debemos romperlas. Nuestra propia sociedad está hecha ahora de hogares aislados. Y espiritualmente, nos acercamos más a Dios y a su cuerpo al alejarnos de su presencia sacramental. Nuestras mayores ofrendas en este momento son nuestros sacrificios.

La vida de claustro tiene desafíos y beneficios. ¡Un beneficio es que todos podemos estar descalzos! Sin embargo, nos han metido en nuestras celdas sin querer y sin la preparación adecuada. Pero incluso dentro de nuestras celdas, sin embargo, todavía somos capaces de «hacer» algo. La forma en que nos movilizamos, la forma en que podemos «hacer» algo ahora es ayudar a nuestra propia familia y amigos a ser monjes santos. Esto incluye alentarlos, a conocidos y desconocidos, a través de las redes sociales. Construir el cuerpo de Cristo ahora, no continuar separándolo. Nuestros primeros pensamientos hacia los demás deben provenir de la caridad y ser vistos primero a través de la caridad.

Una de las verdades que este virus enfatiza es el aislamiento de nuestra población anciana. Hay soluciones prácticas que podemos implementar como respuesta. Una de ellas es la que estoy instando a mi propia parroquia a comenzar: Los feligreses y familias jóvenes y saludables deben ser emparejados con los más viejos o vulnerables. Los sanos se pondrían en contacto con sus adoptados diariamente para ver si necesitan algo, incluso si lo que necesitan es simplemente el contacto diario con otro.

El aislamiento ya es bastante difícil para una familia; considere lo difícil que es para los que ya están solos. Nuestras parroquias pueden ayudar con esto ahora comenzando programas de «adoptar un feligrés» para llegar a aquellos que tienen más probabilidades de estar en riesgo, y por lo tanto más miedo en este momento.  Esta caridad salvaría vidas por sí misma.

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A todos se nos exige que experimentemos un ayuno severo. Recordemos que no ayunamos de cosas pecaminosas sino de cosas buenas para acercarnos a Dios, la fuente de toda nuestra vida. Ahora debemos ayunar del bien de la vida comunal. Sin embargo, los ayunos no duran para siempre. Considere cuánto nos regocijaremos como comunidad global cuando podamos terminar este ayuno.

Damos por sentada la comunión con nuestros semejantes y damos por sentada la comunión sacramental en la misa. Cuánto significaba esta comunión diaria se nos ha mostrado a través de este mal de la separación. El Génesis tiene una hermosa línea en la que José dice a sus hermanos, «lo quisisteis para el mal pero Dios lo ha convertido en bien».  El coronavirus y sus efectos son un mal, y nuestra propia respuesta puede aumentar y empeorar sus efectos, o podemos cooperar en que Dios convierta el mal en bien.

El aislamiento social es una cruz que todos deben tomar ahora. Pero si abrazamos nuestra cruz, nos llevará a una plenitud de vida que nunca podríamos haber conocido.

Se nos ha dado un gran regalo dentro de esta experiencia histórica de sufrimiento comunitario – el regalo del tiempo para rezar, reflexionar, y – si podemos vivirlo como tal – el ocio.  Abracemos lo que no podemos esquivar y aceptemos que nuestro «no hacer nada» es algo que todos debemos hacer.

Acerca de la autora:

La Dra. Helen Freeh, nueva colaboradora, recibió su Bachelor of Arts y maestría de la Universidad de Dallas, y su Ph.D. de la Universidad de Baylor. Enseñó en Hillsdale College, donde conoció a su esposo, John. Ahora se encuentra en una jubilación anticipada temporal, criando y educando en casa a sus hijos en Lincoln, Nebraska.

1 comentarios en “No hacer nada es hacer algo
  1. Muy esperanzador el artículo y balsámico habla de la Cruz del aislamiento y la enfermedad, habla de solidaridad comunitaria, habla de cumplir las normas sanitarias y de esperanza en Dios y en la necesidad que siente el Alma cristiana de oración y comunión. No habla de pandemia divina, ni de gritos de Dios ni de Ira ni Apocalipsis, ni acusa a obispos, ni de minucias de piedad. Habla para que Dios convierta nuestros corazones y que ayudemos a los demás.

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