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Los obispos se equivocan con la «equidad racial»

Harriet Richardson, a student organizer at Pennsylvania’s Juniata College, presses a cloth to the wounds of Galway Kinnell, Poet-In-Residence at Juniata, during the civil rights march at Selma, AL, 1965 (photo by Charles Moore)
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Por Robert Royal

Los obispos estadounidenses hicieron una distinción crucial, en una declaración el día de la toma de posesión del presidente Biden, entre las cosas en las que pueden cooperar y «dialogar» con la nueva administración y aquellas en las que no. Esas distinciones eran absolutamente necesarias para evitar la impresión -que equivale a un grave escándalo- de que no tenían ningún problema con que un autoproclamado «católico» tomara medidas para fomentar el aborto, la homosexualidad o la transexualidad, todo lo cual ha sido criticado por el Papa Francisco como una especie de «colonización ideológica» en el mundo en desarrollo, pero también en las naciones desarrolladas.

Hasta ahora, sin embargo, casi nadie ha prestado atención a los peligros potenciales de la otra mitad de la declaración del Día de la Inauguración que hicieron los obispos, aquellos temas en los que el gobierno de Biden es supuestamente «bueno» -inmigración, medio ambiente, racismo, etc. – como si fueran «malos» otros enfoques para tratar estos asuntos además de las habituales piedrecitas progresistas.

Los obispos deben prestar mucha atención a lo que ellos y la administración quieren decir -e incluso a la sabiduría de entrar en diversas controversias- cuando «dialogan» sobre los problemas sociales en este periodo tan polarizado. Por ejemplo, acaban de elogiar a Biden (ver aquí) por promover la «equidad racial» en la vivienda y las prisiones.  Equidad suena a la vieja igualdad americana. Pero en el léxico actual de la Teoría Crítica de la Raza y de la Teoría Crítica del Derecho, «equidad» significa algo muy diferente, y mucho más cercano al extremismo ideológico de Black Lives Matter que al de Libertad y Justicia para Todos.

De hecho, la «equidad racial» es de múltiples maneras la antítesis de la «igualdad». El hecho de que los obispos no parezcan ser conscientes de este cambio de significado -o que incluso tengan asesores que estén promoviendo deliberadamente esta novedosa noción de justicia, la cual el presidente Biden ya impulsó en su discurso de investidura- es un mal presagio de cómo van a entablar un «diálogo» veraz.

Para decirlo de forma algo simplificada, según la «equidad racial», si un grupo -definido por la «raza»- está «sobrerrepresentado» o «infrarrepresentado» en algún sector, debe significar que hay alguna injusticia oculta porque la igualdad de oportunidades no ha producido «equidad» en los resultados.

Sin embargo, la más mínima reflexión muestra que ésta es una forma burda de evaluar las complejidades presentes en toda una sociedad.

Por poner un ejemplo relativamente neutro, el 70% de los jugadores de la Superbowl de anoche (y de la NFL en general) son negros, a pesar de que las personas de raza negra solo representan el 13% de la población. (¿Debería Colin Kaepernick pedir disculpas a la NFL, ya que el fútbol es uno de los deportes más «progresistas»?)

Y lo que es más grave, las mujeres negras (de nuevo, cerca del 13% de la población femenina) practican cerca del 33% de los abortos en Estados Unidos.

Así pues, ¿deberían los obispos instar a la administración a que presione a los equipos para que haya una mayor participación de los blancos en el fútbol profesional, y para que se reduzca drásticamente el número de bebés negros abortados? ¿Qué pasaría en ese «diálogo»?

Tratar de arreglar las diferencias entre grupos mediante la «equidad» (el hecho mismo de utilizar los grupos raciales como base de juicio) no sólo es injusto: los mejores jugadores o científicos o músicos de cualquier raza deben ser discriminados en el presente por las injusticias perpetradas por algunas personas contra otras en el pasado. Toda la noción de que un «grupo racial» merece o necesita la acción del gobierno para alcanzar algún objetivo estadístico ignora el hecho de que las personas dentro de los grupos raciales tienen historias diferentes.

Por ejemplo, Kamala Harris, que es negra, blanca y asiática, en realidad se benefició de su origen racial: su madre era de una casta alta de la India, y su padre mestizo emigró de Jamaica; algunos de los estadounidenses «negros» más destacados (Sidney Poitier, Colin Powell, Susan Rice, Candace Owens, Cicely Tyson, Neil de Grasse Tyson, por nombrar sólo algunos) tienen familias con raíces caribeñas. Las historias personales son siempre complejas, pero la raza parece haber tenido menos que ver con sus logros que las ventajas de los antecedentes familiares y culturales.

Al igual que el debate sobre el racismo «sistémico», hay que hacer distinciones. Yo mismo creo que el racismo «sistémico» no debería utilizarse para describir el racismo generalizado y persistente, que existe en la sociedad estadounidense, por supuesto. Porque si «el sistema» es «racista», entonces es ilegítimo. Se podría llamar «sistémico» al racismo en la América de antes de la Guerra Civil, o en los días de las leyes de Jim Crow, o durante el apartheid sudafricano, es decir, cuando el sistema legal discriminaba de forma identificable. Pero no en los Estados Unidos de 2021.

En cuanto a la cuestión del encarcelamiento, que los obispos elogiaron explícitamente a la administración por abordar el tema, hay un alto número de hombres negros encarcelados, sin duda. Pero eso se debe principalmente a que, entre otros muchos factores importantes, cometen un número desproporcionado de delitos graves.

Al utilizar el término ideológico «equidad» en sus recientes elogios a la administración, los obispos se han metido, aparentemente a ciegas, en un avispero. ¿Realmente quieren practicar lo que la celebridad de la «equidad racial» Ibram X. Kendi describe?

El único remedio a la discriminación racista es la discriminación antirracista. El único remedio a la discriminación pasada es la discriminación presente. El único remedio a la discriminación presente es la discriminación futura.

Esto va mucho más allá de los antiguos esfuerzos de «acción afirmativa», en los que se animaba a diversas instituciones estadounidenses a buscar candidatos de grupos previamente discriminados que fueran iguales (o casi) a los competidores en cuanto a habilidades o logros requeridos. La «equidad racial» apela abiertamente al racismo antiblanco (transforma el antirracismo en racismo), una contradicción directa con el sueño de Martin Luther King de que algún día sus hijos (y, por ende, todo el mundo) no serían juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter.

Al invocar el término «equidad racial», los obispos estadounidenses se han colocado entre un grupo de racistas antirracistas que dicen que quieren que juzguemos a las personas por su raza. Aquí no estamos tan lejos del «privilegio blanco» y -el término diabólico por excelencia- de la «supremacía masculina blanca».

No creo que el arzobispo Coakley, un buen hombre que dirige el comité de la Conferencia Episcopal que emitió la reciente declaración, tuviera la intención de ir por ese camino. Pero alguien en el camino lo hizo. Si los obispos van a entablar un «diálogo» con una administración que ha abrazado la «equidad racial» y otras nociones igualmente radicales que parecen pasos hacia una mayor justicia, pero que no lo son, tienen que ser mucho más conscientes de lo que realmente están apoyando, y con quién están tratando.

Acerca del autor:

El Dr. Robert Royal es editor en jefe de The Catholic Thing, presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C., y actualmente ocupa la cátedra visitante St. John Henry Newman de Estudios Católicos en el Thomas More College. Sus libros más recientes son Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.

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